Antes de Astillas Ana Belén Martín Vázquez (Madrid, 1971) ha publicado, también en Bartleby Editores, el poemario De paso por los días (2016). Diversos libros y proyectos colectivos incluyen poemas suyos: así, La República de la Imaginación y La Escombrera (en 2009 y 2011) o varias ediciones de los encuentros Voces del Extremo (en 2014, 2015 y 2016). También aparecen versos suyos en libros contra la violencia machista; en las antologías tituladas Insumisas. Poesía crítica contemporánea de mujeres (2019); en Naturaleza poética (2022); y en Disidencias (2023). Licenciada en Ciencias de la Información (especialidad de Periodismo) y en Filología Hispánica, ambas por la Universidad Complutense de Madrid, esta madrileña es Máster en Dirección de Marketing por la ESIC y, además, autora del blog Recrear palabras.
Culminamos este lírico verano abarrotado de estrofas sublimes con otro poemario excepcional. Astillas de Ana Belén Martín Vázquez pone a la tristeza en el epicentro del devastador terremoto que sacude sus ochenta y dos composiciones. Todos los poetas sienten más —y mejor— que el resto de los mortales, obvio, pero solo a algunos les es dado guardar, como vivo tesoro, la memoria de lo que han sentido; los poemas creados desde la penosa y admirable tarea de eternizar las ruinas del tiempo y los dolores de existir son los más suyos, los intrínsecamente verdaderos.
Para León Felipe «poesía es tristeza honda y ambición del alma», y para José Emilo Pacheco es «la sombra de la memoria». Recorriendo desde el afán poético materias dignas de una memoria perdurable, Ana Belén Martín Vázquez resulta una poeta desconsolada, amarga, incómoda. Pero sus palabras colmadas de dolor son poseedoras también de un vuelo alto, porque esta angustiada madrileña resulta ser —ante todo— una amante del lenguaje.
La primera parte de Astillas viene prologada por un poema (en realidad, una declaración de intenciones válida para todo el libro) que presenta a su hacedora como reseco territorio sobre el que llorar resulta un baldío esfuerzo:
Inventas lágrimas.
Incapaz de llorar
esta tristeza
tan sin derecho.
Titulado «Frontera de la nada», este puñado de poemas acaba por resultar un catálogo de impotencias. [1] se ocupa del lenguaje avisando de su insuficiencia para sortear a la muerte; en [2] una tristeza siempre al acecho extiende su manto a la naturaleza; romper la noche y rasgar el camino solo llevan al fulgor de la escarcha [3], y otra noche, esta universal, acortándose, facilita la llegada de la muerte [15]; las calles al amanecer, vacías, presagian el puñal de la vida diaria [10]; en [5], tanto al despertar como al acostarse, el cuerpo no se libra de esa sensación de derrota abaratada por los deseos; en [6] se simboliza a la vida como ilimitado descampado fronterizo con la nada, [8] convierte a los cipreses en anticipo de las penas de la muerte y en [7] rebeldías y excesos carnales dejan una cicatriz que abarca al sistema nervioso. [9] Presenta a la poeta, sabia a la hora de comprender a los demás, pero ignorante en todo lo que a ella se refiere, en [13] agotada e insensible al cariño de las voces amables confiesa cómo de su boca ya solo brotan palabras escupidas, y [14] muestra su voz percibida desde la luz de la falsedad y a su memoria rota por el cálculo. En [11] la vida queda definida como ruidoso camino de decepción que enturbia la memoria y derrota la curiosidad, y en [16] como ruta sin sentido anegada por una agua que nos sacude; [12] habla de cómo el color negro tiñe al mundo vegetal y al temblor del ser humano; y [17] avisa de que la desconfianza hacia el otro genera miedos y obliga a la huida.
[6]
ESE límite impreciso del descampado
es la frontera visible
de la nada.
El lugar
donde agotaste la infancia.
[9]
RECONOCES el gesto
de los desconocidos.
Nuevas miradas
sirven de espejo.
Ignoras quién eres.
[17]
MANTIENES los ojos bajos,
esquivas la certeza del otro.
Desconfías. Tiemblas.
El miedo se hace piel
y te erige en lo pálido.
Balbuceas palabras
que son pura huida.
