A menos de cinco centímetros

No había concluido el mes acordado cuando unos dedos rozaron el hombro derecho de Ruth, iluminado con levedad a través de la luz que penetraba en una de las salas de la Biblioteca Nacional. Ella se giró despacio y le miró a los ojos.

—¿Lo acabaste? —preguntó susurrando.

—Ahora mismo —respondió ella en el mismo tono.

—¿Aquí, de pie? —se sorprendió bajando la vista al pecho cubierto por el libro que mostraba una portada en blanco y negro de un rostro femenino, brillante y sensual, junto a un título: A menos de cinco centímetros.

—Hay cosas que se pueden hacer de pie, sentado o tumbado. Y leer es una de ellas —sonrió.

Él consultó su móvil y observó el calendario, deteniéndose en los días siguientes.

—Parece que te has adelantado —dijo alzando la mirada.

—Quizás. Esta novela ha sido, con diferencia, más intensa y absorbente que otras.

—¿Como los hombres que han pasado por tu vida?

Ruth sonrió de nuevo bajando la vista como una tímida colegiala, aunque rebasase la cincuentena. La elevó mostrando sus grandes ojos hacia su viejo amigo y comenzó a caminar, con la seguridad de quien agarra las riendas de su caballo con decisión y seguridad, pasando por delante. Él, como ella esperaba, estudió sus pasos a dos metros y cuando cálculo la frecuencia de cada uno, los imitó, tomando la misma dirección.

Ya en la calle, Ruth pidió un taxi. Sin mediar palabra, él se introdujo en su interior al ver que Ruth se desplazaba hacia el asiento situado tras el conductor.

—Al Café Comercial, por favor —ordenó.

El taxista aceleró con delicadeza y ella sintió su cuello doblarse sin provocar dolor, solo una pequeña molestia. Enseguida giró para mirar a su amigo con el decorado de un Madrid ardiendo por las altas temperaturas tras él.

—¿Y bien?

—Y bien… ¿qué?

—Si la has terminado —preguntó arqueando las cejas.

—Esta mañana. Mi secretaria me ha pillado con el libro entre las manos al abrir la puerta del despacho y he preferido no disimular. Al ver la portada, se ha detenido bajo el marco de la puerta con cara de sorpresa.

—¿Qué pensaba que estabas leyendo? —sonrió.

—La miré y dije en voz alta «Marta Robles». Pronunciar el nombre de la autora debería haber aplacado su curiosidad, pero creo que la aumentó. De hecho, creo que nadie se esperaba una novela así, desde la portada hasta la última letra del relato.

—Imagino —dijo Ruth pensativa, mirando hacia delante de nuevo cuando el taxista tomaba la calle de Fuencarral— que lo sorprendente ha sido la calidad literaria de la historia porque Marta no es nueva en esto.

Eso es cierto, es una mujer cuyos pies han pisado muchas baldosas, de todo tipo, sin resbalar ni una sola vez y, si lo ha hecho, ha sabido levantarse de nuevo y proseguir sin armar escándalo alguno.

El taxi frenó y él abonó la carrera. Ruth salió del coche llenando el espacio de su puerta con sus vaqueros ajustados, dejando al vuelo una blusa blanca de escote comedido. Él abrió su puerta introduciendo su cartera de piel Hermés en el bolsillo interior de la americana y ajustándose, una vez abierta, sus gemelos Jacob & Co. a la vez que sus zapatos de color caoba Monk Stramp pisaban la acera y su traje azul marino de raya diplomática Kiton acariciaba la dulce brisa con olor a violetas que atravesaba el parque. Al entrar en el Café, el gerente del local apareció frente a ellos como un espectro de frente brillante, sin saberse de dónde había salido y veloz como un rayo.

—Buenas tardes, señor. Viene usted muy bien acompañado, ¿la mesa de siempre?

