No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 4

Novela inédita de David de la Torre publicada por entregas.

Algo sucedió antes de aquella cita en el oscuro garito conocido como Pleasant Bar. Algo tan grave como para que el viejo Tony, un capo de la mafia neoyorquina, disparara al detective de la policía de Nueva York, Lee Johnson, provocándole la muerte.

Algo relacionado con la aparición del cuerpo sin vida de una prostituta en Queens y con un misterioso narrador…

 

#Novela inédita de @DavidVerdejoOfi. 5ª entrega, #Martes 11. Ilustraciones: @joseviblender. Clic para tuitear

No te sientes de espaldas a la puerta

Capítulo 4

Para proteger a las ovejas hay que cazar al lobo y solo un lobo puede hacerlo.

Día de Entrenamiento

Antoine Fuqua, 2001, Warner Bros Pictures

Miércoles, 08 de marzo de 1972, Siete días antes (I)

Buenos días, ha llegado temprano. Pase, por favor. ¿Dónde nos quedamos ayer? Ah, sí, la pobre prostituta reventada en medio de Central Park. Se llamaba… se llamaba… Ah, Helen, eso es. Del apellido no me acuerdo, pero es igual, ¿quiere una copa? ¡Oh! Disculpe, quizás es demasiado pronto para usted, amigo mío, pero bien le vendrá un café cargado, ¿verdad? Mientras lo preparo, acomódese donde prefiera. Estoy con usted en un santiamén.

El apartamento de Lee era sobrio, aunque transmitía cierto calor adolescente. Repleto de pósteres de jugadores de béisbol, él sostenía que no los había puesto allí. El piso era alquilado, por lo cual, si pensamos con buena fe, podría ser cierto. El salón estaba separado de la cocina por una pequeña barra con dos taburetes viejos y gastados delante de ella. Detrás, los fogones se encontraban impolutos, Lee nunca cocinaba. De hecho, jamás había tocado una sartén. A pesar de ello, era un tipo esbelto y delgado. Tampoco hacía deporte y fumaba una marca de cigarrillos baratos cuyo nombre no recuerdo bien. Eso sí, era un tipo que siempre olía bien. Increíble en una época donde el oxígeno solo se encontraba en los bosques de New Jersey.

Sobre la mesa del salón y acompañado de una taza de los Celtics de Boston (sí, también tenía menaje de estrellas y equipos de baloncesto, pero, como era de esperar, según Lee ya estaban allí), repasó el informe preliminar que una amiguita de Gordon había redactado aquella misma tarde en la comisaría. «Valiente desgraciado —pensaba Lee al pasar las hojas—. Este Gordon con su cara de no haber roto un plato está haciendo sufrir a la pobre chica, prometiéndole el oro y el moro cuando no tiene un centavo en el bolsillo. No sé quién es más infeliz». La primera página, escrita en una Olivetti Valentine del sesenta y nueve, roja como los cuernos del mismísimo diablo, describía con lujo de detalles las heridas infligidas a la pobre muchacha aquella noche de marzo. Y es que, según los primeros análisis, debió morir la noche anterior. Sin embargo, un detalle llamó la atención de Lee, que decidió encender el segundo pitillo antes de leer aquella frase con atención:

«alrededor de la víctima no se encuentran rastros de sangre. Debido a la exagerada abertura del abdomen, se considera muy poco probable que la humedad de la noche hubiera diluido toda la sangre evacuada por la herida».

¿Exagerada?, exclamó apartando el cigarro de sus labios y agarrando la taza de café. ¿Quién coño define un agujero así, como exagerado? O es grande o es pequeño, pero no exagerado. Negó con la cabeza mientras bebía un sorbo de café. Siguió leyendo.

«… Se observan marcas transversales al sentido del hueso radio, justo a tres centímetros del hueso escafoides, a la altura de la muñeca. Sin embargo, estas marcas realizadas perimortem se sitúan únicamente en el anverso de las manos. Es de destacar una luxación en el hombro derecho, probablemente por haber desplazado el brazo hacia atrás en demasía…»

En demasía dice…, habló consigo mismo una vez más.

