No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 5

Novela inédita de David de la Torre publicada por entregas.

Lee Johnson sabe más de lo que Donna imagina. Y Donna no piensa ser una mera comparsa en la investigación.

¿Quién asesinó a Helen McCormick?

 

No te pierdas No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 5

 

5to capítulo de la #novela por entregas de @DavidVerdejoOfi. Con ilustraciones de @JoseviBlender Clic para tuitear

 

¿Has terminado ya? Porque no me importa una mierda

      lo que sepas o no sepas… te voy a torturar de todos modos.

Reservoir Dogs

Quentin Tarantino, 1992, Live Entertainment

 

No te sientes de espaldas a la puerta

Capítulo 5

Miércoles, 08 de marzo de 1972, Siete días antes (II)

Si viera la cara que se le puso a Donna al escuchar aquello, se reiría como yo lo estoy haciendo ahora. Un poema del mismísimo Edgar Allan Poe se dibujó en su rostro redondo y oscuro. Sé de buena tinta que sintió intriga, después miedo y luego pánico. Si hubiera sido blanca, seguro que su cara habría pasado por todos los colores que el ser humano es capaz de reproducir en menos de un minuto. Pero sus ojos marrones, en contraste con el iris claro y su piel brillante, no pudieron ocultar su sorpresa, como le digo. Lee se mantuvo en silencio con malvada intención. Su cerveza comenzaba a calentarse por el efecto de la calefacción, puesta a una temperatura que el mismísimo Lucifer pediría a gritos que la bajasen. Llevaba una camisa azul celeste completamente sudada. Ahora bien, si a estas alturas recuerda algo de lo que le he contado, habrá observado el detalle del sudor en la camisa de Lee. ¿Y qué nos dice eso? Bueno, no se ponga así, ya sé que no quiere jugar conmigo a detectives, pero, entonces, ¿qué hace escuchándome? Vale, está bien, le diré que ocurrió después.

Lee comenzó a sentir que su olor corporal no era el adecuado y, susurrando algo incomprensible para sí mismo, dejó un billete sobre la mesa y salió del local como alma que lleva el diablo, abandonando a Donna allí dentro. Se metió en su coche y arrancó con furia, emitiendo una mezcla de vaho y humo por el tubo de escape. Recuerdo a una señora que paseaba un perro canijo, de esos que tienen el odio a la raza humana contenida en su interior, que le increpó con gritos ininteligibles.

Donna dejó de mirar la puerta de la entrada y bajó los ojos a las migas que quedaban en su plato. Lee se había dejado un cuarto de su sándwich y aprovechó. Era de la vieja escuela, ¿sabe? De aquellas personas que han aprendido que no debe dejarse nada en el plato. Ella, desde luego, llevaba al máximo aquella regla al tiempo que el estrés la obligaba a comer compulsivamente. Al comportarse de forma tan altruista con la comida que quedaba en el plato de Lee, se percató de un detalle justo al lado del par de billetes con los que este pretendía pagar su parte del almuerzo: debajo de aquel arrugado papel por el cual la humanidad se había masacrado literalmente, encontró una tarjeta que rezaba: «McSorley’s Old Ale House, 15 E 7th Street. Estábamos aquí antes de que nacieras». Bien, era la tarjeta de una de las tabernas más antiguas de Nueva York.

Según tenía entendido, fue fundada a mediados del siglo XIX, y las mujeres tenían prohibida la entrada hasta hace dos años. Recuerde, amigo, corría el año 1972 y la prohibición se levantó en 1970. Por aquel entonces, la musa de Andrew Warhol cantaba en el Electric Circus con la Velvet Underground, ¿sabe? Pues, resulta que el Ángel Teutón, como así la llamaban, no podía siquiera ir a tomarse una buena cerveza a McSorley’s, ¿qué le parece? A veces pienso que el ser humano es el animal más estúpido sobre la faz de la Tierra. Pero… ¿sabe quién fue la primera mujer en cruzar la puerta del McSorley’s? Barbara Shaum, una tendera que vendía cinturones y sandalias tan solo a un par de números de ese garito. Pero, ¡ah!, ¿por qué ella precisamente?

Al igual que nuestra víctima, Helen McCormick, Barbara guardaba un secreto. Y es que ya le he dicho que Manhattan es la isla que parece un continente donde nada es lo que aparenta, ¿verdad? Resulta que Barbara ya había cruzado la puerta de aquel lugar de forma clandestina. Los camareros lo sabían, pero, sobre todo, conocían su pertenencia a grupos activistas en pro de los derechos de la mujer, así que, cuando la ley desapareció (afortunadamente), el propio bar tuvo el honor de contar con ella para pasar por la puerta de una forma «libre». Ya ve, así son las cosas, en esta ciudad nada se hace por amor al arte, ¿sabe? Pero nos desviamos, ¿eh? Ya veo su ceño fruncido. Voy.

