Alejandra Pizarnik: la poeta inconcebible

Henri Michaux, poeta y pintor francés y uno de los escritores preferidos de Alejandra Pizarnik, decía en una de sus citas que «El alma es un océano bajo la piel», y es ese océano de las cosas el que ella quería abarcar alimentándose de él, respirándolo, absorbiéndolo, adentrándose en la hondonada de su abismo, como dejó escrito y como así buscó hacer durante toda su vida —«No quiero ir nada más que hasta el fondo»— a pesar de la constante presencia en ella de uno de los pensamientos que más llegaron a obsesionar a la poeta y, finalmente, a ocasionarle un desgarro de desdibujada encarnadura: «Sospecho que lo esencial es indecible»

Nacida en el seno de una familia de ascendencia ruso-judía, y en un sentido simbólico, de la propia matriz de la poesía, como considero representa su obra, la luz de Alejandra iluminó las calles de Buenos Aires el 29 de abril de 1936. Hija de Elías Pozharnik y Rejzla Bromiker, un matrimonio inmigrante que halló en Argentina la salvación de lo que hubiera sido una muerte segura en su tierra natal, pues la práctica totalidad de sus familiares murieron en el Holocausto, vivió una infancia contraria a los límites impuestos y ajena a la alienación y el determinismo, dada la educación abierta y libre proferida por su padre. Las huellas de estos inicios serán mantenidas por ella durante toda su vida, fiel reflejo de ello serán los versos de su poema «Anillos del silencio», buscando preservar el derecho a la libertad de expresión en la época de la dictadura argentina:

Y cuando es de noche, siempre, una tribu de palabras mutiladas busca asilo en mi garganta

para que no canten ellos, los funestos, los dueños del silencio.

Es en la etapa inicial de su vida, cuando empieza a fraguarse en ella lo que se convertirá en el futuro en una profunda y sostenida repulsión por lo concerniente a la política, tras la destrucción de su familia en el Holocausto, y su relación con la muerte, que será ya desde sus comienzos una presencia viva y uno de los ejes centrales de su poesía.

Con la misma fuerza impetuosa, pero reflexiva al extremo, en un vínculo de dependencia patológica, pretenderá Alejandra durante toda su existencia y de una forma lacerante, el retorno a dicha infancia en su proceso de no aceptación de su realidad de mujer adulta, que nunca llegó a interiorizar, pero de cuyo rechazo era plenamente consciente:

Heme aquí llegada a los treinta años y nada sé aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva.

Los años de esa infancia trascurrieron a través de un camino de introversión, soledad, irrefutable sensibilidad y con la experiencia hiriente de los complejos que le aquejaban, como su tartamudez, unida a un acento muy definido que siempre la hizo percibirse distinta, entre otras vivencias muy personales de su realidad, por las que ella se sentía diferente, otro de los fundamentos clave en su obra, su preocupación por el hecho de «ser en el mundo»; un hecho que le generaba una notable y manifiesta desubicación ante las connotaciones implícitas en una magnitud que le obsesionaba, y que reflexionó y experimentó desde diversas vertientes, con la vehemencia y la exacerbación de una personalidad verdaderamente apasionada e introspectiva en todas sus dimensiones. Su padre, en un intento de ayudar a Alejandra, que tras la finalización de la Secundaria, se mostraba desorientada en la elección de su camino vocacional, combinando estudios no finalizados de Filosofía y Letras, y Periodismo y algunas experiencias profesionales a este último respecto, con sus inicios en el mundo pictórico —guiada por uno de los pintores del surrealismo, Batlle Planas, movimiento presente e identificador de su realidad personal y especialmente vigente en la última etapa de su poesía—, sufragó los gastos de la publicación del que fue su primer libro, que firmó con el nombre de Flora (su nombre real era Flora Alejandra Pizarnik), La Tierra Más Ajena, en 1955. El inicio de un camino de profundo, vivido, y cuestionado por sí misma, bagaje, a pesar de su no en exceso extensa temporalidad, lo que, por el contrario, ha potenciado la infinitud de su obra:

