Llega a la sala off del Teatro Lara de Madrid Sed, de Alejandro Butrón Ibáñez. A pesar de su juventud, no es su único título. Entre otros, también es autor de Tóxicos (2014) y de Vecinos (2015). Además, Sed fue Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 2016. Estará en la Sala Lola Membrives del Teatro Lara todos los martes desde el 7 de febrero hasta el 11 de abril. Con estos credenciales, hemos quedado en un bar de Lavapiés para charlar acerca de los temas y argumentos de Sed. Hemos hablado de tabúes, de culpa, de pedofilia, de ética, de cultura… He aquí el resultado.

@Ale_Butron habló de culpa, tabúes y pedofilia: #Sed, en @teatrolara. Entrevista @avazqvaz #teatro Clic para tuitear

Pregunta. ¿Crees que la gente habla con naturalidad de pedofilia?

Respuesta. Con naturalidad…, lo dudo mucho. Es un tema espinoso y ni mucho menos el debate que sacarías en la cena de Navidad. Sin embargo, es un tema universal, tratado en el arte a lo largo de toda la historia y que pone al ser humano frente a sus recovecos más oscuros.

P. En alguna ocasión has distinguido entre pederastia y pedofilia. ¿En qué consiste esta distinción?

R. La pederastia es el acto de cumplir el deseo, el anhelo de esta persona que tiene atracción por los niños. Son estas personas que pueden ser procesadas porque han cometido un delito, han abusado de un niño, han cometido un acto execrable. Y la pedofilia es meramente una atracción que se queda en la mente, que no va a más.

P. Tu personaje, que siente atracción por los niños, no llega a abusar de ninguno. Es decir, de acuerdo con esta distinción, ¿se trata de un pedófilo, no de un pederasta?

R. Sí, un pedófilo. Y de aquí, del abismo entre la atracción y la consumación, parte Sed.

P. ¿Cómo es entonces que este personaje se ve abrumado por la culpa si en realidad no llega a abusar de ningún niño?

R. Al personaje le aparece este problema de forma inesperada. Hubo una noticia que saltó en 2014, cuando escribí esta obra, sobre “la niña más guapa del mundo”, que es una niña rusa de ocho o nueve años, y que aparecía en portadas de revistas como una top model, totalmente sexualizada en las fotografías. Pues bien, este personaje está viendo un buen día esta noticia y esas fotografías, y siente una atracción que no había sentido antes o que no se había percatado de que sentía antes. A partir de ahí se asusta. Y esto va a más. Él nunca llega a cometer ningún acto de pederastia, pero sí que va a más su atracción. Él es psicólogo, pero, aunque debería saber qué le está ocurriendo y cómo arreglarlo, no consigue superar la situación que se le está viniendo encima, aunque pone medidas de por medio. Y acaba en un pozo. Él es padre. Tiene un miedo terrible, sobre todo a nivel social, de lo que podría pasar si esto se descubriera. Y, por supuesto, también por su mujer y su propio hijo.

P. ¿Si se descubriera?

R. Si se descubriera que él siente esta atracción, que desde luego no sería comprendida.

P. Pero él se la manifiesta a su mujer.

R. A su mujer tras más de un año, sí.

P. No espera a que alguien la descubra, sino que, por algún motivo, siente el impulso de comunicárselo a su mujer.

R. Claro, este es el comienzo de la obra. [Alerta de spoiler] El sobrino del protagonista está pasando unos días con la familia: sus padres están de viaje y lo han dejado con sus tíos. Y el protagonista siente atracción por su sobrino, una atracción que evita y por supuesto reprime. Esto le causa un problema grave, porque hasta ahora habían sido solo niños desconocidos, fotografías, pensamientos, tortura en soledad… Pero, al tener estos sentimientos hacia un niño conocido de su familia, siente una losa insoportable sobre el pecho que desemboca en que confiese a su mujer lo que le ocurre. A partir de ahí, la obra planteará cómo ambos, su mujer y él, gestionan la situación. [Fin de alerta de spoiler].

Sauce Ena y Mariano Rochman en "Sed", de Alejandro Butrón.

Sauce Ena y Mariano Rochman en Sed, de Alejandro Butrón.

