Marina Casado (Madrid, 1989), autora de Un mar que nadie mira, ha publicado otros siete poemarios, entre los que destacan: Este mar al final de los espejos (Torremozas, 2020, Premio Carmen Conde); Entra la noche (Celya, 2023, Premio Internacional León Felipe); y Otros sabrán de mí (Bajamar, 2025, XIV Premio Paul Beckett). Sus poemas han sido traducidos al francés, italiano, rumano y portugués, y aparecen en revistas como Turia, Piedra del molino, Estación Poesía o Barcarola, entre otras. Esta profesora de Lengua Castellana y Literatura, que estudió Periodismo y Filología Hispánica y se doctoró en Literatura Española con una tesis sobre Rafael Alberti, ha publicado también ensayo y novela (de género negro y juvenil). Además, reseña en diversos medios literarios como Zenda, Paraíso, Quimera o Culturamas. Ha escrito habitualmente en El País y actualmente es columnista en Prensa Ibérica. También colabora en «Hoy por hoy» de Cadena Ser Henares.  

Avanzamos en la X edición de Poemarios para un verano sin crímenes con Un mar que nadie mira. De cincuenta y cinco poemas consta este excepcional libro que se presenta dividido en cuatro partes: «El mar», «Escondites», «Los que duermen» y «Certeza». Con permiso de la autora, hacemos la habitual separación por temáticas:

Quinto poemario seleccionado por Manu López Marañón para esta X edición de Poemarios para un verano sin crímenes: Un mar que nadie mira, de Marina Casado, 46 Premio Kutxa Fundazioa de Poesía en Castellano @reinodecordelia. Compartir en X

1. Lo aparente

La capacidad de encajar golpes, a veces directos, otras veces de una sutileza florentina, es una de las duras experiencias que, no cabe duda, ha convertido a Marina Casado en magistral voz poética de su generación. Porque transformar heridas en revelaciones literarias; demostrar cómo la existencia de algo verdaderamente real se encuentra escondido entre las apariencias mejor edificadas, se va desvelando durante esta original temática que da el mayor grado de personalidad a Un mar que nadie mira. Expresadas con sus palabras, las clarividentes visiones de esta madrileña —además de atesorar no poca belleza— adquieren el carácter de algo íntegro.

En [2], la asepsia no logra lavar al apocalipsis que viene, y en [4] el ingrávido corazón de Osiris no sortea al monstruo que lo devorará; en [11] la voluptuosidad de la melancolía no oculta el amargo recuerdo del amor perdido; desde la soleada orilla de la vida [19] resulta imposible no contemplar la orilla de enfrente: la del miedo y los ciegos amaneceres —y en donde desemboca el mar de la historia; en [20] se demuestra cómo cualquier infierno arranca con una diminuta caída; un inocente pájaro [23] traza con su vuelo un jeroglífico que configura el mapa del cansancio; en [26] se nos avisa de cómo alejarse de una ciudad es buena manera de desenmascararla; los placeres domésticos [27], tan celebrados, esconden una tormentosa hostilidad; en [28] la silenciosa eficacia de las ciudades mata pájaros y hace huir de ella a los poetas, y la solidez de cualquier palacio [37] es alcanzada por la destrucción; en [38] se descubre cómo aparentes conceptos en contraposición crean el juego de la vida, y [50] advierte que ninguna primavera, pese a sus esplendores, es eterna.

Pulcritud [2]

EL MUNDO era muy frágil.

Alguien hablaba de la guerra

con las manos tan limpias

que daba un escalofrío.

Un grito después

degollará el crepúsculo [20]

PORQUE CUALQUIER infierno, antes de levantarse,

fue solo un precipicio

                                    y una caída diminuta.

En marzo ya es tarde [50]

Y, SIN EMBARGO,  los almendros florecen

ajenos a la angustia.

Cada año es igual: abrir los ojos

y comprender que otra vez sus frentes,

sus rubores rosados y albinos,

ya se deshojan pintando alfombras

sobre la hierba.

