Hay un tipo de crítica musical que ha dejado de escuchar música para dedicarse a otra cosa. No sé exactamente a qué, pero desde luego no es a evaluar lo que una obra se propone y cómo lo ejecuta. Se dedica a filtrar, a clasificar, a decidir qué merece ser tomado en serio en función de criterios que tienen muy poco que ver con la calidad artística y mucho con el posicionamiento. Con la imagen que el crítico o el medio para el que trabaja quieren proyectar de sí mismos, o de los intereses que determinan su línea editorial.
Existe un tipo de crítica musical que decide qué merece ser tomado en serio en función de criterios que tienen muy poco que ver con la calidad artística y mucho con el posicionamiento. Un artículo de @dariovilas. Compartir en XLo vemos cada vez que un disco ambicioso, exuberante y masivo recibe puntuaciones tibias o directamente hostiles de las plataformas que se autodenominan exigentes. Ha pasado con This Music May Contain Hope, de RAYE, un álbum de setenta y tres minutos que hibrida jazz, soul, pop orquestal y big band, con arreglos de Hans Zimmer, un dueto con Al Green y una arquitectura en cuatro actos que exige al oyente una paciencia que hoy por hoy casi nadie tiene. Un disco aclamado por la inmensa mayoría de la crítica, número uno en media Europa, muy apreciado por el público y que sin embargo ciertos medios han despachado con una frialdad que huele más a incomodidad que a análisis.
¿Incomodidad ante qué? Ante el exceso. Ante la falta de contención. Ante una artista que se niega a pedir perdón por hacer demasiado, por sentir demasiado, por ocupar demasiado espacio. La crítica dura ha privilegiado históricamente lo austero, lo contenido, lo conceptualmente cool. Un disco que se desborda, que abraza el melodrama y la teatralidad sin disculparse, pone en una posición embarazosa a quien ha construido su criterio sobre la premisa de que menos es más. Tienen que reconocer la calidad técnica, pero no pueden entregarse, porque el gesto estético no encaja en su marco de referencia.
Y aquí aparece el primer sesgo, que es confundir un canon estético con un criterio de calidad. Que un disco sea maximalista no lo hace peor. Que sea minimalista no lo hace mejor. La pregunta pertinente es si los medios que escoge están al servicio de lo que quiere conseguir. Pero esa pregunta obliga a escuchar cada disco en sus propios términos, y eso requiere un esfuerzo que muchas reseñas no parecen dispuestas a hacer. Es más sencillo aplicar una plantilla: si suena contenido, es sofisticado; si se desborda, es autocomplaciente.
El segundo sesgo es aún más problemático, porque se trata de penalizar el alcance masivo como si fuera un demérito. ¿Es Billie Eilish una artista peor por conectar con un público inmenso a nivel mundial? ¿Es mejor Ethel Cain por moverse en una liga más selecta? Me gustan muchísimo ambas, tanto Eilish como Cain, y por eso mismo veo un sesgo estúpido en premiar a una por su nicho mientras se mira con sospecha a la otra por el tamaño de su audiencia. Eso no es criterio, aunque se disfrace como tal, sino esnobismo.
Lo que resulta especialmente irritante es que este esnobismo ni siquiera es coherente. Cuando conviene canonizar a una artista mainstream porque encaja en la narrativa del momento, se hace sin rubor. La cuestión nunca fue realmente masivo contra independiente, sino si el artista encaja con la tendencia que se busca implantar. La crítica se convierte entonces en un ejercicio de identidad, no de análisis.
Pero hay algo que desmonta este tinglado por completo, y es el recorrido de artistas como RAYE y Eilish. Ambas son fenómenos de masas que han partido de la independencia, sin el abrigo de las grandes discográficas. RAYE rompió con su sello porque no la dejaban hacer su música, el conflicto es de dominio público y dejarlo atrás le costó años y salud mental. Eilish grabó su primer disco en el dormitorio de su hermano, sin más infraestructura que un micrófono y un ordenador. Ambas cumplen punto por punto el mito fundacional que la crítica indie venera: artistas que crean sin intermediarios, que se niegan a comprometer su visión, que pelean por hacer exactamente lo que quieren.
