Extrañamiento, el renacer de la percepción

 

Llegas de vacaciones, y al abrir la puerta, te sorprendes. La luz tamizada fluye, suave a través de la vidriera, iluminando sus colores. La hiedra se derrama desde su estantería con discreta elegancia. El olor a cedro del chifonier te envuelve, y te recuerda tu infancia. De repente te acuerdas de que te lo regaló tu abuela cuando te casaste, y sonríes. La casa te recibe con calidez. Es bella, mucho más de lo que recordabas. La contemplas con asombro, como si la vieras por primera vez.

¿Qué pasó mientras no estabas? ¿Acaso vinieron las hadas de la ausencia a rociar tu hogar con polvos mágicos? Sí y no.

Lo que ha ocurrido es que, con el tiempo y la distancia, te has deshabituado de tu experiencia diaria, te has deshecho de tus ideas preconcebidas sobre lo que te rodea. La desfamiliarización ha renovado tu percepción, regalándote una visión nueva de tu entorno.

Has experimentado un efecto de lo que se llama “extrañamiento”.

¿Qué significa esta palabra? La RAE la define como acción y efecto de extrañar o extrañarse, pero el extrañamiento al que nos referimos es algo más profundo y complejo.

Devolviendo este concepto a la literatura, de donde procede, el extrañamiento consiste en volver extraño lo conocido, deshacernos de automatismos, y refrescar nuestra mirada sobre el entorno cotidiano. Este término fue acuñado por Viktor Shklovski, considerado el padre de lo que se llamó posteriormente el formalismo ruso. Esta nueva teoría que surgió en los años veinte, definió la literatura como un hecho lingüístico, con un componente abstracto: la “literariedad”. La literariedad es el conjunto de hechos lingüísticos que diferencian el lenguaje literario de otros.

El extrañamiento nace del concepto de literariedad y lo explica. Según expone Shklovski, la cotidianidad hace que se «pierda la frescura de nuestra percepción de los objetos», haciendo de todo algo automatizado. La rutina nos adormece, volviéndonos ciegos, sordos, y ajenos a lo que ocurre en nuestro entorno. Ya no observamos lo que nos rodea, ya no nos fijamos en los objetos y lugares que conocemos, por cotidianos. Si vivimos en plena naturaleza, donde el canto de los pájaros es constante, dejamos progresivamente de oírlo. Si tenemos una casa cerca de la playa, con el tiempo, no oímos el sonido del mar, lo descartamos. En las grandes ciudades, apenas reparamos en el ruido de los coches y de las sirenas. Miramos sin verlas personas, cosas y lugares de nuestro entorno. Nuestra percepción se adormece, secuestrada por el hábito y la rutina.

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Así pues, es necesario volver a la realidad con una mirada nueva, con capacidad de extrañamiento.

Los formalistas rusos, especialmente Víktor Schklovsi, usaron la palabra ostranénie (остранение) para definir un proceder en el lenguaje literario que permite ofrecer una perspectiva nueva de la realidad. Puede lograrse presentándola en contextos inhabituales, o recurriendo a la exageración, lo grotesco, incluso lo absurdo, para que se note que se trata de una ficción. A nivel lingüístico, se puede recurrir a palabras inusuales, creando esquemas insólitos en los géneros literarios, o dibujando situaciones sorprendentes a nivel de percepción. El extrañamiento no modifica nuestra percepción, sino la presentación de la misma, lo que Shklovski llama «revelar una técnica».

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El lector se da cuenta de que lee algo distinto al ver temas presentados en contextos diferentes a los acostumbrados. Empieza a percibir las cosas de otra manera, se ve obligado a ello por la “deshabituación”, consecuencia directa del “extrañamiento”, que le presenta la realidad como nunca antes la había visto.

Este párrafo de Julio Cortázar, extraído de Instrucciones para subir una escalera, lo ilustra perfectamente:

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en este descansará el pie, y en el primero descansará el pie.

