Artículo de Paola Iotti dedicado a dos mujeres que escribieron la historia con silenciosa abnegación: Antonia Gutiérrez Bueno y Ángela García Rives. Traducción de Rachele Agostino. Revista Caffè Book.

Antonia Gutiérrez Bueno y Ángela García Rives

Siempre me han gustado los libros y el placer que proporciona la lectura. En la memoria de una niña, es intenso el olor emanado por el libro de la escuela primaria que acaba de comprar. Acariciaba las páginas con respeto, fascinada por los dibujos y capturada por la curiosidad de leer sus palabras, para descubrir nuevas realidades y cuentos inquietantes.

Esta posibilidad, tan simple y gratificante, no estuvo siempre dentro del alcance de las mujeres. En el pasado, el mundo de los libros, al igual que otras cosas fuera del hogar, fue del dominio exclusivo de los hombres y las mujeres tuvieron que trabajar duro para poder acceder a él.

En un primer momento, debido a su elevado precio y a la escasa alfabetización del pueblo, los libros eran adquiridos solo por soberanos, nobleza y clero. En España, en 1711, el rey Felipe V decidió hacer pública la Biblioteca Real solamente a los ciudadanos del género masculino.

Se permitía la entrada a las mujeres en los días festivos a través de una visita guiada, pero solo podían mirar sin tocar: la consulta les estaba prohibida porque consideraban que su presencia podría molestar a los usuarios de la biblioteca.

En 1837, una mujer española que pocos conocen y menos aún recuerdan, Antonia Gutiérrez Bueno, hizo historia, solicitando un permiso para acceder a los libros, empezando así una batalla contra los prejuicios y las normas antiguas.

Antonia nació en 1781, en una familia ilustrada, su padre era uno de los hombres más importantes de la ciencia de la época, en contacto con académicos y químicos como Lavoisier.

Se educó con dos hermanas en un entorno en el que los libros —diccionarios y tratados científicos— constituyeron un elemento cotidiano. Antonia Gutiérrez Bueno fue instruida en el estudio de temas diferentes: el respeto y el amor por la cultura fueron considerados prerrogativas personales sin distinción de sexo.

Se casó y residió en París, ciudad de encuentro de pensamientos y nacionalidades distintas donde la inteligencia estaba estimulada, y donde permaneció hasta la muerte de su marido.

De vuelta en España, Antonia Gutiérrez Bueno escribió un conjunto de traducciones del francés referente al cólera y comenzó a escribir un diccionario histórico y biográfico de mujeres famosas. Para completarlo, sin embargo, necesitaba  acceder a los libros que estaban en la Biblioteca Nacional.

#DíaDelLibro2017, dos pioneras en el acceso de las mujeres a las #bibliotecas @RacheleAgo Clic para tuitear

Así, a los 56 años, decidió escribir una carta al Ministerio del Interior pidiendo permiso, y el director de la Biblioteca, José María Patino, respondió de forma negativa, subrayando que la presencia de las mujeres podría distraer y aumentaría el coste de la propiedad al crear una sala separada donde no podrían entrar más de cinco o seis usuarias.

Corría el año 1837. En España reinaba una mujer, la regente María Cristina, que intervino en la controversia mediante el apoyo a Antonia Gutiérrez Bueno. La reina escribió que, en el caso afortunado de que el número de mujeres fuera superior a la capacidad de la sala, el aumento del gasto sería necesario, eliminando las motivaciones inconsistentes del director Patino.

El Diccionario de Antonia no se completaría jamás, sin embargo, fue el comienzo de un viaje importante para las mujeres españolas.

Además de leer y comprobar los volúmenes de la Biblioteca Nacional, se admitió a las mujeres en oposiciones selectivas para formar parte de los organismos estatales especializados, con la función de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Mujeres como Ángela García Rives, que, en 1914, se convirtió en la primera  mujer bibliotecaria  de la Biblioteca Nacional. Hasta que, en 1990 Alicia Girón llegó a dirigirla, fue la primera mujer en acceder a un puesto dentro de la BNE.

Ángela García Rives, la primera mujer bibliotecaria en la @BNE. Paola Iotti @RacheleAgo Clic para tuitear

Antonia Gutiérrez Bueno y Ángela García Rives, pioneras en el acceso de las mujeres en las bibliotecas españolas. Artículo de Paola Lotti para Revista MoonMagazine y Revista Caffè Book.

 

Ángela García Rives tiene en común con Antonia que ambas son procedentes de familias cultas y que tuvieron la oportunidad de estudiar y desarrollar sus propias inquietudes. El padre de Ángela era un bibliotecario del Senado y de él aprendió el amor por los libros y la pasión por su catalogación.

Estudió en la Universidad de Madrid cuando las mujeres miembros eran solamente tres y se graduó con honores en Historia y Filosofía, continuó sus estudios y obtuvo un doctorado en 1917. Ganó el concurso para ser bibliotecario siendo la única mujer entre los 91 participantes e incluso el Times señaló en un artículo su presencia inusual.

Trabajó en la Biblioteca Nacional española durante 46 años, llevando a cabo sus actividades con firmeza, ganándose el respeto de todos y el nombramiento de jefe de la sección de catalogación en 1942. Se dice que era una de las pocas personas a cuyo paso todos se ponían de pie. Fascinada por la prensa, acariciaba amorosamente los libros que decidía leer, comprándolos en las librerías o retirándolos prestados de las bibliotecas.

Ser bibliotecaria, algo que ahora nos parece cotidiano, fue posible con la ayuda de mujeres desconocidas como Antonia y Ángela, pioneras de los derechos de las mujeres cuyo recuerdo, lamentablemente, ha caído en olvido a lo largo de los siglos.

Posibilitaron el acceso de la mujer como usuarias y trabajadoras en las bibliotecas @RacheleAgo Clic para tuitear

Artículo de Paola Iotti

Traducción de Rachele Agostino

Fotografía de portada: ©Biblioteca Nacional (BNE)