Dos poemas alivian a este mapa del desgaste. En [4] sentir la pulsión sexual es una extrañeza que, desde su certeza, agita la memoria, y en [18] el pan que el hombre desprecia alimenta a la familia del pájaro: la esterilidad frente a la pura vida.
[4]
LA sangre inesperada
es huella de otra cosa.
El filo de lo cierto.
Memoria turbia
que aguarda.
«El paréntesis de la muerte» presenta dos divisiones. En la primera, la poeta aguarda la llegada de la hora final: así, en [20] es penetrante sombra cargada de pasado que termina por ensombrecer la vida, y, anegando cualquier espacio de luz solar, se muestra indomable [24]; en [21] expandiéndose sobre cada grieta vital inocula su fértil veneno, y, despejando voces, la muerte nos pone frente a ella para reírse de nosotros desde su resentida desnudez [22]. Y en [27] cerca al hogar y a las esquinas del día; frente a tal inexorabilidad se recomienda aprovechar este paréntesis de vida donde todo queda suspendido.
[24]
EL dolor anega
los espacios y las horas,
el rayo de sol
que burla las persianas.
Tu tiempo lucha
contra el ritmo del silencio,
esa huella de ausencia
en sábanas enfermas.
Intentas aquietar
la fiereza de la luz
y domar la herida
ante lo oscuro.
Pero entonces… ¿Cuál debe ser nuestra actitud frente a la muerte? ¿Cómo colocarnos ante ella? En [19] asumiendo su inevitabilidad, se avisa de cómo es inútil ponerse valiente frente a ella: mejor arrodillarse y pedir perdón, y comportarse, durante la agonía, como mudos testigos ante lo que viene [23] para partir así en silencio despreocupándose de las palabras que quedan pendientes [25]. Mirar a la cara a la agonía, con la vista puesta en el cementerio donde yace el féretro de nuestra memoria [26], tiene más valor que preguntarse por el sentido de la vida —desde la turbiedad y el castigo— en un mundo que ya no nos aguarda [28]. Porque vacío y silencio caracterizan el nebuloso tiempo durante el que pronunciamos nuestras palabras estériles [29], un tiempo que naciendo de la infancia, arrastra a ese vacío actual en el que solo somos náufragos a la espera de que la muerte nos lleve [30].
[25]
SALIR de puntillas,
pronunciando el adiós
con pasos quietos.
Saber que tras la puerta
se ahogan sin abrazo
las palabras pendientes.
Hostilidad en los minutos,
un sentir se precipita
hasta despeñarse.
La ubicuidad es un fracaso
del tiempo de los afectos.
La tercera parte de Astillas, «Mandato de sombras», centra su radio de acción en la creación poética. Un primer grupo delimita el territorio de la poeta y sus palabras. Así, en [34] ella se define como astilla capaz de herir sin dejar rastro; insaciable en su hambre de saber se siente sin colmar [36], y en [37] reconoce su inhabilidad a la hora de mirar y escuchar: cómo camina hacia atrás, o cómo, en [52], no da una en su escritura, actividad donde el tiempo no tiene sentido y hasta el sol es mentira; un tiempo, el suyo, desgraciado y sin redención en noches ajenas y amordazadas que dejan a la solitaria poeta sin redención posible [61]. [38] Identifica poesía con el estéril picoteo del pájaro sobre la madera, en [39] el esfuerzo de la poeta por dar con la palabra acaba en parálisis; pero, aun invadida por la tiniebla, ella sigue empeñada en buscar la palabra [41], y desabrigada e inconexa, controlada por la exactitud de la vida moderna, aún tantea nuevas coordenadas para acertar con la palabra [42], o, por lo menos, deshaciéndose como si fuera de arena —sintiéndose la última— y siendo capaz de entregarse a su labor [45] o marcándose plazos para no caer en la deriva de los otros, en un tiempo [49] que definitivamente no es el suyo. [44] Aclara cómo entre lo planeado y lo escrito aparece, inevitable, la irritante escisión de no hilar fino a la hora de reconocer la existencia del arte; en [60] la poeta confiesa cómo las palabras a destiempo causan heridas que agrietan la casa donde mora la poesía; por ello, descartada la palabra, opta por cobijarse en un silencio donde solo existen insomnios y afasias [58]. Por fin agotada, sonámbula, la poeta opta por desaparecer en un camino de casi imposible regreso [65].
