No tengo claro si Britney Spears siempre fue así, tal como se pretende proyectar en este libro, del que dudo que ella escribiera siquiera el título (como poco ha estado —mal— asesorada, eso lo admite al final), o si la persona que retrata esta autobiografía es el fruto de los abusos sufridos durante más de una década de curatela, sometida a la voluntad de unas personas cuyos actos deberían tener repercusiones penales, con el agravante de que al frente estuviera su propio padre. Al fin y al cabo, es este punto el que nos atrae a todos aquellos que tenemos más curiosidad por el personaje, por el icono, que interés en su música.

Britney Spears genera fascinación, es evidente. Da igual si lo hace como superestrella pop, como víctima de abusos varios o por los grotescos vídeos que comparte a través de sus perfiles en las redes sociales. La cuestión es que se le presta atención en casi todo el mundo, con todo lo que eso conlleva.

Pero si volvemos al libro en sí, hay que admitir que es muy flojo, más de lo que uno ya pudiera esperar de antemano, porque cuando empiezas a leer la autobiografía de una «princesa del pop» sabes que no te vas a encontrar una muestra de alta literatura. Pese a ello, a las bajas expectativas, estas parecen las memorias deslavazadas de una niña de doce años, porque probablemente lo sea y lo vaya a ser el resto de su vida. Si no es pueril por naturaleza, lo será por las secuelas de lo vivido.

La narración es superficial, fragmentada, no hay ejercicio de introspección de ninguna clase ni sentido autocrítico, se pasa de una situación a otra sin transiciones naturales, para volver después sobre lo mismo. Falta contexto en la mayor parte de los capítulos, el lector se pierde no por complejidad, sino porque la información que ofrece es escasa e inconexa. Para empeorarlo, no aporta nada que no se supiera por las noticias que llenaron horas de informativos, documentales o páginas de prensa; no hay un punto de vista que arroje algo de luz sobre un caso muy turbio, y las constantes alusiones a haberse salvado por obra y gracia de Dios hacen que parezca el discurso de un expresidiario o un drogadicto reformado, cuando precisamente Spears se empeña en negar este último punto en particular.

Una lástima, esperaba que fuera un testimonio mucho más contundente, que se despachara a gusto con las personas que, en teoría, por esto de la presunción de inocencia, le hicieron tanto daño. Pero se queda en un intento bienqueda de conciliación consigo misma y con las personas de su familia a las que define como captores, que la tuvieron secuestrada, aislada y la sometieron a toda clase de vejaciones. Ella lo perdona todo, incluso lo excusa, porque ahora es libre y está empoderada; porque le suena que estos términos deben estar presentes para ir con los tiempos, igual que alguna que otra alusión infantil al valor añadido de ser gay (en serio, ¿quién le escribió esto, un becario que aspira al puesto de sensitivity reader y no sabe por dónde le pega el aire?).

Reseña de La mujer que soy, de ¿Britney Spears? @dariovilas nos habla sobre el libro de memorias de la princesa del pop, #BritneySpears @penguinlibros. Clic para tuitear

En definitiva, todo este artilugio editorial, por llamarlo de alguna manera, se queda en el gesto de mojar la punta del pie para probar el agua y retirarlo rápido porque parece que refresca. Y el fondo se ve oscuro.

Crítica de Darío Vilas Couselo

Fondo de portada: Diane Picchiottino en Unsplash

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