Estaba escribiendo una novela protagonizada por personas con problemas. Problemas para pagarse el alquiler, para mantener sus famélicos trabajos. Problemas muy distintos a los problemas de los personajes de las mayorías de las novelas, algunos verdaderamente graves, sí, como que te quieran matar o como que un trauma terrible sea real y no una excusa para el sufrimiento de quienes te aman…
Escribía y la vida se iba por esos sumideros por donde se va a menudo antes de ir a parar a ese otro lugar que no sabemos nombrar bien y al que en ocasiones le decimos muerte. Muerte, la palabra. La vida de los seres que imaginaba usando su memoria y su miedo. Dejando al deseo en paz. Así escribía.
Pero tenía un problema. Ella también tenía un problema. Mucho más pequeño que el de sus protagonistas, pero lo tenía. Y para lo que estaba haciendo era un inconveniente severo. Cuando no escribía, leía, sobre todo leía. Y en ese momento, en el que ahora a mí me apetece que sea el momento en que ocurren las cosas, la novela que leía trataba de alguien que cuidaba una casa que no era suya cuyas contrariedades más importantes eran la actitud de unos fantasmas y la sensación incómoda producida por un vecino raro, muy raro. Le costaba volver a escribir cada vez que detenía la lectura de ese libro de ficción. Tenía que recurrir a un viejo truco aprendido hacía unos años que permite a quien lo usa olvidar lo que ha leído hasta que vuelva a abrir las páginas del volumen. No sé en qué consiste ese truco, sólo sé que no puedo imaginarlo y por tanto solamente me queda la seguridad de que si acabo de escribir lo que he escrito es que el truco existe. Dejemos a la literatura con su libertad arriesgada.
Ella tenía ya escritas muchas páginas y su pantalla de ordenador estaba pocas veces en blanco, su Word se llenaba de palabras, de comas, puntos, de alguna exclamación, del truco de la escritura para aclimatar la verdad a lo necesario. A la belleza, al dolor, al sufrimiento hermoso, a la destreza y a la insatisfacción.
Pero, de pronto, alguien en la novela que escribía entablaba relación con el protagonista de la novela que ella estaba leyendo. Ahora mismo leo en su pantalla (puedo ver su pantalla sin necesidad de ser ningún dios) una conversación deplorable que se ha cargado por completo lo que de literatura aceptable estaba teniendo ese libro que la escritora estaba escribiendo con lo que se escribe la auténtica literatura, la literatura sin más. Con…
¿Con qué se escribe la auténtica literatura?
¿Con qué se escribe la auténtica literatura? Entre el cuento y la reflexión. José Luis Ibáñez Salas, historiador, editor y director de la colección Qué es de Sílex ediciones @histori21 Compartir en X[Es curioso lo que ocurre con las novelas, uno sabe que hay algo memorable en ellas agazapado ahí en ese interior suyo de letras y de sangre, está seguro de que rozó el tacto suave de algo hermoso, no le cabe duda de que pudo incluso escuchar música, la música esencial de la escritura sin notas ni instrumentos; uno procura volver a ver los personajes de libros que amó, pero no son ya nada más que almas secuestradas, son seres de carne y hueso que le esperan en algún lugar, en ese lugar donde habita lo que el arte sabe esconder; intenta uno volver a saber de aquellos sucesos y sus párrafos sin éxito aunque sin derrota, más bien con angustia, con esa ansiedad que nos contamina lo que sabemos luminoso a base de aquello a lo que llamamos literatura.]

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