No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 6

Novela inédita de David de la Torre publicada por entregas.

Donna es una mujer que no se arredra ante nadie. Y menos cuando tiene en su bolsillo la prueba que inculpa al asesino de Helen…

No te pierdas No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 6

 

6to capítulo de la #novela por entregas de @DavidVerdejoOfi. Con ilustraciones de @JoseviBlender Clic para tuitear

 

«Que yo recuerde, desde que tengo uso de razón, siempre quise ser un gánster.»

Uno de los Nuestros

Martin Scorsese, 1990, Warner Bros

 

No te sientes de espaldas a la puerta

Capítulo 6

Miércoles, 08 de marzo de 1972, Siete días antes (III)

¿Sabe cuántas puertas se destrozan a patadas cada día en Estados Unidos? Me refiero por polis, claro. Pues, ya se lo digo yo, amigo. Mientras, siéntese donde siempre. Perdone por no ofrecerle mi mejor sonrisa, pero he pasado una noche… digamos que complicada, ¿sabe? Bueno, el caso es que más de un millón, según ese cacharro de allí conectado a Internet, que llaman… Nunca me acostumbraré a estas cosas…

El hecho es que, en Manhattan, la diferencia entre el número de puertas reventadas por la policía hoy en día y en los años setenta no es mucha. Además, la ciudad estaba sumida en una crisis económica que la ahogaba sin remisión, sin piedad. Nixon había suprimido el patrón oro tan solo un año antes, en busca de una solución, y no se le ocurrió otra cosa que imprimir dólares sin control alguno, y al año siguiente, en el setenta y tres, estallaría la crisis del petróleo. Pero, bueno, Lee no llegaría a vivirlo. Y esto qué tiene que ver con nuestra historia, se preguntará, ¿verdad? Lee, Donna, el cuerpo de Helen… Pues, como ya le he dicho antes, Manhattan es la ciudad de los rascacielos donde, para ver el suelo, tienes que eliminar todo el cristal y el hierro de alrededor. Y nada es lo que a primera vista parece. ¿Quiere tomar algo? Soy un desaprensivo, estoy aquí, aburriéndole sin ofrecerle nada… Le pido disculpas, aguante un poco mientras me sirvo un café. Como le he dicho, no he pasado buena noche. Tengo un vecino particularmente… insistente.

Donna apareció puntual en McSorley’s, pero permaneció en la acera, frente al local, unos tres minutos. Odiaba aquel lugar con el suelo lleno de serrín y la barra repleta de tipos sudorosos cuyas gotas de cansancio emanaban un hedor a alcohol y hormonas caducadas irrespirables. En aquel instante, casi lamentó que permitieran entrar a las mujeres. No había pasado ni un año desde el levantamiento de la prohibición y se preguntaba cuántas pobres incautas tendrían su lindo trasero sobre alguna de esas butacas polvorientas. No tenía más remedio que averiguarlo, así que se armó de valentía y cruzó el umbral de la puerta que separa una ciudad atestada de corrupción y delincuencia del mismísimo purgatorio donde se lamentan los ladrones muertos del barrio. Al cerrar la puerta tras de sí, su nariz se cerró, negándose a respirar una densa humareda gris que cubría la mitad superior del local. Joder, susurró.

Unas cuarenta o cuarenta y cinco miradas masculinas se clavaron en su sien por dos razones: una por ser mujer y otra por ser negra. Lo tenía todo para ser observada en aquella época y en aquel lugar. Pero Donna tenía más pelotas que usted y que yo juntos, ¿sabe? O que yo solo, quién sabe, y alzando la barbilla hacia el techo comenzó a caminar con paso enérgico mientras algunos le hacían un traje con los ojos y otros se lo quitaban con la imaginación.