No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 4

Como quiera que sea, Lee era un poco quisquilloso… Bueno, digamos que un poco toca pelotas con eso del lenguaje y más cosas que no vienen a cuento. Dejó de leer. Ya tenía una idea sobre qué le había ocurrido a la chica, así que se levantó, se desnudó completamente y tomó una ducha caliente, abandonando el informe, el café y la colilla en aquella mesa solitaria. Mientras repasaba mentalmente el contenido del informe y, sobre todo, la descripción de las heridas provocadas sobre el cuerpo de Helen McCormick, volvió a sentir un nudo en el estómago.

Quince minutos después, el teléfono comenzó a vibrar y emitir un sonido estridente, precipitándose contra el suelo al haberlo dejado la noche anterior al borde de la mesilla. Lee salió corriendo de la ducha agarrando, en su frenética carrera, la primera toalla que pudo enganchar con sus empapadas manos. Llegó al salón manteniendo el equilibrio a duras penas y, al agacharse para recoger el auricular, la toalla cayó al suelo. Mientras escuchaba la voz de Donna al otro lado del aparato, observó, a través de su ventanal, que una mujer de mediana edad, delgada y con cierto atractivo, escondía una sonrisa burlona tras un vaso de vidrio, aparentemente lleno de café. El pelo rubio se ondulaba sobre su cabeza, cubriéndole parcialmente los pálidos hombros mientras un camisón hasta las rodilla ocultaba un cuerpo totalmente desconocido para Lee. Cuando fue consciente de qué estaba realmente pasando, se desplazó suavemente hacia la pared para prestar atención a su compañera, ajena a ese pequeño momento íntimo con la vecina de enfrente, de la cual ya se ocuparía más adelante.

Pobre idiota, no sabía que jamás llegaría ese momento. El hecho es que Donna lo emplazó a verse en el Eisenberg’s Sandwich Shop para almorzar su bocadillo preferido. Es gracioso, ¿sabe? En aquella época, el Eisenberg’s se construyó a la sombra del Flatiron, un edificio que modificó las corrientes de aire de Manhattan y provocó que una decena de curiosos se agolpara en la veintitrés con Broadway. Como ocurrió con nuestra vecina mirona, muchos hombres dieron rienda suelta a sus fantasías gracias a esas corrientes de aire recién creadas por el hombre. ¿Se imagina? Perdone que me ría, pero recuerdo cómo la policía, encargada de que las faldas de las mujeres no superasen los quince centímetros por encima de la rodilla, lidiaba con todos los tipos que babeaban cada vez que el viento descubría el trasero de alguna jovencita. Qué tiempos… Pero eso, amigo mío, ocurría a principios de siglo, del veinte, desde luego. Es otra historia. El sándwich favorito, ¿verdad? Sí…, eso es.

Lee aparcó a Lucille (su Chevrolet COPO del sesenta y nueve bautizado así en honor a la canción del compositor y pianista Little Richard, allá por el cincuenta y siete) en la puerta del Eisenberg’s. Cuando Donna escuchó ese rugido atronador, retenido en contra de su voluntad bajo aquel capó como una bestia encerrada en un establo, decidió esperar un minuto más antes de devorar su sándwich de pastrami. Se trataba de un emparedado traído por los inmigrantes de Europa del Este y formado por dos rebanadas de pan de centeno, mostaza, pepinillos y un filete de ternera salada, desgranada y cubierta de especias. El típico bocadillo que no debes comer si vas a besar a alguien durante las dos horas siguientes. Pero este no era el caso. Lee no le atraía en ningún sentido, o eso se pensaba ella. Siempre decía que le parecía un tipo interesante desde un punto de vista exclusivamente profesional. Aunque eso, amigo mío, cambiaría radicalmente.

—Veo que ya has pedido.

Lee masculló aquellas palabras en señal de reproche amistoso, pero Donna hizo caso omiso y tan solo se encogió de hombros mientras acercaba el vaso de Coca Cola a sus carnosos labios rosados. Lee miró cómo su compañera bebía aquel mejunje medicinal y decidió dejar el abrigo sobre la silla. Se acercó a la barra y pidió una cerveza.

—Estás de servicio, Lee.