Mi bosque

acumular deseos en plantas ingratas

referir lo tuyo

en verdor solemne

y entonces vendrá diez caballos

a tirar la cola al viento negro

moverán las hojas

sus crines mojadas

y vendrá la escuadra

redondeando versos

Se observa en estos comienzos, una poesía precisa y romántica en su denominación y una detallada concreción de la realidad, que aún observa en cierto modo con tintes de una ilusión que dará paso en sus poemas posteriores a una transmutación en inexorable nostalgia, ambigüedad con la muerte, perturbación de la identidad, y provocación del silencio, entre otros; su bosque se tornará, en definitiva, en un color alejado del «verdor solemne» al que hace alusión, y ese mundo acabará resultándole una falacia. De hecho, la poeta acabó renegando de ése su primer libro, sin embargo, ya desde sus orígenes, palpamos en su poesía una comprometida entrega a la palabra, y en ello tuvo una notable influencia su profesor y catedrático de Literatura Moderna, Juan Jacobo Bajarlía, impulsor del movimiento vanguardista en Argentina, quien supo orientarla en el viaje de la lectura, ya iniciado por ella durante su infancia y que fue, en el cómputo de su vida, especialmente variado y de un más que minucioso conocimiento. Bajarlía guió a Pizarnik especialmente en aquellas de carácter surrealista. Su amistad queda de manifiesto en estas palabras del escritor referidas a la poeta:

Adoptó mi estudio como su propia casa. Aquí mateábamos y hablábamos de literatura. Mi estudio era como su cuartel general. […] En Alejandra las reacciones se generaban sorpresivamente.

Alejandra había participado ya en la revista Poesía Buenos Aires, publicación  fundamentada en la poesía como basamento indispensable en el completo desarrollo del ser humano y creada por Raúl Gustavo Aguirre y Jorge Enrique Mobili. En palabras del integrante más joven del grupo, el poeta y traductor argentino, Rodolfo Alonso, el magazine destacó por su «devoción insobornable por la mejor poesía»; prueba de ello fue su vigencia por un inusual espacio de diez años, y su destacada influencia en las generaciones posteriores de poetas.

Fue en ese tiempo cuando Alejandra se adentró en la singular obra del que fue un autor esencial en su proceso de ejecución, Antonio Porchia, que nunca se consideró a sí mismo escritor y que aglutinó su trabajo, «sobre lo que se dice y se oye», en lo que él denominó Voces. Su manera de poetizar la reflexión de lo cotidiano, el juego de ubicar la misma palabra en distintos sitios dentro de una frase, el asentamiento de lo indivisible, la concreción de lo abstracto, que acaparó al extremo la atención estética y existencial de la poeta, fueron para ella indiscutibles motivos en su fascinación por la obra de Porchia, a quien dedicó su poema «Las grandes palabras».

Ya entonces y quizá desde su gestación, sostenía Alejandra una herida manifiesta en la extensión de su ser, que intentó aliviar con el Psicoanálisis, si bien era consciente, y así lo expresaba, del inextinguible dolor de quienes intentar abarcar un sentido más allá de la mera practicidad y supervivencia, y con esa médula de indagación enardecida hasta el encarnizamiento más febril, se identificaba ella. Es, precisamente a uno de sus terapeutas, Oscar Ostrov, a quien le dedicó el que fue su segundo libro La última inocencia, 1956. El propio Oscar señaló lo que ya el lector siente en su acercamiento a la poesía de Alejandra Pizarnik, esa personalidad envolvente que siempre la caracterizó y que ha trascendido a su propia muerte a través de su palabra, de un modo que ella nunca hubiera ni tan siquiera llegado a atisbar:

[…] como si yo hubiera entrado en el mundo mágico de Alejandra no para exorcizar sus fantasmas sino para compartirlos y sufrir y deleitarme con ellos, con ella. No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí.

Es La última inocencia, la obra en la que la poeta atestigua sus vértebras vitales, preludio inequívoco de su travesía posterior, ya iniciada y en la que, en esta ocasión, sí, reconoce su propio adentro, la muerte, la ansiedad por el regreso a su infancia, la ferviente búsqueda en la denominación de lo concreto:

Cenizas

La noche se astilló en estrellas

mirándome alucinada

el aire arroja odio

embellecido su rostro

con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño

antepasado de mi sonrisa

el mundo está demacrado

y hay candado, pero no llaves

y hay pavor, pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

 Porque a Ti te debo lo que soy

 Pero no tengo mañana

Porque a Ti te…

La noche sufre.