El local no era excesivamente grande, aunque parecía mucho más pequeño a la vista, ya que sus paredes no veían la luz, cubiertas como estaban de todo tipo de objetos inimaginables, desde cuadros clásicos hasta fotografías, máscaras, chapas, tazas y un enorme alambique en un lateral. Las mesas eran de madera desgastada por los años y el correr del alcohol sobre ellas. Cubiertas por una fina capa de grasa, estaban decoradas por círculos de varios tamaños provocados por las cervezas que se servían a diario. El bar estaba dividido por un pequeño muro con una puerta de dos hojas en medio desde la cual, tras rebasarla y darte la vuelta, podías observar una enorme bandera americana sobre el marco, como para que no olvidases dónde te encontrabas, no fueras a confundirte por el fuerte acento irlandés que, en ciertos días a la semana, se escuchaba allí dentro.

No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 6

Donna llegó hasta la segunda sala del local sin prestar atención a los mirones que, poco a poco, se acostumbraban a su presencia sin dar rienda suelta a sus instintos animales. Al girar la vista a la derecha, observó el cuadro de la chica desnuda que mencionaba Lee en su nota, pero debajo no había ninguna mesa libre. De las dos mesas que se encontraban ocupadas, tan solo en una habían terminado sus consumiciones. La otra aguantaba estoicamente las cuatro jarras de cerveza de medio litro, cada una frente a cuatro chicos negros cuyos brazos tenían el tamaño de una columna del Capitolio. Miró a la otra mesa de nuevo y, frente a dos míseros vasitos de refresco, encontró a una parejita de estudiantes tan jovencitos que dudó de si tendrían edad legal para encontrarse en aquel lugar. Además, los vasos estaban completamente vacíos, así que decidió poner fin a aquella ridícula escena y apropiarse de la mesa. Eran las siete y diez de la tarde y comenzaba a tener hambre.

—Perdonad, ¿habéis acabado ya? —les dijo a los niños con más educación de la que hubiera querido. Los jugadores de rugby situados en la mesa de al lado (digo esto no por el tamaño de sus brazos sino por las camisetas del New York Rugby Club que cada uno portaba con honor y pasión cubriendo sus enormes torsos) la miraron sin entender muy bien qué ocurría hasta que uno de los chavales, con voz temblorosa, le dijo:

—No, señora, íbamos a… —y sin terminar la frase, Donna sacó su placa y mostrándola a los niños les hizo una mueca para que ahuecaran el ala.

Me río porque aquellas pobres criaturas salieron corriendo del local, olvidando los abrigos en la huida. Donna se sentó de espaldas a la pared (ella conocía muy bien la norma) y esperó a que un camarero pelirrojo limpiara (en la medida de lo posible) su recién conquistada mesa. Segundos después, la misma chica que había salido huyendo como quien escapa de una bestia enorme volvió a encontrarse frente a Donna y le pidió, con una voz casi inaudible en el escándalo que reinaba en el local, los abrigos que se encontraban perfectamente colgados en el perchero de la pared. Donna, amablemente, se los ofreció y entonces se dio cuenta de que los jugadores de rugby la miraban sorbiendo sus respectivas cervezas. Ella sonrió mostrando dos hileras de dientes extremadamente blancos y brillantes, a lo que el hombre situado más cerca de ella le devolvió la sonrisa.

Siete y media pasadas. Los jugadores seguían de charla y risas a golpe de vidrio salpicando de cerveza la mesa mientras el estómago de Donna amenazaba con aumentar su mal humor.

¿Dónde coño se ha metido Lee?, se preguntaba impaciente. Entonces recordó la pitillera que encontró en el lago Reservoir de Central Park y, pidiendo al camarero una copa de cerveza y un sándwich de nombre extranjero, la sacó para ocupar el tiempo de espera. Dentro del local se encontraba medio Nueva York con sus narices metidas en copas y jarras de cerveza, así que no le importó en absoluto enredar con una prueba de asesinato. Eso sí, delicadamente y justo antes de sacar la pitillera, dobló la bolsa transparente para que no se notase demasiado que aquel objeto se encontraba en el interior de un plástico.

Llegó su cerveza, el sándwich y una cesta rebosante de patatas fritas que no había pedido. Al verlo, miró al camarero con la intención de protestar, pero este le dijo con una sonrisa:

—Regalo de la casa. —Y se marchó.

Mientras acariciaba la pitillera con los dedos, observaba la cantidad ingente de patatas fritas sobre aquella cesta, radiantes y esbeltas. Miró la hora de nuevo: ocho menos diez de la noche.