P. También has hablado de los tabúes como el tema principal de la obra. ¿Cuáles son esos tabúes?

R. Hoy día, paradójicamente, percibo muchos más tabúes que, quizás, en otras épocas. Me refiero a la censura social, a temas de los que supuestamente podemos hablar porque vivimos en libertad de expresión, pero enseguida eres señalado. Hablo de Twitter, por ejemplo, donde no puedes expresar tu opinión sin que haya alguien que te insulte, donde raramente encuentras a alguien que intente realmente establecer un debate sano contigo. Vivimos en una época en la que es difícil hablar con libertad de pensamiento, con independencia, con propiedad y siguiendo tu propio pensamiento. Como sostiene Byung-Chul Han, “vivimos en un enjambre”. Es en este sentido en el que percibo una sociedad llena de tabúes y rodeada de límites por todas partes, límites que construimos nosotros mismos para tratar de vivir en una concordia impostada. Y quizá las redes sociales, que tienen muchos beneficios, pero también sus partes oscuras, han ayudado a potenciar esto. Estamos en la época de lo políticamente correcto. Entonces, en mi obra, hablo de un tema que nos han enseñado que hay que culpabilizar sin matices, porque no es normal que una persona sienta atracción por los niños, es contra natura y no merece ningún tipo de ayuda. Este es el tabú de la obra.

P. No es la primera vez que hablamos sobre Sed. En otra ocasión, me dijiste que mientras investigabas sobre la pedofilia en Internet te sentías cohibido.

R. Bueno, yo me documenté bastante para escribir esta obra. Y, en fin, estuve buceando mucho en Internet. Pues bien, incluso a mí, que he adquirido bastante información sobre el asunto y para el cual he tenido que abrir mi mente considerablemente, me era complicado decirle a algún amigo, o por ejemplo a mis padres: “oye, estoy escribiendo una obra sobre la pedofilia”. Sí, yo siento todavía esa construcción mental en mi cabeza y siento cierto pudor hablando con depende qué persona sobre este tema… Y es que, oye, no todo el mundo quiere soportar, o confrontar, este tema.

P. ¿Se trata de un tabú privado o de un tabú social?

R. Yo creo que es un tabú en ambos niveles: se puede hablar de él, pero con reserva, y como todos los tabúes y todo asunto que levante ampollas, no es un tema en el que quieras detenerte demasiado, porque causa incomodidad y desagrado. No es común escuchar a un grupo de personas hablando sobre este tema. Y eso sí que me gustaría que fuera un valor de la obra: provocar un diálogo entre la escena y el espectador… Para mí, al fin y al cabo, esa es la finalidad del teatro.

P. Me gustaría que me hablaras también de la construcción de la culpa. ¿Cómo abordas este tema en Sed?

R. La culpa en mi obra se construye de modo íntimo y también social, porque el personaje de Ella no solo es su mujer, sino que también simboliza la sociedad y su respuesta. Se crea, además, un ambiente cerrado en el que el exterior es casi un personaje latente: es la sociedad y su juicio, que espera fuera. Además, el mismo personaje de Él se culpa a sí mismo: ha sido durante toda su vida una persona fría, una persona a la que le ha sido difícil expresar sus sentimientos, y de repente se ve ante esta problemática –aumentada por su profesión– de “¿qué me está pasando?”. Él no siente absolutamente nada inapropiado por su hijo, pero su hijo es un niño… Y la contradicción le pesa cada vez más por las distintas situaciones que se le han ido presentando.

P. ¿De dónde procede ese sentimiento de culpa?

R. De su propia cabeza. Y probablemente también de sus propias construcciones sociales y de su incapacidad para pedir ayuda. Él tiene una relación que yo sugiero complicada con su padre, pero que no defino como tal, pues lo dejo a la elección del espectador. Esa culpabilidad viene de cómo la situación le supera en muchos sentidos, de las contradicciones de las que he hablado… Es una zozobra basada en saber que, casi con total seguridad, nadie va a ser capaz de empatizar con él. Por eso, cuando se lo cuenta a su mujer, no es solo un acto de confianza y desahogo, sino también un salto al vacío. Y es que la posición de Ella, una vez que Él se confiesa, lógicamente, es más que complicada.

Cartel de Sed, de Alejandro Butrón. Diseño de José Gonçalo Pais

Cartel de Sed, de Alejandro Butrón. Diseño de José Gonçalo Pais

P. ¿Qué ha cambiado históricamente en la percepción de la pedofilia?

R. Evidentemente, el concepto ha cambiado a lo largo de la historia: ahí tenemos los ejemplos de Platón con El banquete, la Lolita de Nabokov, Dante, que se enamoró de Beatriz con nueve años… En época victoriana, donde la edad de consentimiento estaba en los doce años, tenemos a Lewis Carroll y su controversia con ciertas fotografías espinosas… Hoy día, en el siglo XXI, estamos viviendo otro tipo de realidad y las circunstancias no son las mismas. Con dieciocho años, aunque ya seamos mayores de edad, nos siguen considerando casi menores. Afortunadamente, ahora no es necesario que con diez o doce años te pongas a trabajar para ayudar a tu familia. Ahora tus padres te pagan la carrera y, si necesitas ayudar en casa, lo haces. Pero una familia de clase media, al menos en lo que queda de la clase media en España, no necesita ayudar en su casa. Entonces, se dan casos también de personas que hasta los treinta años no se van de casa, ¿no? Estamos hablando de otro tipo de realidad.