La noche es el espacio en el que la poeta escribe con la certeza de una redención acaso posible, «entre otras cosas escribo para que no suceda lo que temo, para que lo que me hiere no sea…»,  y se entrega al abrazo anfibológico de sus obsesiones con la piel desgarrada y anhelante de unción «la noche se astilló en estrellas mirándome alucinada», y el recuerdo ensordecedor de su infancia como «antepasado de su sonrisa»; un espacio en el que Alejandra se expone y considera a la vez la poesía, una temeridad irrefrenable —«en el fondo yo odio la poesía. Es, para mí una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo “hincar el diente” en lo concreto […] (Diarios, Alejandra Pizarnik, 1960-1968)—, sabedora, durante mucho tiempo refractaria, de la insuficiencia del lenguaje en la definición de la realidad, a pesar de su dominio del mismo y de su consagración a la vivencia y experimentación de la palabra. Observamos también en el poema la ahora percepción del aire como ejecutor de su imposibilidad de retorno al paraíso de su infancia «el aire arroja odio/el mundo está demacrado y hay candado, pero no llaves»; ese aire antes símbolo de libertad.

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En 1958, en su tercer libro, Las aventuras perdidas, la poeta ahora se muestra quizá más vulnerable y huérfana que nunca, en una doliente oscilación ante su necesidad de raigambre frente a la línea ilusoria entre la realidad y la imagen proyectada. Un preciso y fiel reflejo de ello es su poema La Jaula:

La Jaula

Afuera hay sol. No es más que un sol, pero los hombres lo miran y después cantan.

Yo no sé del sol. Yo sé la melodía del ángel y el sermón caliente del último viento. Sé gritar hasta el alba cuando la muerte se posa desnuda en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre. Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad bailan conmigo. Yo oculto clavos para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol. Yo me visto de cenizas.

En esa urgencia de huida, en 1960, Alejandra se traslada a Paris, donde vivirá cuatro años, tiempo en el que realizará traducciones de poetas como Henri Michaux, ya inicialmente mencionado, o el francés  Yves Bonnefoy, de quien no podemos olvidar su cita «La sociedad sucumbirá si la poesía se extingue», entre otros; y críticas y estudios literarios en los que mostró una brillante elocuencia, un conocimiento exhaustivo de cada obra  y una cercanía de accesibilidad al lector que no resta en ningún momento la calidad técnica de los mismos. También en esos años, continuó su formación en Literatura Francesa en la Universidad de La Sorbona, cuyo resultado recogen los poemas que escribió en el idioma galo, y forjó relación, entre otros, con el poeta mexicano Octavio Paz, quien realizó el prólogo de su cuarto poemario Árbol de Diana, 1962, del que el escritor señaló «[…] no tiene una sola partícula de mentira […]. Tiene luz propia, centelleante y breve», y  el escritor argentino Julio Cortázar, a quien le unió una suerte de comunión dada la profunda afinidad entre ambos, y de la que existe prueba testimonial en la correspondencia que los dos compartieron. Cortázar escribió en una de esas cartas a Pizarnik:

Cada poema tuyo es el cubo de una inmensa rueda. Otros hacen la rueda entera, y hay que ver cómo se atasca en las cunetas; vos dejás que la rueda sea otra cosa, algo que unos pocos ven dibujarse mucho más allá de la página.

Alejandra se decía a sí misma en relación a sus amigos «…ellos aseguran tu mundo vertiginoso e inclusive te ayudan a respirar».

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Mujer vehemente, generosa, y con una capacidad de escucha desde el lugar donde todo es, la poeta volvió a Buenos Aires en 1964, y un año después nos otorgó la palpitante e imperecedera oportunidad del que fue su quinto libro Los trabajos y las noches, donde siente el encuentro consigo misma, con su yo real en ese reiterado espacio que habita y puebla, de la noche, a la que llama «madre antigua y regia»; un encuentro que hace posible el alumbramiento de su «yo poeta» en una simbiosis inequívoca entre el sujeto y su propia otredad:

 Cuarto solo

Si te atreves a sorprender

El sentido de esta vieja pared;