Qué coño, me muero de hambre, se dijo. Guardó la pitillera en el bolsillo y comenzó a devorar la cena.

Tres cuartos de hora después, Lee seguía sin aparecer. Los clientes de alrededor habían cambiado un par de veces desde que había llegado, y su mesa parecía un campo de batalla recién finalizada, cubierta de cadáveres en forma de migas y trozos de cebolla impregnada de una salsa blanquecina que recordaba a la mayonesa. De la cerveza no quedaba más que un leve suspiro en forma de últimos milímetros de espuma. Era el momento de marcharse y así lo hizo: se levantó, recogió su abrigo y pagó en la barra. Al pisar la calle sintió un frío gélido en sus carrillos y se levantó el cuello para protegerse de la corriente de aire que la invitaba a correr hasta su apartamento de Long Island.

A esas horas de la noche, lo mejor hubiera sido coger un taxi porque el metro no garantizaba llegar en buenas condiciones, pero necesitaba pasear, quizá comprar unos cigarrillos en algún lugar aún abierto y disfrutar de las luces artificiales de aquel firmamento de hierro y cristal que tanto adoraba. Intuitivamente, sacó la pitillera para ver si quedaba algún pitillo en su interior cuando, gracias a encontrarse envuelta en la bolsita de plástico, cayó en la cuenta que se trataba de la prueba en un crimen. «¿Pero qué demonios haces?», se dijo a sí misma sonriendo, pero la sonrisa desapareció inmediatamente cuando se detuvo en seco allí mismo, en mitad de la acera, mientras el vapor emanaba del suelo como géiseres de plástico, para observar uno de los laterales de la pitillera con detenimiento. En la superficie plateada pudo ver claramente, a la luz de un farol, unas iniciales: TC.

Una pitillera con unas iniciales: TC. ¿Descubrirá Donna al asesino de Helen? @DavidVerdejoOfi… Clic para tuitear

Nueva York es una ciudad que nunca duerme, ¿sabe? Aunque para algunos se cene pronto y los locales cierren temprano, los coches y transeúntes siempre deambulan por las calles como perdidos en un laberinto sin salida, como si se tratara de ratones dentro de una caja de vidrio buscando desesperadamente un trozo de queso que jamás encontrarán. El tiempo jamás se detenía en Manhattan, salvo para Donna aquella noche de marzo de 1972.

—¿TC? —se preguntaba con las manos temblorosas.

De pronto, giró la cabeza en la dirección de donde la luz provenía y observó que esta había enmudecido. Incrustado en aquel edificio encontró un pequeño escaparate repleto de artículos de primera necesidad y algún que otro electrodoméstico moderno cuyas instrucciones era necesario leer con detenimiento. A través del cristal podía observarse un tipo con cara cansada manejando una fregona, quizá por el esfuerzo de mover aquella imponente barriga durante todo el día. Entonces, aquel hombrecillo regordete la miró y ella se dio cuenta, de pronto, de que si quería acompañar el paseo con un pitillo debía darse prisa porque aquel tipo pensaba cerrar la tienda en breve. Sin embargo, el estupor al leer las iniciales grabadas sobre la plata, con cierta ornamentación, y pensar en el lugar donde se había encontrado, la bloquearon. El tendero la seguía mirando, pero por una razón desconocida o tal vez porque a esas horas de la noche ya todo le traía sin cuidado, se acercó a la puerta, la abrió provocando un agradable tintineo y dijo:

—¿Le pasa algo?

Donna le miraba inconscientemente hasta que volvió en sí y le respondió:

—¿Tiene cigarrillos?

El redondo y voluptuoso tendero la invitó a pasar sin más afán que acabar con aquella clienta cuanto antes, cerrar e ir a su casa a castigar una noche más su pobre sofá mientras degustaba una cerveza y dormitaba viendo algún partido en la pequeña televisión en blanco y negro.

Donna observó con sorpresa que, tras la pequeña puerta de aquel decomisos oscuro se escondía un local enorme repleto de estanterías a media altura y productos de todos los lugares habidos y por haber en el mundo. Lo volvió a mirar y juraría que, por sus facciones, era americano. Incluso diría que vecino del sur. Si no se encontrase en ese estado de nervios, hubiera mantenido una agradable conversación con aquel tipo, pero necesitaba tranquilizarse.