Y sin embargo, cuando llega el éxito masivo, ese mismo recorrido se vuelve en su contra. Porque si una artista independiente, sin el empujón de una mayorista, conecta con millones de personas haciendo música compleja, larga y exigente, eso desmonta dos premisas que sostienen el andamiaje: que lo masivo es necesariamente simple y que lo complejo es necesariamente minoritario. Si ambas cosas pueden coexistir, el papel del guardián del buen gusto se queda sin función.
Y luego está el argumento de la complejidad, que es el que más me molesta. Ni Hit Me Hard and Soft ni This Music May Contain Hope son discos que se entreguen a la primera. Se van decapando escucha tras escucha, revelan decisiones de producción que solo aparecen con el tiempo. Eso es exactamente lo que la crítica exigente dice valorar. Pero cuando lo hace una artista que además llena estadios, parece que el mérito se diluye, como si la popularidad fuese un disolvente de la complejidad.
Hay además un factor que la crítica rara vez menciona pero que condiciona sus veredictos, y son los intereses económicos. Cuando un medio depende de un conglomerado con artistas en cartera, con acuerdos publicitarios, con relaciones con sellos y agencias, la distancia crítica se vuelve estructuralmente sospechosa. No hace falta asumir que haya instrucciones directas diciendo «ponle buena nota a este disco». Es más sutil y perverso. Se genera un ecosistema en el que ciertos artistas reciben una cobertura más generosa, más extensa, más temprana, mientras otros son despachados con frialdad, cuando no ignorados. Y el lector, que no ve los hilos, interpreta eso como juicio estético cuando en muchos casos es posicionamiento editorial al servicio de intereses que nada tienen que ver con la música.
Una artista independiente, sin una major que negocie cobertura ni un aparato de relaciones públicas que engrase la maquinaria, parte en desventaja ante ese sistema. No porque su música sea peor, sino porque no alimenta la cadena. Y eso, en un entorno donde la crítica ha dejado de ser un servicio al lector para convertirse en un nodo más del negocio, pesa más de lo que nos gustaría admitir.
En el fondo, lo que artistas como RAYE y Eilish demuestran es que el público no es tan perezoso ni tan superficial como cierta crítica necesita creer para justificar su existencia. Millones de personas eligen escuchar discos largos, complejos y exigentes, sin letras complacientes, sin sonidos fáciles de digerir en primera escucha. Vuelven a ellos una y otra vez. Los desgranan. Los hacen suyos. Y lo hacen sin que nadie les diga que están ante una obra maestra ni les guíe con una puntuación de sobresaliente o de cinco estrellas.
El esnobismo como criterio: sobre la crisis de la crítica musical. Lo que artistas como RAYE y Eilish demuestran es que el público no es tan perezoso ni tan superficial como cierta crítica necesita creer para justificar su existencia. Compartir en XLa crítica musical seria debería evaluar el propósito de una obra y cómo lo ejecuta, no filtrarla por su encaje en un canon estético ni en un ecosistema de conveniencias. Debería celebrar la ambición cuando está respaldada por talento, aunque esa ambición se gane al gran público. Debería ser capaz de reconocer que un disco de setenta y tres minutos con arreglos orquestales pomposos, colaboraciones de relumbrón y un discurso denso y elaborado puede ser tan válido como uno de treinta y ocho minutos grabado con una guitarra acústica en un sótano. Que el valor de la música no se mide por su tamaño de audiencia, ni por su producción, ni por el sello que la distribuye, sino por lo que consigue hacer con quien la escucha.
La crítica musical seria debería evaluar el propósito de una obra y cómo lo ejecuta, no filtrarla por su encaje en un canon estético ni en un ecosistema de conveniencias. Un artículo de @dariovilas Compartir en XAunque para eso la crítica necesitaría algo que lleva tiempo sin hacer: escuchar sin prejuicios. Y eso parece que es pedir demasiado.
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