Y sus fisuras, desgarraduras,

Formando rostros, esfinges,

Manos, clepsidras,

Seguramente vendrá

Una presencia para tu sed,

Probablemente partirá

Esta ausencia que te bebe

A Los trabajos y las noches le siguió Extracción de la piedra de la locura, en 1968, temática cuyos orígenes, si nos remitimos a su literalidad, encontramos ya en la Prehistoria, y en el S. XV, en el arte, en el cuadro del pintor holandés «El Bosco», en la creencia de la trepanación del cráneo como método de extirpación de lo que genera en el ser lo que se ha denominado «locura». Pizarnik expresa aquí, con un simbolismo siempre presente en su obra, y ahora descomunal en su descripción y poder, el apremio de la propia aniquilación en el requerimiento del silencio como única morada concebible tras la imposibilidad del ser en los límites del lenguaje y de la vida:

[…] No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas. El silencio, el silencio siempre… No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra a ella, tu solo privilegio… De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que impide respirar… Mi oficio (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. ¿A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser de mí si nada rima con nada.

Retoma Alejandra en estas letras, un pensamiento ya expresado años atrás, cuando decía «[…] siento que me transportaron de la selva a la ciudad. De los dioses implacables (pero dioses al fin pues yo los hacía) a los hombres, los prójimos, los de aquí» y que ahora siente en su más insondable y quizá lúcida plenitud:

Manos crispadas me confinan al exilio.

Ayúdame a no pedir ayuda.

Me quieren anochecer, me van a morir.

Ayúdame a no pedir ayuda

El infierno musical, en 1971, es la conclusión definitiva de Pizarnik sobre lo que la poeta siente ineludible inherencia de la perpetuidad de la palabra y su autodestrucción, como lo fue en ella, con su suicidio un año más tarde, el 25 de septiembre de 1972, la posibilidad de su vida en la sustantividad de su muerte.

Ojos primitivos

En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria. Vacío gris es mi nombre, mi pronombre. Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí. Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración. Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes):

el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en

esto se fue la bella alegría animal.

Destacar también de 1971, su libro en prosa, La condesa sangrienta, que si bien inicialmente tuvo sus cimientos en una reseña que la poeta realizó para una revista literaria, evolucionó hacia esta obra prosística motivada, en gran medida, por el magnetismo y admiración que provocó en ella la historia de la condesa Báthory, a manos de la escritora francesa Valentine Penrose. La belleza vertiginosa y convulsa del oscurantismo de lo tenebroso, sustentada por la pulsión de muerte que subyace a la realidad narrada, en un continuo de surrealismo desaforado que tanto atrajo a Alejandra.

Fue Pizarnik un ser intenso, extremo, rutilante, cogitabundo, innegable. Ante una pregunta que se le hizo a la poeta sobre el cometido de sus versos, la postulación de la confesión manifiesta de su objeto, que, personalmente estimo transfigurado en sujeto dada su obra, ella respondió:

Una escritura densa hasta lo intolerable, hasta la asfixia, pero hecha nada más que de vínculos sutiles que permiten la coexistencia inocente, sobre un mismo plano, del sujeto y el objeto, así como la supresión de las fronteras habituales que separan a yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos.

 

Fue #AlejandraPizarnik un ser intenso, extremo, rutilante, cogitabundo, innegable. @Ainhoa_Retenaga Clic para tuitear

 

A ti, Alejandra, mi escritura hasta la asfixia:

ORFANDAD

Como la unicidad de la gravidez,

como la subyugación de la ofrenda,

tu existencia incontenible,

tu vida terminante;

tu yugo inmarcesible.

Como el azoramiento de la sedición,

como la impavidez de la causalidad,

tu efluvio titilante,

tu derogación inconcebible;

tu cesantía ignominiosa.

Como la trascendencia de la cognición,

como el imperativo de la santimonia,

tu beligerancia preceptiva,

tu apnea apodíctica;

tu iconografía hiperestésica.

Como el rubor de una doncellez versada,

como la asonancia de una metamorfosis eufónica,

como la dignidad de una libertad deshuesada,

tú bajo el tricornio de tu desolación vandálica;

tú enlodada tras la diagonal de una ligereza irrespirable.

Mi yo ante la irrealidad tan cierta de tu presencia transmutada.

 

Ainhoa M. Retenaga

 

#AlejandraPizarnik nacía un 29 de abril de 1936. Artículo de @Ainhoa_Retenaga #poesía. Clic para tuitear