José Mateos (Jerez, 1963), autor de La hora del lobo tiene otros poemarios publicados. Estos son: Días en claro; Canciones; La niebla; Cantos de vida y vuelta; Otras canciones; Un sí menor; y Primavera, año cero. Ha escrito libros de ensayos y aforismos como Soliloquios y divinanzas; Silencios escogidos; La Razón y otras dudas; Un mundo en miniatura; El ojo que escucha o Tratado del no sé qué. Asimismo, este autor gaditano ha escrito obras dramáticas como Proyecto Amniótica o ¡Silencio, se piensa!, y otras pertenecientes al género narrativo como Historias de un dios menguante o Un año en la otra vida.
La no muy destacable película La hora del lobo (Ingmar Bergman, 1968, Suecia) narra la inmersión en la locura de un pintor famoso (interpretado por Max von Sydow) consumido por sus demonios interiores. Estos surgen, sobre todo, en la hora del lobo, que es la transcurrida entre las tres y las cuatro de la madrugada. En ese oscuro momento, previo al amanecer, es «cuando se producen más muertes y nacimientos», y en el que, sigue diciendo Bergman, «si estamos dormidos tenemos pesadillas y si estamos despiertos tenemos miedo».
En una comunicación personal sobre la génesis de este crudo y excepcional poemario, José Mateos nos desvela lo siguiente: «La mitad de este libro fue escrito en servilletas de papel, que era lo único que tenía a mano en aquel hospital donde pasé un mes entre varias operaciones para extirparme un tumor que se extendía por aquí y por allá».
En su imprescindible diccionario poético, tantas veces aquí citado, la profesora y poeta Asunción Escribano dice: «El poeta es siempre la caja de resonancias de la voz del mundo, del cántico asombrado de las esferas ante la propia luz». Y José Mateos deja hablar dentro de sí a la música que lo escogió el día de su llegada al mundo del susurro. Y es que, como añade Asunción: «El poema, como el canto, es la certeza profunda de que bajo todo lo que vive alienta un soplo sagrado. Poeta y canto: un solo suspiro, un acorde, una conversación».
En «La hora del lobo» [1], inicial poema que da título a su octavo poemario y ejerce de prólogo, el poeta convaleciente siente cómo, ante la grave enfermedad y su dolor, poco puede hacer su solitaria canción. Pero sabe que en primavera cantará de nuevo: hay una férrea voluntad suya de que la luz venza a la tenebrosa hora del lobo. «En una servilleta de hospital» [8-II] —composición incluida en la primera parte del libro—, se refiere ya explícitamente a ese comprometido momento de la noche: el convaleciente ve pasar por su ventana el esplendor de la naturaleza, y, resignado, aguarda esa hora maldita.
LA HORA DEL LOBO [1]
«NO volveré a escribir. Lo juro»,
dije después de hundirme
como piedra en el fango.
La enfermedad es como un agua negra,
y contra el sucio,
resbaladizo fondo de la muerte
¿qué puede la canción del que va solo?
Y aquí me tienes,
cantando una vez más la luz de marzo
y el roce de mis pies sobre la hierba.
Este poemario intenso, escrito desde la incertidumbre de una enfermedad que no da tregua, viene dividido en dos partes:
I. DENTRO
En la primera, el poeta, recién operado y desde una cama de hospital, anota en servilletas los desolados versos que ahora vamos a comentar. Para Henry David Thorau, filósofo y poeta estadounidense: «El poeta escribe la historia de su cuerpo». Y el poeta ibicenco Vicente Valero detalla: «El poeta es aquel que se ocupa de las posibilidades de su vista o de su oído, pero también de su olfato, de su tacto o de su gusto, siempre en su máxima extensión, sumergiéndose plenamente en la realidad». Ydesde un cuerpo seriamente dañado —como el de este bardo andaluz—las palabras brotan con aguzadas frecuencias de los sentidos, con un latido frecuente e intenso y verdadero. Asunción Escribano asegura que «la poesía se escribe siempre con el cuerpo porque el cuerpo es la sustancia última del poema y su destello».