[34]
ERES astilla.
Madera inocente,
ficción redonda
que hiere.
Incómodo, sutil resto
impide
el rastro del roce.
Eres tu daño.
[65]
TE agotas.
Y sabes que no es
frase ni verbo.
Que eres tú
desapareciéndote,
siendo el negativo
de tu yo sonámbulo.
Te agotas.
Hasta lo impronunciable.
Sabes qué difícil
será regresarte.
Soledad y misantropía son fieles compañeros de la escritura. En [33] el ego, viniéndose abajo ante el desprecio de los otros, da paso al dolor de asumir quién es la muda poeta; cansada, en un lugar donde no se reconoce, teme ella que nadie la espere y pide auxilio [51] porque tras los pasos de la vanidad sólo queda la muerte [53]. Números y códigos agreden a la poeta quien, asustada por ese ruido infecundo que sobresalta las promesas, se siente quebrada en su soledad [55] mientras comprueba cómo la belleza ha explotado en añicos rompiendo los atardeceres y convirtiéndose en irremediable insomnio [64].
[33]
EL desprecio de los otros
te crea una grieta,
sumidero de raíces.
Quien creíste ser
yace muda
entre cachorros muertos.
Disimulas el duelo.
Mantienes el ritmo de la herida.
Crees que avanzas.
Las horas de insomnio te recuerdan
que juegas en tu contra.
Otras composiciones exploran los orígenes de la poesía. En [31] la percepción del abismo es una sensación interiorizada expandiéndose por la piel; el viento de las preguntas esenciales nos arquea como juncos y deja mecernos sin riesgo [32]; la labor literaria, siendo agotadora, no permite rendiciones ni ahogos [35] porque durante el paseo por el tormentoso páramo de la creación, el arco iris —y hasta la mirada del zorro— despiertan nuestra ternura [40], aunque también dudas en no estar a la altura de poder cantar con arte incluso al día más primaveral [48]. En [43] fallidos intentos creativos son rememorados desde aquellos temblores de caricia sin respuestas, y la herida y el dolor, mudos fracasos en lo más hondo, siguen resonando [46] porque en realidad el temblor creativo, fulgurante golpe fortuito de luz, está condenado a la oscuridad [56]. Deseo y hastío pelean en el alma resonando en ella imprevistos, y feos, sonidos y nuevos errores [47] a los que inútiles plegarias, incapaces de limpiarlos, solo generan ira en los dioses [54]. En [50] tras rozar el sueño, mirada y voz quedan sepultadas y la poeta condenada a sus propios límites, mientras ella —y otros poetas— aguardan al diluvio que arrase los más escondidos rincones de sus almas —y al trueno benefactor que silencie su largo y monótono lamento [57]. Porque andar vencido no genera creación y son necesarios otros pies y un nuevo suelo para caminar en la ruta [59], para convertir los ojos cerrados en luz y estímulo [62] antes de que el tramposo tiempo, lleno de desamparo e interrogantes, nos termine de devorar [63].
[43]
LOS errores pequeños
son feroces interrogantes.
Recuerdan aquella vez,
tu temblor.
Cuanta verdad e incertidumbre
en las caricias fallidas.
Ninguna respuesta
exenta de miedo
[59]
CON pisadas sin pulso
quieres restablecer
el surco de la promesa.
Pero
Al horizonte no se accede
con el andar vencido.
Necesitas otros pies
y un nuevo firme.
Dar con la ruta
de un equilibrio sin cargas.
En la última parte de un poemario tan desolado como es este, «Nido de tristeza», la poeta disecciona sin vacilación este sentimiento que genéticamente la configura —un sentimiento ciertamente tan humano como el amor— desde varios ángulos. Un dolor al que cabe definir como propio, generado en las entrañas, aparece en [66], donde la tristeza duele y nos hacer sentir el vacío, y [69] presenta su piel infantil transmutada en espejo del miedo [74]. Las caminatas de la poeta, por su repetición en un laberinto sin salidas, solo generan hastío [71], y unos zapatos deslustrados simbolizan el abandono a la hora de pelear contra el suelo [73]. Sordos como piedras, de entre sus semejantes ya nadie contesta al latido de la poeta [72], la cual, sintiéndose ajena al clan —bicho raro y doliente— enmudece su voz [76] mientras su sangre es sentida fuera de su cuerpo, convertida en ajenidad sin aire [77] capaz ya de generar tan solo palabras muertas (e incapaces de encontrar al verbo que las active) [79].