—Cierro en diez minutos, señorita, aquí le dejo el tabaco —le espetó desde el otro extremo del local, justo detrás del mostrador.

—Gracias, voy a echar un vistazo y ahora mismo me marcho —le respondió mientras se detenía en la zona de las galletas. Comenzó a observar la cantidad ingente de variedad de cookies que allí se encontraban cuando cogió un pequeño paquete barato de galletas saladas y se dirigió al mostrador. Pero su estado de nervios que se clavó en su estómago desintegrándole la ingesta realizada en el McSorley’s, una hora y pico antes, volvió a hacer acto de presencia cuando escuchó de nuevo el tintineo de la puerta. Dos hombres, enfundados en trajes impolutos y sin una mísera arruga en sus rostros, entraron en el local conversando y quitándose los sombreros. Donna afiló su oído a la par que se escondía tras una estantería.

—Joder, ahora que me iba a ver el partido, se empeña en comprar tabaco, ¿qué coño habrá hecho, si siempre lo lleva encima?

—No tengo ni idea, Johnny, me dijo que la perdió en una timba en el sótano del Ziegfeld hace tres noches, y desde entonces deambula buscando una igual… Joder, qué ganas tengo de que se muera el viejo…

—Pero vendrá otro, ya sabes… Y además sabemos quién será. Anda, mira, ¡justo lo que buscamos!

Y acercándose al mostrador, uno de los hombres agarró el paquete de cigarrillos que el tendero había reservado para Donna y se lo metió en el bolsillo. Ella observaba oculta tras unos paquetes de cereales y vio cómo el orondo personaje les recriminaba, tímidamente, que le faltaban unos centavos para completar el precio del tabaco. Pero los hombres no le hicieron caso y se marcharon como habían venido.

Joder, cómo temblaba la pobre. Estaba aterrada porque acababa de atar cabos, ¿sabe? Y en esta vida, amigo mío, cuando uno se encuentra con la verdad delante de sus narices, no tiene más que dos caminos: poner la otra mejilla porque vas a recibir un buen puñetazo o cerrar los ojos, darte media vuelta y hacer como si nada hubiera pasado. Pero Donna, ya sabe, tenía las pelotas enormes y duras como la roca, así que, aunque con más miedo que un pavo el día de Acción de Gracias, se dirigió al mostrador y miró a aquel hombre. Entonces entendió que él tenía más miedo que ella. Este se agachó y le ofreció otro paquete de cigarrillos igual que el anterior. Pero cuando ella se disponía a pagar con un billete, para no preguntar cuánto costaban, y recibir el cambio, el hombre hizo un gesto con la mano izquierda, mostrándole la palma, y le dijo con los ojos cerrados:

—Márchese.

Donna dudó un segundo, pero el hombre apagó la luz y tan solo se encontró alumbrada por la máquina de refrescos y las luces de la calle. Entonces salió del local escuchando aquel tintineo que le anunciaba la peor de las desgracias y que recordaría por toda la eternidad, abriendo el paquete y encendiendo un pitillo. Caminó recto por Park Avenue durante unos cuarenta minutos mientras juntaba, en su cabeza, las piezas de aquel puzle: la víctima trabajaba o frecuentaba el teatro Ziegfeld, la pitillera encontrada en la bolsa con las iniciales TC, los hombres que entraron buscando tabaco en el decomiso porque «él la ha perdido» varios días atrás. «Él…», pensó.

Sí, amigo, espero que se haya dado cuenta, ¿verdad? Si es así, podría adelantarle los acontecimientos que aceleraron el destino del pobre Lee, pero perdería toda la gracia, ¿a que sí? Además, si le resumo todo lo que iba a contarle, se marcharía de aquí irremediablemente, dejándome solo con mi vecino… el «insistente».

(Continuará)

No te sientes de espaldas a la puerta. Cap. 6

David de la Torre

 

Pronto, nuevas pistas que nos llevarán al asesino de Helen. @DavidVerdejoOfi Clic para tuitear

 

 

 

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