Shklovski define así el ostranénie o extrañamiento:

El propósito del arte es el de impartir la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas (o concebidas). La técnica del arte de “extrañar” a los objetos, de hacer difíciles las formas, de incrementar la fuerza de la percepción encuentra su razón en que el proceso no es estético, como un fin en sí mismo, y debe ser prolongado. El arte es una manera de experimentar la cualidad o esencia artística de un objeto; el objeto no es lo importante.

Víktor Shklovski, considera el extrañamiento en la literatura como un medio poderoso para despertarnos del habituamiento, volver a contemplar el mundo con mirada fresca y liberar nuestra capacidad de percepción del hábito que nos secuestra y propone la  desautomatización, para redescubrir lo que el hábito ha tornado invisible.

Esta teoría, sin lugar a dudas, nos enseña una forma valiosa de despertar nuestra creatividad, pero ¿qué hay de la práctica? Pues, tiene aplicaciones en muchos campos: en el arte, el teatro… En la literatura, parece evidente conectarla con el “binomio fantástico” que Gianni Rodari expone en su Gramática de la fantasía.

Dicha técnica, que estimula la imaginación, consiste en enfrentar dos palabras extrañas entre sí. La elección es importante, se trata de escoger dos palabras que no pertenezcan al mismo contexto, y tienen que ser lo suficientemente lejanas para que nos cueste un esfuerzo de imaginación encontrar un nexo entre ellas. La mejor manera de conseguirlo, es asegurarse de que la relación entre ellas no sea obvia. Por ejemplo, caballo-perro no es en realidad un binomio fantástico, pero perro-armario, luz-zapatos, ladrillo-canción, sí lo son. Entonces, sí puede dar lugar a creaciones jugosas y sorprendentes. En el binomio fantástico, lo importante no es la creación en sí, sino el procedimiento que lleva a la aparición de la idea, y este procedimiento es el extrañamiento.

¿Quieres saber lo que es el binomio fantástico? En este artículo de @MachadoMichele Clic para tuitear

Al usarlo y aplicar la desautomatización, recuperamos lo que la rutina ha vaciado de sentido, y conseguimos la ruptura significante-significado. ¿Qué significa eso? Que no nos limitamos al significado habitual de las palabras, al sentido convencional del lenguaje. Vamos más allá. Por ejemplo, el chifonier que citaba al principio del artículo, deja de ser un simple mueble, una «cómoda alta y estrecha con cajones», según la RAE, para convertirse en un símbolo. Un símbolo que representa la infancia, el afecto de una abuela, la tradición familiar, el paso de la niñez a la madurez, y el olor a cedro que desprende, mucho más que eso, se convierte en el perfume entrañable de la felicidad.

Así pues, para refrescar nuestra percepción y nuestra experiencia, transcendamos las palabras, rompamos sus cadenas, vayamos más allá de su significado y juguemos al extrañamiento. Miremos la vida como si acabáramos de nacer, y a continuación, reescribamos con tinta fresca nuestra historia, usando, como lo hace Pablo Neruda, palabras nuevas, únicas, cargadas de simbolismo.

 

Tempestad con silencio

Pablo Neruda

 

Truena sobre los pinos.

La nube espesa desgranó sus uvas

cayó el agua de todo el cielo vago,

el viento dispersó su transparencia,

se llenaron los árboles de anillos,

de collares, de lágrimas errantes.

 

Gota a gota

la lluvia se reúne

otra vez en la tierra.

 

Un solo trueno vuela

sobre el mar y los pinos,

un movimiento sordo:

un trueno opaco, oscuro,

son los muebles del cielo

que se arrastran.

 

De nube en nube caen

los pianos de la altura,

los armarios azules,

las sillas y las camas cristalinas.

 

Todo lo arrastra el viento.

 

Canta y cuenta la lluvia.

 

Las letras de agua caen

rompiendo las vocales

contra los techos. Todo

fue crónica perdida,

sonata dispersada gota a gota:

el corazón del agua y su escritura.

Terminó la tormenta.

Pero el silencio es otro.

 

Un artículo de Michèle Rodríguez

Imagen de portada: Vladimir Kush