Así también se marchará la juventud.

2. El amor

La poeta dedica casi la mitad de poemas de su último poemario, veinticuatro en concreto, al amor.

Tonos oscuros que presagian o certifican su final asoman en siete composiciones: así, en [30], la luz invocada por la poeta sobre su amado acaba enquistada por sombras nocturnas, unas sombras, de ausencia ahora, que en [32] recorren el cuerpo querido antes de la despedida final; en [33] la poeta arrincona al amor por su amado: antes rebosante de pasión, pronto es presentado con alma de luto y conciencia sucia; [39] contrapone a una encumbrada pasión el pecho cubierto de ceniza; en [40] la poeta teme que su amor inocente acabe clavado, como una mariposa, por un inclemente amante; [42] equipara el final del amor con el proceso de la muerte; [49] muestra cómo terminar con las inventadas figuras de un gotelé conlleva borrar a los amantes que las han observado durante tanto tiempo; y en [53], ante la infinitud del mar una pareja asume su pequeñez, reforzada por la tormenta que los invade.

Luz no usada [30]

NUNCA FUE nuestra aquella luz.

La invocamos con miedo, con sigilo, con hambre,

volcamos terremotos en su aura,

quisimos sorprenderla en los espejos;

pero llegó el atardecer con todas sus espinas,

la noche que llevamos

enquistada en los ojos.

La espera del amor adquiere diferentes matices. Así, en [12], la paciencia de la poeta mientras regresa el cuerpo añorado, encuentra esperanza en el viento rebelde y en las olas de un acantilado; en [34], su impaciencia por encontrar ese hombre elegante e idealista no se ha transformado aún en profunda desilusión; pero en [35], devorada por el inclemente invierno, aguardar a aquel con quien un día la poeta viajó se ha convertido ya en un certificado de soledad; en [45] desde el centro de la Tierra, convocando la boca de su amado, la espera de la poeta es un mal sueño; y una pareja que se conoció en la pandemia con videollamadas [48] decide esperar para verse en vivo.

Ni siquiera entonces [45]

ATRAVESÉ CIUDADES, años, sombras, deseos.

Soñé con trenes que me conducirían

al centro de la Tierra o de tu boca

—ambos los imagino calientes y distantes,

igual que una canción de nuestra infancia—.

Sentada en un poyete, cerca de tu balcón,

enumeraba estrellas y veranos

hasta que aparecía tu figura

arrugando la esquina más pequeña del tiempo.

Siempre me despertaba de repente,

antes de que pudieras preguntarme

qué diablos hacía tan lejos de mi hogar.

El amor en fuga queda consolidado cuando el recuerdo traspasa la visión de un cuerpo amado desde un mar que todo el mundo ignora [8]; y en [54] la luz del día que envuelve al amado, y a su boca, acaba siendo la misma que enmarcará su inmediato alejamiento.

Un mar que nadie mira [8]

LA NOCHE ha despertado.

Imágenes sin nombre,

dentro de la memoria,

mimetizan la luz

de todo cuanto amaba;

a hurtadillas, defienden

la persistencia inútil del recuerdo.

Veo tu cuerpo al fondo

de algún verano,

quieto sobre ese mar

que ya no mira nadie.

Pero amar también es luchar, pelear: así, en [9] las filosas palabras para herir a su amante encuentran en él una enorme capacidad de resistencia; también un lenguaje corrompido protagoniza otra batalla contra el amante, que aquí termina ardiendo [31]; en [41] una pareja, empeñada en que no decaiga su amor, lo pone a prueba enfrentándose a múltiples obstáculos; [44] muestra a la poeta dando a su amante un largo beso capaz de vencer a esa noche silenciosa que entra sin pasión; y [46] transmite el vértigo que domina a dos amantes al llegar a su primer apartamento y saber las dificultades a vencer para convertir ese frío piso hipotecado en un hogar.

The Crystal Ship [44]

SOLO UN BESO, ¿recuerdas?

Juramos que terminaría

con la llegada de la noche

—nunca preví el incendio—.