[66]
TE anida la tristeza.
Su abrazo
se acomoda hasta dolerte
Cuentas
los minutos de lo inútil
la exigencia hueca,
los planes vacíos
donde mueren los pájaros.
[79]
MANOSEAS las palabras
que te dan de comer.
Tan muertas.
Buscas el resquicio
de un verbo de acción.
Sabes que despertar
no ha significado nada.
Otra tristeza, la creada por los otros, asoma en [67], donde la poeta se culpabiliza de la pobreza de los demás para, desde su dolor, preguntarse qué hacer; [68], desde una vida rota y estéril, soñar una ciudad sin niños la apena; y en [75] la poeta certifica que no hay salvación posible en esta tierra inclemente, reino de la mentira y azotada por enfermedades e infiernos cotidianos en los que ponernos a salvo parece un milagro.
[75]
TE despeñas desde el sueño.
Bajo tus pies la tierra es roja.
Ignoras de dónde
salió tanta herrumbre.
El lugar que pisas es mentira.
El hueco
de un infierno otro,
el reverso
de la enfermedad.
Te creíste erróneamente a salvo.
Pero la poeta no quiere cerrar su tan desamparado como bellísimo poemario sin ofrecer a sus sufridos lectores algunos remedios para plantar cara a la pesadumbre de existir. En [70] sin saber de dónde viene ni adónde va, solo la sed de saber la mantiene firme; [78] recomienda tentar y coquetear con la muerte para prolongar la noche y evitar así amaneceres desalmados; en [80] se pide quemar hasta el nombre para ser solo humo, extinguirnos en el aire para no dejar el rastro ni de un renglón, y [81] creer, mil veces si fuera necesario, en las letras salvadoras aunque los dolorosos amaneceres traigan el descreimiento. El último poema de Astillas [82] nos deja una recomendación final: al borrado del nombre añadir el de nuestros datos personales para no recibir correspondencia mientras se empieza una nueva vida en otro lugar.
[82]
ROMPES tu nombre.
Borras tu dirección y su huella,
un mar de dígitos culpables.
Eres lo que se dice
la correspondencia ausente.
Un tú desvanecido
empieza a construirse
en otro sitio.
Anaïs Nin dijo: «La poesía es tan sublime que hace bello incluso el dolor». Y para Ezequiel Endériz Olaverri, poeta de Tudela, «la poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma; puede, en fin, más que el bárbaro verdugo y la más dura pasión».
Siempre desde la segunda persona en singular, ese tú de Ana Belén que la convoca —a veces cercándola, a veces acusándola, creándole sin cesar y de incisiva manera malestares metafísicos en cada poema—; esa segunda persona que, de forma casi instantánea, consigue dar el salto al nosotros (como ha podido comprobarse a lo largo de mis comentarios, casi siempre en primera persona del plural) es un recurso tan original como efectivo para transformar una autobiografía en un canto general al que nadie, con un mínimo de sensibilidad, debe quedar ajeno.
Leído y reseñado durante agosto de 2025 en el Hostal San Marcos de León (donde Francisco de Quevedo sufrió prisión los últimos años de su vida por molestar al conde duque de Olivares, valido del rey Felipe IV), este poemario, Astillas de Ana Belén Martín Vázquez, dueño de un pesimismo dinamizador que, advirtiendo de lo que somos, trata de despertar nuestra desolación para levantar el vuelo, pone un inolvidable y estremecedor punto final a nuestra IX edición de Poemarios para un verano sin crímenes.
Inolvidable y estremecedor punto final a nuestra IX edición de Poemarios para un verano sin crímenes. Manu López Marañón nos recomienda un poemario indispensable: Astillas. Ana Belén Martín Vázquez. @BartlebyEditor Compartir en XDonostiatik eta Bilbotik, datorren udara arte, lagunok!
Desde Donosti y Bilbao: ¡Hasta el verano que viene, amigos!


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