Donna le recriminó cuando este tomó asiento frente a ella, dejando sobre la mesa la cerveza y un sándwich cuyo contenido era indescriptible.

—Lo sé, pero pienso mejor con una rubia en mi corazón. Además, este sándwich mata el alcohol, no como el tuyo que acabará contigo directamente. — Sonrió.

¿Descubriremos hoy qué le ocurrió a Helen, @DavidVerdejoOfi? Clic para tuitear

Donna le devolvió la sonrisa y mordió con ansiedad el pastrami, provocando que una ligero hilo de un líquido semitransparente comenzara a abandonar la comisura de sus labios para dejarse llevar por la gravedad. Donna lo notó e inmediatamente se limpió la barbilla al tiempo que lanzaba una pregunta a su compañero.

—¿Has visto el informe? —dijo con la servilleta aun tapándole los labios.

—Sí. Deberían echar a esa chica.

—No me refiero a la calidad literaria de la muchacha, Lee. Me da igual cómo escriba.

—Lo que tú digas. Lo he leído esta mañana y sé que la chica no murió allí, debieron asesinarla en otro lugar.

—¿Por la ausencia de sangre alrededor del cuerpo? —dijo Donna mientras mordisqueaba el sándwich.

—Exacto. Debieron transportarla de algún modo que no dejara marcas o huellas para, después, tirarla como un perro en medio del parque. Pobrecilla. Nadie se merece morir así —dijo apesadumbrado.

Donna se detuvo. El vaso de Coca Cola se elevaba cinco centímetros de la superficie de la mesa y permaneció allí veinte eternos segundos. El rostro de Donna mostraba sorpresa ante las palabras de Lee. «¿Sentimientos? ¿Será posible que este tipo duro de Tejas tuviera un corazón blandito que latía y todo?», imagino que se preguntaría en su interior.

—¿Te me vas a poner sentimental? —le dijo ladeando la cabeza.

—En absoluto —le respondió  cambiando inmediatamente al semblante habitual, más duro, distante, aunque luego lo suavizó para agregar—: Pero ¿no crees que abrirte el abdomen y sacar tus tripas es una muerte bastante horrible como para, además, abandonarte en medio de la hierba como un trozo de papel de fumar? Esa chica, además, quizá fue torturada o debió recibir una paliza increíble.

—Si tú lo dices… —respondió—. A mí me parece que una vez muerto, da igual dónde te dejen.

Donna volvió a mordisquear su sándwich cuando, aún con trozos de comida en la boca y viendo que Lee no decía nada, se animó a preguntar:

—¿Quién crees que puede haber sido? En ese teatro no hay nada más que actores mediocres y prostitutas…

Lee regresó de allá donde se perdió su mirada, la volvió a dirigir a Donna y dijo con absoluta seriedad:

—No.

—No… ¿No qué?

—Que no solo hay actores de tercera y chicas buscando sexo por un puñado de dólares.

— ¿Qué quieres decir? —le preguntó extrañada.

Lee irguió la espalda y cerró los puños. Apretó los labios cerrando los ojos y comenzó a respirar profundamente, despacio, expandiendo su pecho y contrayéndolo después. Entonces abrió las palmas de sus manos sobre la mesa y se acercó a Donna para susurrarle:

—Ese local encierra algo más, gente muy peligrosa que nos escucha, que tiene contactos y que pueden hacer desaparecer cuerpos en cal sin que nadie se entere. Gente que te corta el dedo meñique como primer aviso y cuyo segundo aviso ya no oirás nunca más, ¿entiendes lo que te digo?

Las mejillas de Donna brillaban bajo las lámparas del local. En su carrera como policía de Manhattan había visto muchas cosas, pero nunca se las había tenido que arreglar con aquellos individuos de los que Lee hablaba.

—Te refieres a… —intentó decir Donna cuando Lee la interrumpió.

—Exacto…, sé qué le ocurrió a Helen.

(Continuará)

No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 4

David de la Torre

¿Quién será el misterioso narrador de esta historia #criminal? @DavidVerdejoOfi @joseviblender Clic para tuitear

 

Atento a la próxima entrega

No te pierdas  No te sientes de espaldas a la puerta. Cap 4, el Martes, 3 de julio

 

 

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