Johnny Cash nos miraba desde el muro.

Y volveremos a encontrarnos

volando en algún barco de cristal.

Pero hoy te he buscado

tras el atardecer;

quiero saber los nombres, uno a uno,

de todos tus silencios;

arrancar las espinas de la luz

que atraviesa tus ojos.

Mirarte para siempre,

fuego y temblor,

derramada en un beso

—solo un beso, recuerda—

y que la noche jamás nos amenace.

Y es que el amor puede, asimismo, compartirse [43] desde la luz y un idioma propio capaces de crear ese mundo de toda pareja que se busca y encuentra; o a través de la congénita luz del verso que, tras una separación traumática, guía, por un tiempo que puede ser infinito, al reencuentro inevitable [55].

Certeza [43]

SOSPECHO que esta luz

que ahora nos envuelve

nació cuando la noche

inventaba un idioma impronunciable,

a las puertas de un mundo

desconocido.

Me tendiste la mano,

cruzamos el umbral.

Fugitivo, un fantasma

abandonaba las esquinas

y los ojos vacíos

de nuestra incertidumbre.

Te llamé y el amor

amaneció en tu nombre.

Finalmente, el amor como salvación queda plasmado en [29]. Tras vanos intentos por abortar recuerdos y acortar el tiempo que aún le resta para estar junto a su pareja, la poeta reconoce cómo el amor evita su muerte en vida.

Mistral [29]

SOPLA el tiempo esta noche.

Desordena las copas de los árboles,

hace temblar la casa;

arrastra el frío como una hoja seca

por el cauce abrasado de mi sangre.

He de cerrarlo todo

para evitar que entren los recuerdos.

¿Cuántos años nos esperamos

mientras se deshacían las montañas?

¿Cuántas pavesas caben en tu boca?

Es demasiado tarde

para arrancar las flores

en el jardín de la inocencia,

traducir en palabras esta luz,

agrietar el silencio con un beso.

Hace siglos que estoy muerta y te amo.

3. Autobiografía

Para aquellos que piensan que el yo no se expresa nunca de forma confesional, sino ocultándose a través de una máscara; para quienes aseguran que una confesión no es poesía y que la sinceridad no constituye un valor supremo en un poema, la lectura de estos once bellísimos poemas incluidos por Marina Casado en Un mar que nos mira les aclarará, no poco, cómo desde la autenticidad del alma brotan chorros de pura poesía.

En [1] una prohibición adulta incumplida genera el descubrimiento de la belleza y el destierro de la joven poeta; la predicción de la muerte [5] se hace más nítida en un otoño sin pájaros; en [6] la poeta nos cuenta cómo su convivencia con fantasmas generó su sed de saber; desde el «nosotros» [7], ella habla de la inevitabilidad de la muerte; en [10] confiesa, desde el sueño, cómo se ve capaz de amar, de dialogar con ausentes y hasta de besar a la muerte; ante el apocalipsis [16], la poeta se decanta por recogerse en su viejo jardín para allí revivir al ángel de las bellas cosas pasadas; en [18] la eternidad de los veranos de la infancia le regalan este fatalista tono de irrepetible belleza; en [24] revela cómo la tentación de la caída es más fuerte que los medios para evitarla; huida al corazón de una selva para reinventarse [25], el lenguaje y la sed de conocimiento, son sus tablas de salvación; en [36] la poeta muestra simpatía por el derrotado porque a los héroes los encuentra ya sabidos; y en [52] la arena encontrada en la bolsa simboliza ese verano que se resiste a acabar.

Huesos [5]

UNA NOCHE, la máscara caerá.

Descubriré ese viaje último,

el adiós de los pájaros blancos,

la hermosura que sobrevive

en una hoja seca.

Los inútiles huesos del otoño

Jardines [18]

                        «Pero terminó mi niñez, y caí en el mundo».

                                                                                        Ocnos

                                                                             Luis Cernuda

FUE UN VERANO muy largo.