El grupo más extenso de poemas de esta parte perfila un mapa de dolorido pesimismo por el que transita el convaleciente. En «El herido» [3] a este recluido en soledad le parece que nunca amanece; «Habitación 472» [5] contrapone los felices días entre sus amigos con su injusto presente de mirada fija en el techo; en «Buenas noches» [6] el convaleciente anota cómo la culposa conciencia no le da ni un rato de tranquilidad que le permita siquiera el sopor. «Cárcel de amor» [7] expone el gran sueño de salvación de este yaciente: quedar encerrado en amorosa cárcel. «En una servilleta de hospital» [8-I] se asegura cómo la llegada de la muerte espanta a los ruiseñores del otoño. «Oración fúnebre» [9] describe al convaleciente como un guerrero que, subido a su quemada nave, aún útil, recorre resignado un mar muerto y sin orillas. «Cartas a Li Po» desarrolla el mortuorio periplo por un río (que recuerda a Estigia) y que desembocará en el infierno: en [10-II] el aleteo de la vida bajo la luz de la luna se queda en nada cuando el viajero pluvial despierta y siente frío, y [10-III] lo muestra lanzando su caña: solo consigue fracturar el reflejo de una estrella sobre las pulidas aguas. En «Epitafio cristiano» [11] el convaleciente cree que ni sus últimas palabras (cantando la belleza del mundo) traspasarán el muro de la muerte. «Recuerda, cuerpo» [13] trasmite el enfado hacia su propio organismo, al que acusa de haberse rendido y no responder a la calamidad. Y en «Cantar de amigo» [14], ante una amistad íntima, reconoce ser ya solo un montón de huesos con olor a flores de plástico.
ORACIÓN FÚNEBRE [9]
(Escandinavia, hacia el año 810 d.C.)
SIN protestas ni lágrimas, anoche
le dije adiós al árbol y a la espada
y a los caballos de las crines de oro.
Quemad mi nave y amarrarme a ella.
Hoy salgo a un mar sin viento ni confines,
rumbo a ninguna orilla, porque ahora
ya no hay orillas. Todo, todo es agua.
EPITAFIO CRISTIANO [11]
ES tan floja mi voz, tan alto el muro
que nunca escucharás lo que ahora canto.
Hay cerezos en flor y agua abundante
aquí donde me encuentro, al otro lado.
Atrévete a querer. No tengas miedo.
Hay un lugar donde la muerte acaba.
Cinco poemas nos alivian un tanto con estos respiros del convaleciente. Llegado vivo del país de la muerte, se siente el dueño del secreto en «En una piedra asiria» [2]. «Nube en el hospital» [4] lo muestra tumbado en su cama y viajando en una mullida nube distinguida desde su ventana. En la primera carta a Li Po [10-I], subido a su barca, el viajero ha detectado, esperanzado, hojas cayendo sobre las aguas de ese mar sin vida. En «Canción de Pascua» [12], desde su agnosticismo y dejando los evangelios a un lado, el convaleciente percibe el latido de la otra vida esperándolo más allá del abismo. Y «Madrugada» [15] muestra al poeta buscando una música que, alejando el graznido de un pájaro perverso, le aclare si ya está muerto o aún no ha nacido.
NUBE EN EL HOSPITAL [4]
ME tumbaban, me ataban, me inscribían
y en la ventana me paraste en seco.
Me hubiera ido contigo al fin del mundo
sobre mullida espuma y blancas sábanas
según la orden del viento.
CANCIÓN DE PASCUA [12]
MIENTRAS dura la vida
somos como mendigos.
Delante del Misterio
que nos lleva, pedimos
una señal o, al menos,
los restos de un indicio.
Es tan viejo y lejano
lo que narran los libros
—al tercer día, el trueno
y un sepulcro vacío—
que apenas si nos sirve
de cuento para niños.
¿No hay salvación entonces?
¿Solo tienen sentido
la tumba y la carroña?
¿Es tan solo un capricho
del mar, este destello
en el mar infinito?
Y sin embargo, a veces
latiendo en lo más íntimo,
quién no sintió ese asombro
que es como un eco, un hilo
que nos vincula a un mundo
más allá de uno mismo.
Noche cerrada. Niebla.
Así andamos, cautivos
de un amor sin respuesta,
de un silencio tan vivo
que nos tienta y nos llama
nadie sabe a qué abismos.
II. FUERA
En palabras del propio José Mateos, «la segunda parte de La hora del lobo corresponde a la convalecencia fuera del hospital y canta el milagro de estar vivo… por ahora». Nos hallamos ahora ante un catálogo de agradecimientos que el mejorado poeta explota durante esta fase de su convalecencia, por fin lejos de aquella habitación —casi mortuoria— del centro médico donde fue intervenido. Hemos entrado en los terrenos de la esperanza. En La estación más ardiente Asunción Escribano deja escrito: «La esperanza rescinde para siempre el miedo al tiempo. Con ella el hombre camina bajo el palio feroz de la primera luz de la mañana; y sin ella va desnudo. Esperanza o promesa de que la incipiente retama verdecida crecerá frondosa al sol de la próxima primavera, esperanza como momento, breve placidez, frágil cáliz de paz y de costumbre».