Donna leyó lo que la parte anterior de la tarjeta mostraba sin darle mayor importancia, hasta que, al tenerla elevada varios centímetros sobre la mesa, vio su reflejo en el vaso de Coca Cola y se dio cuenta de que en el reverso había algo escrito: «A las diecinueve horas, mesa debajo del cuadro con la chica desnuda, tras la barra. No faltes. Lee».

—Pero ¿cuándo coño ha escrito esto? —dijo con cara de asombro.

El camarero que se encontraba cerca le preguntó si le había comentado algo y ella, torpemente, respondió que no. Volvió a mirar la tarjeta y juraría que Lee, desde que entró en el Eisenberg’s, no había usado las manos más que para devorar parcialmente un sándwich insípido, comparado con el pastrami, y terminar de engullir una pinta de cerveza casi por completo. «Así que este cabrón lo traía escrito de casa…», y comenzó a emitir una risa nerviosa que aumentaba el volumen de forma exponencial. El encargado del local la miró con desconfianza, pensando que le había dado un ataque y estaba perdiendo la chaveta cuando Donna se levantó, tiró sobre la barra los billetes de Lee, y alguno más, y salió del local.

No te sientes de espaldas a la puerta. Cap 5

La distancia desde el Eisenberg’s hasta el lugar donde encontraron a la pobre Helen McCormick es, exactamente, de tres millas y media. A Donna le gustaba pasear. No tenía coche (aunque sí carnet de conducir) y evitaba, en la medida de lo posible, utilizar uno de la policía. Los odiaba profundamente. No solo porque fuera dando la nota por todo Manhattan, ¿sabe?, sino porque siempre encontraba algún resto de comida india en su interior o alguna colilla de tabaco barato tirada por el suelo. Decidió caminar en línea recta por la quinta avenida y aprovechar el frío, que no parecía querer abandonar la ciudad, para contemplar los edificios más emblemáticos como el Empire State Building o la catedral de San Patricio, en la esquina con la cincuenta.

Minutos después, en la esquina con la cincuenta y ocho, sintió hambre de nuevo, pero decidió que tan solo debía permitirse un café para llevar. Ella se consideraba delgada, aunque la realidad era un poco distinta. No podía decirse que fuera obesa, desde luego, pero si debía vigilarse. Con el café humeante y sorteando el vapor del metro que emanaba de las alcantarillas, llegó a Central Park. Recordaba perfectamente el lugar donde encontraron a Helen y sopesó atravesar todo el parque entrando por Center Drive, en la mitad de la cincuenta y nueve, o seguir caminando por la Quinta avenida, rodear el museo de Arte Metropolitano y entrar al parque por la ochenta y cinco transversal. Después de unos segundos, decidió seguir esta ruta y continuar contemplando la ciudad en todo su esplendor.

Donna vivía en Queens, al este de Manhattan. Su apartamento estaba situado en Long Island City y adoraba el asfalto, las ventanas enormes y los rascacielos inmensos que llegaban hasta el cielo. Tenga en cuenta, querido amigo, que nació en un pueblecito perdido de la mano de Dios, al oeste de la frontera con Indiana. No recuerdo bien el pueblo, pero creo que estaba cerca de Charleston. Con solo quince años y más valor que vergüenza, abandonó el lugar y se marchó a New Jersey con una tía suya que la crió y protegió de las palizas de su padrastro, pero eso es otra historia. El caso es que le encantaba caminar y observar a la gente, los edificios, etc. Y entró en el parque con cierta nostalgia de abandonar la urbe para empezar a pisar la hierba.

Cuando llegó al lugar donde encontraron a Helen, exactamente en medio del pinar Arthur Ross, de reciente construcción, financiado por un tal Arthur, un filántropo que puso el dinero sobre la mesa y obtuvo el beneplácito del jefe de Central Park, Cornelius O’Shea, se quedó observando las huellas que la hierba aún mostraba del cuerpo de Helen. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido bajo los pies de Donna. Su mirada escudriñó cada rincón, cada milímetro cuadrado de aquella pequeña explanada, pero no encontró lo que estaba buscando. Entonces decidió agacharse y mirar al ras el corte del césped, sin obtener más que una manta uniforme y verde sin alteraciones. Caminó de espaldas un par de metros hasta que chocó con algo que la sobresaltó y, al darse la vuelta, suspiró colocándose la mano en el pecho.

—¡Joder, Gordon! Vaya susto me has dado, ¿qué haces tú aquí?

—Perdona… Paseaba… ¿Y tú?—preguntó blandiendo entre sus dedos un panfleto de algún bar de la zona. Parecía nervioso.

—¿Paseabas? Pensaba que tenías ronda esta mañana. ¿No te tocaba patrullar por el Soho?—le interrogó.