—Por favor —dijo sin mayor pretensión que la de complacer al máximo responsable de un lugar mítico en la capital, muy bien descrito en la novela de Marta. Comenzó a recordar y continuó inundando su mente de cada rincón descrito en el relato, adornado con todo lujo de detalles y de objetos que le embriagaban según avanzaba la lectura. Aquel pensamiento lo sumió en una profunda abstracción hasta el punto de quedar paralizado en medio del local. De pronto, un camarero le invitó de forma amable a sentarse en la mesa que Ruth había ocupado hacía varios minutos.

—Te has quedado paralizado —dijo sonriendo con levedad.

—Es culpa de esa mujer.

—¿Tu secretaria?

—Marta, o debería decir Misia, o Katia o todas las mujeres que aparecen en el libro.

Ruth anotó otro punto en común con su viejo amigo: los sentimientos que le producían las buenas historias. Y esa lo era. En poco más de 300 páginas, Ruth sentía cómo Marta había logrado crear un universo maravilloso de lujo y poder y enfrentarlo con la cruda realidad.

—Todos nacemos como Roures, ¿no te parece? —dijo su viejo amigo después de pedir su bebida.

Ruth ya lo había hecho.

Ella le dejó continuar moviendo con soltura la pajita de vidrio medio hundida en un cóctel de nombre impronunciable.

—Todos sin diferencia: inocentes, vulnerables, sin adornos y con el pecho descubierto. Y poco a poco, la vida nos coloca en lugares donde quizás nunca quisimos estar, batallando constantemente para sobrevivir, luchando en nuestras propias guerras que cada cual vive de una manera y recuerda como puede.

—Parece que esta novela se te ha clavado tan profundo que ni tú te reconoces.

—Y tanto. He pensado mucho en ella y he llegado a la conclusión que existen tres pilares en esta historia: Roures, Misia y Artigas, cada uno soportando su propia existencia prefabricada desde que tuvieron conciencia de su pasado, bien para escapar de él o bien para labrarse un futuro mejor. Pero todos tienen grietas, resquebrajándose a medida que pasa el tiempo y el peso que aguantan va creciendo.

—¿Por qué crees que Marta eligió la figura de Artigas con todo lo que le rodea? Un escritor colmado de cinismo y prepotencia, pero a su vez, emisor de un encanto que vuelve locas a todas las mujeres…

Ruth se detuvo en aquella afirmación preguntándose si ella misma caería rendida en los brazos del escritor más famoso del mundo y también uno de los hombres más atractivos. En ese instante, se fijó en el atuendo que llevaba su viejo amigo y cayó en la cuenta del lujo que le rodeaba. Tanto como la otra protagonista: Misia, esposa del hombre más poderoso del país a cuenta de su imperio de la comunicación.

—Cuando te he visto en la Biblioteca Nacional, he recordado los más de mil volúmenes que aparecen en A menos de cinco centímetros.

—Un detalle envenenado, ¿no crees?

—Cada uno utiliza las tácticas necesarias para conseguir su objetivo y en esta historia, todos sin excepción, sacan sus armas. De las guerras que se suceden en el mundo real vividas por Roures pasamos a las batallas encarnizadas que se producen en los salones y despachos de la alta sociedad, con las mismas amputaciones y violaciones solo que, en este caso, no son físicas si no de otro tipo. No me mal intérpretes, por favor, no justifico ni valoro menos un daño físico al moral o personal. Pero todos vivimos en una guerra, en mayor o menor medida.

—No estoy de acuerdo —protestó Ruth con ligereza—. Marta nos muestra mundos contrapuestos que utilizan las mismas herramientas para lograr un fin: la traición, el engaño, las confidencias, pero ni mucho menos comparable a las atrocidades vividas por Roures y que representan su conflicto interior. Sin embargo, curiosamente y ante los ojos de los demás que les vemos como seres sin complicaciones ni problemas, Misia y la gente que la rodea sufren de su propio conflicto interior, menos tangible si me lo permites, pero conflicto, al fin y al cabo.

