Me hago la pregunta cada mañana, entre el café y el scroll interminable de noticias apocalípticas: ¿cómo imagino el futuro? Quizá como una mezcla entre el Sinsonte de Walter Tevis, un centro comercial infinito y un enrevesado formulario de Hacienda. También veo drones de Amazon sobrevolando la ciudad, a mis vecinos mientras imprimen la cena en 3D, un avatar que me representa en las reuniones y compromisos a los que no quiero asistir. ¿Llegaremos a eso, a diseñar inteligencias artificiales para que nos sustituyan en aquellos aspectos de la vida que no deseamos aguantar?
Así visto, el futuro suena a distopía con servicio de atención al cliente. Donde nos prometieron coches voladores, nos han entregado patinetes eléctricos que explotan en el metro. Nos vendieron la idea de una utopía higiénica y verde, pero nos despertamos cada día en un planeta tan alérgico al progreso que el plástico se hereda más que el apellido.
Si continúo imaginando, solo me veo rellenando trámites online. El proceso será más rápido, más eficiente, más cibernético. Una civilización que aspira a que cualquier problema se lo resuelva una app. La automatización lo solucionará todo, pero ¿nos evitará el tedio, el insomnio, el desamor? ¿Alguien trabaja ya en una IA que llore por nosotros mientras subimos a Instagram nuestra última foto?
En el mundo que viene, la felicidad no será más que una interfaz y los sentimientos, paquetes de datos almacenados en la nube. Al parecer, eso es lo que el futuro —o su departamento de marketing— ha decidido: que todo lo incómodo sea sustituido por lo útil. El problema es que, a menudo, lo útil es lo más insoportablemente gris del alma humana. A este ritmo, nos convertiremos en operadores de nuestras propias vidas. «Felicidad: 76%. Actualizando…».
La tecnología, igual que un moderno becerro de silicio al que adoramos sin pestañear, ha dejado de ser herramienta para transformarse en tótem. ¿Acaso alguien cuestiona a su asistente virtual? ¿Quién discute con el algoritmo? Lo perturbador no es que nos espíen, sino que les permitamos hacerlo solo porque nos contestan con voz sedosa y nos distraen con lucecitas LED. El futuro no será una dictadura militar, amigos, sino un paquete de suscripciones prémium.
La biblioteca de Babel, de Borges, con su infinita cantidad de libros y su estructura circular, sugiere que todo ha sido ya escrito y, por tanto, no podemos más que repetir. Como cada uno de nosotros en Internet, el protagonista busca un libro que contenga la verdad, sin embargo, en la complejidad e infinitud de semejante biblioteca, la verdad es inalcanzable. ¿Y si el futuro es esto, solo que con actualizaciones de software los martes? Cada nuevo avance nos acerca un paso más a la domesticación total. Una vida en la que todo funciona, sí, pero nadie sabe cómo. El misterio ha sido sacrificado en nombre de la utilidad.
Ahora bien, ¿es el futuro deseado? Pues conmigo no contéis. Mi futuro ideal incluye menos pantallas y más tiempo muerto. Una revolución del ocio, del aburrimiento, del silencio incómodo. Me gustaría un porvenir donde la lentitud fuera un valor y no un defecto, donde la literatura no fuera una excentricidad y donde la gente supiera de memoria al menos una estrofa de qué sé yo, Machado, por ejemplo, sin buscarla en Google.
Me gustaría un porvenir donde la literatura no fuera una excentricidad y donde la gente supiera de memoria al menos una estrofa de qué sé yo, Machado, por ejemplo, sin buscarla en Google. Artículo de @nperezbrey. Compartir en XQuisiera un futuro que nos devuelva algo de animalidad, que nos permita andar sin rumbo por ciudades imperfectas, disfrutar del pan sin código QR, escuchar una historia sin preguntarnos si existe adaptación en Netflix. Un mundo donde la sabiduría vuelva a estar en las plazas y no en las bases de datos.
Pero no nos engañemos: el futuro al que aspiramos poco tiene que hacer ante Silicon Valley. Por cada utopía escrita por un poeta hay diez distopías programadas por consultores y departamentos de innovación.
De todas formas, si el futuro no se parece al que nos gustaría vivir, la pregunta es: ¿cómo lo cambiamos? En este sentido, se diría que el mañana ha pasado de ser una proyección de nuestros anhelos a volverse un punto subsidiario en la agenda de una junta directiva sin imaginación. Quizá precisemos más poetas y menos gestores. Más románticos y menos estrategas.
Para empezar, lo primero que urge corregir es nuestra propia noción de progreso. Quizá deberíamos plantearnos que avanzar no significa producir más y sentir menos, entender que ser modernos no es aprovechar cada segundo del día ni tener siempre razón en los debates de X. Cambiemos la narrativa: no es obligado crecer por crecer, ni innovar por innovar, ni conectar todo, todo el tiempo.
¿Y qué hay de nuestra forma de estar en el mundo? ¿No habría también que revisarla? Desde luego, el verdadero salto cuántico sería renunciar a correr. Imaginad un futuro donde tener tiempo sea más valioso que acumular likes, donde el arte valga más que un clic, donde la conversación supere al titular. Un porvenir donde se valore más el saber que el vender.
El futuro requiere ser, ante todo, un lugar incierto. Del porvenir no me inquieta tanto su oscuridad como su exigencia de previsibilidad. Hemos renunciado al desconcierto por la eficiencia. Cada semana tenemos un nuevo pronóstico. Cada día, una nueva aplicación para predecir lo que comeremos, lo que amaremos, lo que votaremos. ¿Acaso la vida es un algoritmo? No. La vida es aquello que escapa a los planes.
Hemos renunciado al desconcierto por la eficiencia. ¿Acaso la vida es un algoritmo? No. La vida es aquello que escapa a los planes. Artículo de @nperezbrey. Compartir en XEstaría bien recordar la traducción que Pessoa hizo de Plutarco: «Navegar es preciso, vivir no es preciso». La vida es errar, perderse, cambiar de idea. Y el futuro necesita incluir esa posibilidad. De lo contrario, será solo una repetición más cómoda del presente. Un presente con mejor cámara.
Que cómo imagino el futuro. Pues no lo sé. A veces lo sueño con hologramas de árboles e individuos ensimismados, otras lo veo como una cola infinita en una ventanilla digital. Sea como sea, el futuro no está escrito, y, si lo está, siempre podemos cambiarlo, reescribirlo, pero con tinta, con errores, con humanos.
Y con menos apps.
El tiempo, la quietud. Respirar, gatear. No creo que con humanos la vida mejore. Las máquinas hace mucho que están ahí. Personas hipnotizadas ha habido siempre, desde hace siglos. Hay que intentar reescribir el futuro. Y memorizar una estrofa de Machado. Un saludo.