—Ohm…, pues, ahora que lo dices, sí. De hecho, he venido a dar de comer a las palomas antes de regresar al coche, ya sabes que me encanta venir a dar de comer a las palomas…

—Sí, claro… Dar de comer a las palomas… Bueno, luego nos vemos en la comisaría, ¿de acuerdo?

Se alejó unos centímetros de su compañero. Este sonrió a media luz y dio la vuelta para perderse entre los árboles.

Donna le miró alejarse. «¿Dar de comer a las palomas? Y dónde demonios llevaba el trozo de pan o el cucurucho con la comida? Además, qué narices, ¡si está de servicio!» Se quedó pensativa mientras regresaba a la zona donde el cuerpo de Helen había yacido un par de días antes. Caminó rodeando el lugar varias veces sin encontrar lo que seguía pretendiendo encontrar. Se preguntaba constantemente cómo era posible arrastrar un cuerpo y no dejar huellas. Cómo pudieron moverlo hasta allí y dejarlo, habiéndola asesinado antes de eso, abriéndole el abdomen, sin dejar un reguero de sangre alrededor. Entonces, de pronto, escuchó a su espalda el ruido de unos patos al chapotear en el agua. Lo vio claro.

Giró la vista ciento ochenta grados y miró fijamente al embalse Reservoir y entendió que allí debía estar lo que andaba buscando. Caminó hasta la orilla y observó las huellas de arrastre que andaba buscando. Las siguió con la mirada y distinguió la sombra de un objeto grande y oscuro bajo la superficie. Llevaba puestas unas botas cómodas pero que calaban a la mínima gota de agua que las tocaba, así que se descalzó y entró en el agua. Al llegarle por la mitad de las rodillas, sumergió sus brazos remangados y enganchó con los dedos una especie de plástico. Debido al agua que contenía, el peso de aquella bolsa se duplicaba y sus esfuerzos por sacarla de allí aumentaron.

La escena le recordó a su infancia en el pueblo, cuando trabajaba en servicios a la comunidad y sintió arcadas. Sin embargo, ese mismo sentimiento le dio las fuerzas suficientes para tirar de una vez hacia atrás y sacar el plástico por completo. Cuando lo consiguió, había tirado con tanta fuerza que se cayó al suelo sobre su propio trasero provocándole un dolor agudo aunque soportable.

Pero no gritó, ¿sabe? No se quejó ni nada… Tan solo se quedó mirando unos segundos aquel plástico empapado y manchado de barro, inútil a todas luces en caso de que el cuerpo de Helen McCormick hubiera sido transportado en su interior dos noches atrás. ¿A que lo ha pensado? ¿No? Vaya, quizá debiera dedicarme a escribir novelas de misterio en vez de contarlas, ¿eh? Bien…

Donna decide investigar el caso de Helen por su cuenta. @DavidVerdejoOfi @JoseviBlender Clic para tuitear

Donna se levantó y, calculo que un par de minutos después, abrió lo que definitivamente era una bolsa enorme de plástico negro. En su interior encontró una mezcla de barro y gravilla, además de agua que vació despacio hacia el suelo. Cuando observó que no había nada más en el interior, sintió una gran frustración, pero para su tranquilidad, algo que emergió del fondo de la bolsa le devolvió la sonrisa: una pitillera de plata con unas iniciales.

—¡Cojones! —exclamó—. Se lo enseñaré a Lee esta tarde.

Miró su reloj de pulsera empapado y detenido por la acción del agua a las 15:36 y veinte segundos. ¿Cuánto llevaría liada con la bolsa? No sabía bien, quizá… ¿veinte minutos? Bueno, había quedado a las 19:00 horas en el McSorley’s, ¿recuerda, amigo? Tenía tiempo suficiente para volver a su casa, cambiarse e ir a la taberna, aunque no debía demorarse. Se levantó de nuevo y escudriñó con la mirada a los transeúntes por si algún compañero de patrulla andaba cerca y tuvo suerte, ¿sabe? Cerca de allí caminaban una pareja de policías y Donna les silbó. Al principio pensaron que se trataba de una muchacha que pedía ayuda o quería ligar con ellos, pero, al estar a dos metros escasos de distancia y ver la placa de identificación, simplemente sonrieron.

Pude ver cómo hablaba con ellos, les señalaba la bolsa de plástico, mostraba la pitillera dentro de una bolsita transparente donde la acababa de meter y, minutos después, se marchaba por la ochenta y cinco transversal en dirección oeste, hacia la ochenta y seis. Los policías agarraron la bolsa y se marcharon en sentido contrario. Menuda faena, ¿eh?

Al final, la estúpida Donna encontró lo que buscaba.

 

(Continuará)

No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 5

David de la Torre

 

Nuevas pistas en el caso McCormick. Continuará el martes 18 de julio. @DavidVerdejoOfi Clic para tuitear

 

Atento a la próxima entrega

No te pierdas  No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 4, el Martes, 18 de julio

 

Cap. 1

Cap. 2

Cap. 3

Cap. 4