—Bueno, si tú lo dices —concluyó queriendo cambiar el curso de la conversación—. ¿Qué te han parecido la estructura y la trama?

Ruth entendió que debía pasar al siguiente asalto.

—Marta lo ejecuta muy bien: en los primeros capítulos nos introduce a cada personaje principal y nos muestra sus vidas públicas y presentes, pero deja entrever que no todo es tan maravilloso como parece. Y poco a poco nos convertimos en vagonetas que viajan sobre los raíles de una montaña rusa, girando de un lado y a otro a gran velocidad, sin poder soltar el libro.

—¿Crees que le merece la etiqueta de novela negra?

Evolucionada, desde luego. No podemos seguir pensando en las clásicas porque esta cumple con todos los cánones, pero actualizada: tiene denuncia social, mucha e infinita además de sorprendente. Tiene un lenguaje propio en los capítulos donde Roures participa: él es el detective y lo hace muy bien, mostrando un estilo totalmente distinto cuando vivimos el mundo de Misia y Artigas y el de Roures y Paco. Salen cuatro polvos, podríamos decir, pero sí que no la catalogaría cómo erótica pues ese no es el quid de la cuestión ni lo más importante.

#AMenosDeCincoCentímetros #novelanegra canónica, pero actualizada. @MartaRoblesG @DavidVerdejoOfi Share on X

—Sin embargo, esos «polvos», cómo tú los llamas, muestran la realidad de lo que son los personajes que los ejecutan.

—Es que a menos de cinco centímetros es cuando se conoce a las personas, al menos durante los quince minutos que dura la cercanía. A menos de cinco centímetros es difícil disimular la excitación y la aversión, el amor incondicional y el odio más irrefrenable. La vida comienza y acaba a menos de cinco centímetros.

Su viejo amigo tragó saliva, bebió un poco más de su whisky y continuó.

—Creo que el lujo es una pieza clave para presentar los mundos contrapuestos que Marta quiere enseñarnos en A menos de cinco centímetros: de la delicia y exquisitez de Artigas en su lenguaje, Misia en sus ropas y complementos, hasta la casi vulgaridad de Paco y Roures.

—Ese contrapunto hace fuerte a la novela. La convierte en una maravilla de acontecimientos basados en la búsqueda de la salvación personal de cada personaje, que se encuentran, cada uno a su modo, a la deriva.

—Siempre he pensado que el lujo es todo aquello que nos rodea y nos hace sentir bien pero que cuesta mucho esfuerzo conseguir. Si no fuera así, se convertiría en una insoportable rutina.

—De eso se trata, querido amigo. Y Marta nos muestra a un detective encargado de un caso que le viene grande, un escritor envuelto en papel de regalo que todo el mundo adora, la hija de una de las víctimas convencida de que dicho escritor, Artigas, es el asesino, Misia que se vuelve loca por él dejando de lado todo lo que tiene y arriesgándose a perderlo. Pero, además nos enseña que los secretos son el relleno del almohadón donde reposa nuestra cabeza por las noches y que, cualquier día, reventará saliendo a la luz y despertándonos con violencia.

Es una historia fascinante, documentada al milímetro y bien narrada, mezclando estilos según el brillo de la burbuja que nos quiere enseñar.

Ruth miró el reloj.

—Se me hace tarde, querido. ¿Nos vemos dentro de un mes?

—Donde siempre.

—Entonces, espero a que me encuentres.

Y se despidió, rozando sus labios con la mejilla rasurada de su viejo amigo, dejando un aroma a violetas que no pudo olvidar.

@MartaRoblesG nos ofrece una historia fascinante, bien documentada y narrada. @DavidVerdejoOfi Share on X

 

A menos de cinco centímetros.

 

 

A menos de cinco centímetros

Marta Robles

Nº de páginas: 344 págs.

Encuadernación: Tapa blanda

Editorial: S.L.U. ESPASA LIBROS

Lengua: CASTELLANO

ISBN: 9788467048957

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Reseña de A menos de cinco centímetros: David de la Torre