P. Entonces, ¿la pedofilia es una construcción cultural?

R. Una construcción cultural, sí, pero lo cultural depende de lo social. Y lo social atañe a nuestra moral, nuestros valores, nuestras necesidades… El incesto se marcó como tabú y se refrendó en la Biblia y en el Corán porque era peligroso para la subsistencia. En época griega no existía la distinción entre pedofilia y pederastia, básicamente, porque no era necesaria: el término era paidós y la práctica se aceptaba. Aun así, estaba sujeto a todo tipo de ritos y límites que marcaban la diferencia entre el llamado “amor sublime” y el abuso, entre el honor y el delito. Es un tema demasiado complejo para desarrollar tan sucintamente, pero también estaba asociado a la iniciación, a un aspecto pedagógico, al cortejo…

P. ¿Sería aceptable, por tanto, una sociedad en la que no estuviera penada la relación sexual de los adultos con los niños?

R. Desde mi posición actual, digo rotundamente que no, pero entiendo que hay que verlo todo con una perspectiva histórica muy rigurosa. Como comentaba antes, yo creo que las edades de madurez de los niños en cada época son distintas. Hoy día, creo que es completamente imperativo proteger la inocencia de los niños hasta ciertas edades. La edad de consentimiento actualmente en España está en los dieciséis años… Porque establecer una edad de consentimiento antes de los dieciséis puede ser muy peligroso y nocivo para los menores. Los niños, los chicos en pubertad y los adolescentes no tienen la madurez que tenían en otras épocas (habría que ver, además, hasta qué punto esa madurez era real) y ni siquiera es necesario, dada la realidad social de hoy en día. Entonces, sí, es necesario preservar la inocencia y proteger a los niños. Pero, por otra parte, no se puede culpar a los griegos por comportarse de acuerdo con sus cánones culturales, ni tampoco en época victoriana, porque no vivimos allí y no tenemos esa realidad social ni cultural en la cabeza…

P. Pero en otras épocas existía el esclavismo y hoy no existe… ¿Se ha evolucionado así por un motivo cultural o por un motivo ético? ¿Podría ser de otra manera?

R. Creo que lo ético no puede separarse de lo cultural. Están íntimamente relacionados. Así pues, considero que tanto la esclavitud como el tema que nos atañe han evolucionado en ambos sentidos y en armonía. ¿Podría ser de otra manera? Probablemente. Volviendo a época victoriana, la edad de consentimiento era baja porque los padres necesitaban la dote de su hija para compensar el haberla mantenido durante esos primeros doce años, porque era imperativo que la ahora mujer –que había dejado de ser niña una vez que se casaba– fuera mantenida por su marido, con quien creaba una nueva unidad familiar. Aquí la evolución, afortunadamente, es clarísima. En época griega, hablamos también del paidós en el sentido del mentor que inicia al niño en la época adulta… Es decir, es una construcción muy diferente… Yo lo veo como una evolución, como una preservación de la inocencia del niño por lo menos hasta los dieciséis años y, sobre todo, en edades más bajas.

P. ¿Por qué debería el espectador ir a ver Sed?

R. Porque arriesga. Porque está montada con cariño y rigor. Y, sobre todo, porque trata de conversar con el espectador y huye de un público pasivo. Y además, porque el teatro tiene que servir también para poner luz sobre las sombras.

P. Muchas gracias, Alejandro, por tu tiempo. Y grandes éxitos para tu obra.

R. Gracias a ti, Alfonso, por tu interés.

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Sed

Autor: Alejandro Butrón Ibáñez (perfil en Contexto Teatral)

Dirección: César Barló

Elenco: Mariano Rochman y Sauce Ena

Espacio escénico y vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Iluminación: César Barló

Espacio sonoro: Lisi Búa

Fotografía: Life Triumph

Operación técnica: Raquel Rodríguez

Diseño gráfico: José Gonçalo Pais

Producción: Doble Sentido Producciones

Distribución: Mara Bonilla Distribución

Una entrevista a Alejandro Butrón Ibáñez