Huelva no solo es la única capital andaluza que no he visitado todavía, sino, también, una de las provincias que menos conozco.

Confieso que nunca ha estado en mi lista de prioridades, no sé por qué. Supongo que destacar en una lista que incluye a ciudades como Cádiz, Cordoba o Granada, exige muchos codazos y un esfuerzo que, con los calores que se gastan en la zona, y los mosquitos, acabas pensando que no merece la pena.

Pero esa indiferencia hacia la ciudad empezó a cambiar cuando se cruzó en mi camino un inclasificable artista onubense, quien, con solo una obra, en este caso escrita, se ganó mi atención, admiración y respeto.  A continuación, reproduzco un párrafo de la reseña que, sobre Morir es un color, escribí en su día:

Con un estilo narrativo que reniega de cualquier retórica, Marín va más allá de la morfología, sintaxis y semántica. Trabaja el vocablo, la expresión, la frase, y, sea cual sea su forma, sonido o significado, lo diluye y mezcla para fijar una imagen gráfica que permanezca en la mente del lector de manera indeleble. Definido por su editorial como un «artista plástico, transgresor, inquieto y curioso», traslada a la literatura la técnica pictórica.

Mario Marín no escribe sobre objetos («un lapicero celeste con forma de boca y pelusa violeta haciéndole de barba»), familia («La primera vez que mi abuelo subió a un duodécimo piso tenía ochenta y dos años (…) Era verano y llevaba unas bermudas verde bronce, un polo que yo le había regalado de Mango para su cumpleaños y unos zapatos calados»), aromas («el olor del verde entraba en el hospital»), paisajes («Por el otro y por detrás son campos de girasol. De abril a junio con verdes cambiantes, pero de agosto a marzo solo son secarrales con marrones según la luz»), ni estados de ánimo («Me desperté una mañana con ganas de morirme. Estaba teniendo una inundación cromática de azul negro humo»). Mario Marín los pinta.

Después de Morir es un color, vinieron El color de las pulgas y Mañana es el día siguiente, que afianzaron mi admiración por Mario Marín.

El suelo de las paredes me supo a poco (me pasa con todos los libros de relatos breves). Jesuclisto no me gustó. Creo que, en parte, fue porque no la entendí.

Con CMYK, 46 Premio Literario Kutxa Fundazioa Irún de novela en castellano, Mario Marín ha vuelto por la puerta grande.

Con CMYK, 46 Premio Literario Kutxa Fundazioa Irún de novela en castellano, Mario Marín @marioelectric ha vuelto por la puerta grande. Reseña: Teresa Suárez @pitosporum. Compartir en X

Utilizando el concepto de síntesis sustractiva del color («modelo que explica cómo los pigmentos absorben partes de la luz blanca para crear otros colores, volviéndose más oscuros al mezclarse, con primarios Cian (C), Magenta (M) y Amarillo (Y), siendo el Negro (K) un añadido para la impresión, conocido como modelo CMYK, usado en imprentas y arte»), da título a una novela en la que, al igual que ocurría en Morir es un color, las técnicas pictóricas y gráficas tienen casi tanta importancia como la palabra escrita.

Ambas se funden y logran que el lector, sin necesidad de un entorno digital, disfrute de una experiencia inmersiva que involucra a todos sus sentidos y lo introduce en la narración, no como un simple lector, sino como una presencia más de la misma.

Si tuviera que definir CMYK, una novela aparentemente sencilla, diría que es una novela tranquila.

Con esa capacidad, tan suya, de recrear cualquier lugar, situación o sentimiento, Mario Marín, entre cañas, porros, caricias al perro, echar a los ciegos, o echar un polvo sestero si se tercia, nos narra la vida de una criminal que, en ocasiones, más de las que quisiera, oye voces que la impelen a matar.

Es empezar a leer la historia de Cinta y venirme a la cabeza una imagen recurrente.

Sobre las tablas de un teatro el cartel de un bar, algunas mesas delante y tres parroquianos: dos hombres escuchan a una mujer que, sin grandes aspavientos y cero gestualidades, va desgranando cómo cometió cuatro asesinatos y la importancia que los colores («Black era muy guapo», «Yelou era guapo y fino», «Teresa [magenta], era motera», «Cian, el primero, tenía 16 años») tuvieron en los mismos.

Hay otra imagen, en este caso musical, que me persigue también de manera recurrente.

Un grupo sentado, tocando palmas suaves, mientras alguien canta totalmente abstraído. Cuando leo que «el palo flamenco triste y lento por excelencia, originario de esa provincia, es el Fandango de Huelva, concretamente en sus variantes lentas o de estilo melancólico», me digo a mí misma: ¡eureka!, eso es.

En mi cabeza se me presenta una especie de pantalla dividida en dos partes.

En la inferior, de tonos cálidos y apacibles, la tranquilidad de la charla entre colegas de barrio. En la superior, de colores vibrantes, la enfermedad mental representada como una excitación extrema de los sentidos, estimulados por drogas, alcohol y esas voces, incapaces de acallar, que controlan tus acciones y tu vida.

Desde las páginas de CMYK, Cinta (diagnosticada de esquizofrenia paranoide crónica), con el remordimiento sobre la mesa y un «no pude evitarlo» por bandera, a la par que lo hace con sus colegas, nos invita a hacer terapia de bar con ella.

No se resistan y déjense arrastrar.

Además, las referencias cinematográficas a películas (Azul oscuro casi negro, Testigo de cargo, Salvaje) y actores (Brando, Mónica Bellucci, Adrian Brody), pictóricas (Duelo a garrotazos de Goya), musicales (Radio Futura), a series icónicas de la televisión (Dallas o Falcon Crest) o programa actuales (Master Chef), y a objetos que marcaron una época (los famosos tupperware), convierten a CMYK en un auténtico catálogo de cultura pop y a Mario Marín en el Andy Warhol de las letras.

Orgullo de clase, defensa del barrio, cocolón de Pantones, sorpresa, risa, sexo, ternura, tristeza, dolor e incluso asco.

Orgullo de clase, defensa del barrio, cocolón de Pantones, sorpresa, risa, sexo, ternura, tristeza, dolor e incluso asco. CMYK, de @marioelectric. No se la pierdan. Teresa Suárez @pitosporum. Compartir en X

Por la ilusión, emoción incluso, con la que lo haces, comprar una novela de Mario Marín es como comprar un billete de lotería.

La diferencia es que, con Mario Marín, siempre ganas.

Perder es no leerlas.

CMYK

Mario Marín

Los Aciertos

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Reseña de Teresa Suárez

Fondo de portada: Daniele Levis Pelusi en Unsplash

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