Palpitaba la luz entre las flores

con sedosa insistencia;

la vida, aún intacta,

era algo que apenas conocía:

un tiempo sin cadenas, una nube

atravesando aquel azul inalterable.

Recuerdo una pequeña grieta sobre el muro,

huella inequívoca de la fragilidad

de las horas que prometían ser eternas.

Parpadeé para entender la sombra.

Y cuando abrí los ojos,

no pude regresar.

Hay jardines que solo suceden una vez.

Acantilado [24]

ME ALIMENTO de música

para olvidar el precipicio.

Es inútil mi afán:

ya nada será mío salvo este incendio

4. Cajón de sastre

La feraz y libérrima mirada de Marina Casado abarca, en  siete composiciones, temas de variada intención a los que no resulta posible incluir en las temáticas analizadas. Cuatro de estos poemas inciden en lo familiar: así, tres de ellos colocan en su centro a la figura paterna. En [13] la poeta-hija fantasea con viajes espaciales en compañía de su padre; [14] homenajea al ya fallecido progenitor imaginándolo, transformado en pájaro, desde el lluvioso cielo; y en [15], la poeta pretende conjurar su tristeza por la partida a través de la escritura. Un poema, el [3], muestra a un bebé en un sueño que ella suplica no se rompa porque, fuera de él, acechan monstruos.

La muerte [14]

MI PADRE me decía:

Quisiera ser un pájaro.

El cielo lo escuchaba, resentido.

Cuando empezó a sonar aquel silencio,

comprendí que su alma, lentamente,

se cubría de plumas. No ha cesado la lluvia desde entonces

La soledad, el arte pictórico, y los estíos de los escritores aparecen en: [17], donde una abandonada ermita sobre la que cae la luz lunar acaba convirtiéndose en símbolo de la más desgarrada soledad; [21] cuenta una visita del músico Jim Morrison al Museo del Prado, donde, poco antes de morir, queda fascinado con el El jardín de las delicias; y en [51], con saludable sarcasmo, la poeta da su visión de los veraneos de los poetas: en la playa, voluntariamente alejados de lo poético saben que, con la llegada de setiembre, volverán las presentaciones de libros y sus intentos por captar nuevos lectores.

Ermita de San Polo [17]

                        «Y su silencio, retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte».

                                                                             Blas de Otero

ALLÍ, junto al camino,

heridas por el sol y por la lluvia,

las piedras guardan todavía

un rumor de oraciones,

la fragancia insistente del incienso

y aquel pálpito de la luz sobre el altar.

[…]

Volverán las oscuras golondrinas [51]

[…]

Pero vendrá septiembre

y con él las tertulias literarias,

la brillante bohemia de nuestra capital.

Abrazaremos a aquellos que nos arrebató el estío,

—con excesiva admiración

que se disipará en el mismo instante

en que doblen la esquina—,

nos pondremos las máscaras de antílope

y nuestras copas se alzarán

al unísono:

Amigos, les prometo

que este libro no va a dejarles

indiferentes.

Luis Cernuda dijo: «La esencia del problema poético, a mi entender, la constituye el conflicto entre realidad y deseo, entre apariencia y verdad». Marina Casado pone nombres a las cosas, a veces por su apariencia, a veces por su realidad, dándole a cada una el suyo y no el de otra. Regocijándose desde el intelecto, —y deleitándose en la creación—, consigue transmitir su arrebato a los lectores sensibles.

La insuperable poesía de Marina Casado en Un mar que nadie mira inmortaliza radiantes visiones de la vida actual, incluyendo momentos duros y desolados, embellecidas por el velo del exquisito lenguaje. Nombrándolas, a veces por su existencia, a veces por su esencia, la consolidada poeta madrileña (de la que cabe esperar otros grandes poemarios) envía sus poderosas imágenes y certeros avisos a la humanidad desde una sinceridad que nos desarma. Que nadie se pierda este insustituible poemario.

Un mar que nadie mira

Marina Casado

Reino de Cordelia

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Poemarios para un verano sin crímenes es una sección dirigida por Manu López Marañón

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