El grupo mayor de gratitudes del poeta, entregado ahora a sus recuperados sentidos, lo recibe el orden natural. En «Floración» [16] un almendro en primaveral eclosión destaca sobre este podrido mundo. En «Deseos» [19] es la naturaleza, en su conjunto, quien recibe el homenaje del convaleciente por hacerle sentirse alguien que aún no acabó su misión en esta vida. «Mosca en la biblioteca» [23] se detiene en este insecto, cuyo vuelo deja el mismo silencioso rastro que el del ser humano. En «Mayo» [24] el poeta agradece a ese mes poder convertirse en aire y bailar a su son. «Otra nube» [26] equipara el paso de una nube por el cielo con la vida humana. En «Bajo una higuera» [29], al socaire de las ramas de este árbol, el convaleciente se regodea con la eternidad en penumbra que difumina hasta su edad. Y «Pájaros» [30] rinde homenaje al vuelo de estas aves, que ha fascinado al poeta desde su infancia.
BAJO UNA HIGUERA [29]
SI respiro el frescor
maduro de esta higuera,
entro en su sombra como
quien desvela un secreto,
un secreto que arranco
de sus ramas más altas:
gota de eternidad
que me llevo a la boca,
y es tan dulce que pierdo
mi edad, mi ley, mi nombre.
Tres poemas agradecen al amor los servicios prestados. En «Un grillo» [18] el amor vence al sentimiento de culpa. Fusionado al orden natural, en «Canción de las apariencias» [20], el amor hacia la durmiente amada se amplifica con las tonalidades del cielo; y en «Recuerdo de unos días de alquiler» [22], a las bellezas del monte Aljibe corresponde la doméstica amada que aguarda al poeta y le transmite una plenitud capaz ya de minusvalorar la muerte.
CANCIÓN DE LAS APARIENCIAS [20]
NO sé si es real la vida.
A veces me lo parece,
a veces,
cuando miro los colores
que en el cielo se conmueven
y el día pende de un hilo;
a veces
cuando tiempo y mundo acaban
y entre mis brazos te duermes.
A veces,
no sé si es real la vida
o es sólo un eco, una ausencia.
A veces me lo parece, a veces.
La Belleza (natural y artística, corporal o espiritual) tiene también el reconocimiento de este convaleciente abierto cada día más a los dones del mundo. En «Canción cierta» [17] confiesa cómo su máxima aspiración es poseer una única certeza que sirva de faro para iluminar la niebla de la vida. «Melodía en Zahara» [21] es una rendida declaración de amor a esa belleza que, detrás de lo visible, se envuelve en una música invisible. En «Retrato de Miguelito» [25] un niño acaba convertido en el Dios que nos acoge. «Anacreonte en la Carrandana» [27] rinde tributo a esas reuniones, en bien provistas mesas y bajo el sol, con buenos amigos, que convierten el presente en algo imperecedero. Y «Un bodegón» [28], elogia a ese pincel que, «desde la vibración primera de esta vida en penumbra», ha bendecido a cada uno de los motivos del cuadro.
ANACREONTE EN LA CARRANDANA [27]
SOBRE la mesa, un cacho de pan blanco,
vasos de vino, un cuenco de aceitunas…
A lo lejos, el sol que cae a plomo
por cortijos de cal y viñas verdes.
Junio, qué bien se está a tu sombra
rodeado de amigos
cuando todo es presente
y hasta es posible que morir no importe.
Este poemario concluye con un epílogo revelador.
Si en la pieza prologal del libro («La hora del lobo» [1]) el poeta convaleciente anunciaba su propósito de despejar con su canción las nieblas que lo circundaban, en esta composición de cierre —«La conversión» [31]— su orgullo creador, a él pegado como una lapa, termina por reconocer que la alegría del alma artística ha sido derrotada por el abismo…
LA CONVERSIÓN [30]
[…]
Al final pude ver que la alegría
del alma es un abismo que arde al fondo.
Y ahora de todo aquello
sólo queda ese abismo.
Compuesto por una acumulación de heridas que desembocan, primero, en un desconcertado desencanto y, después, en un abrazo a la luz primaveral, al amor y la Belleza, las treinta composiciones de este poemario retratan la fragilidad del autor como —y vuelvo a dar la palabra a Asunción— «ese estremecimiento que cruza un instante la conciencia del hombre. La fragilidad es nuestra naturaleza esencial, y también nuestro camino».
Leído y reseñado durante agosto de 2026 en el Parador de Chinchón este poemario, La hora del lobo de José Mateos, nos parece una cumbre de la sensibilidad poética. Con él ponemos un inmejorable punto final a nuestra ya inolvidable X Edición de Poemarios para un verano sin crímenes.
Con La hora del lobo, de José Mateos ponemos un inmejorable punto final a nuestra ya inolvidable X Edición de Poemarios para un verano sin crímenes. @PreTextosLibros Manu López Marañón. Compartir en XDonostiatik eta Bilbotik, datorren udara arte, lagunok!
Desde Donostia y Bilbao: ¡Hasta el verano que viene, amigos!

La hora del lobo
José Mateos
Editorial Pre-Textos
Casa del libro
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Poemarios para un verano sin crímenes es una sección dirigida por Manu López Marañón
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