Pablo Ballesteros (Cieza, Murcia, 1998), autor de Desde una revolución muerta, tiene otros dos poemarios, ambos editados en Ediciones En Huida: Cualquier camino (2021)y No funciona nada: Un homenaje a Robe Iniesta (2024). Publica también artículos de carácter cultural en medios como La Verdad o Crónicas de Siyasa. Ballesteros poéticamente nace al amparo de versos de quienes luego serán compañeros en su camino: Francisco Sierra Ballesteros, Daniel Buendía, Jorge Andreu y Pedro Teruel. Cultiva su pulsión poética con canciones y/o versos de Robe Iniesta, Jorge Drexler, Kutxi Romero, Joaquín Sabina, José Daniel Espejo, Luis García Montero y Ben Clark. Algunos de sus poemas han recorrido caminos alternativos, habiendo sido publicados en fanzines como Manifiesto Azul, Ceniza, Revista de literatura o Un poco de nada, este último coordinado por sí mismo.
Continúa la X edición de Poemarios para un verano sin crímenes con Desde una revolución muerta. Reconozco mi debilidad por los poemarios orientados hacia una dirección y que, para recorrerla, no requieren decenas de páginas. Aparte de la mayor facilidad para su reseña, un libro tan ajustado como es este de Pablo Ballesteros (consta de veintidós composiciones), colabora a la hora de presentar, valientemente, sus diagnósticos existenciales y con lucidez unas conclusiones amargas (no del todo pesimistas). Sin sobrarle una palabra —y sumado al placer estético inherente a la poesía—, el ímprobo esfuerzo de concentración hecho por este autor murciano para su tercer poemario ayuda a sobrevolar el desencanto, y, por encima de todo, a la hora de mostrarnos algún agarradero para sobrevivir en esta durísima vida actual.
Segundo poemario de esta X edición de Poemarios para un verano sin crímene: Desde una revolución muerta, de Pablo Ballesteros. @LaFeaBurguesia (2026). Reseña de Manu López Marañón. Compartir en XPara María Zambrano, «La poesía es lo único rebelde ante la esperanza de la razón. La poesía es embriaguez y solo se embriaga el que está desesperado y no quiere deja de estarlo. El que hace de la desesperación su forma de ser, su existencia». Y es que no hay creación artística sin inconformismo y rebelión. Mario Vargas Llosa apoya el aserto: «La razón de ser de la literatura es la protesta, la contradicción y la crítica. El escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo». Pablo Ballesteros arroja rebeldías varias en Desde una revolución muerta: así en [2], tras un recuento de canciones y recuerdos, reconoce no saber demasiado sobre sí mismo («Me repito: sin ser, ni oír, ni dar.»); un verso olvidado le provoca un grito estéril. En [3], superando tentaciones pirómanas y tras lanzar su diatriba contra el mundo, el poeta se reconoce sin fe para el triunfo («Embarro la simiente, los días pares, el entretiempo.») y, sintiéndose fuera de lugar, acaba por suplicar al odiado mundo que crea un tiempo más en él… En [9] desde la percepción de la brevedad de la vida («el peso de guardar en unos segundos media vida») el insurrecto se aleja del olor de la multitud pero, aterrorizado ante la idea de un hogar en orden, abre caminos que lo lleven a esa canción que lo acompañe. Pero en [14] el desánimo más absoluto se impone por fin: el mundo no permite cumplir lo deseado y absorbe a quienes, tras sus gestos de rebeldía, acaban siendo tragados por el mar:
[14]
¿Quién roba, silva, reza, desayuna?
¿Quién planta girasoles en la luna?
¿Quién coño me ha robado el mes de abril?
Joaquín Sabina
Y eso fue lo que pasó,
se movió rápido en un mundo que se derretía lento
no tuvo tiempo de decir lo que quiso
ni de llegar donde se le necesitó.
Cada vez más dentro
un poco más lejos
dijo que no, siendo que sí
no imaginó nunca un mar tan gris.
Puso tierra sobre mármol.
Cambió de tren
se equivocó de país.
Tras sus vanos intentos de rebeldía, algunos ciertamente muy bravos y constantes, el poeta es invadido por un desánimo de múltiples y sólidas caras que conforman un irrompible poliedro. Hemos leído ya cómo la cultura es sinónimo de infecundidad y la fe en el triunfo personal un pasajero sueño; que la huida de una ordenada vida burguesa, buscando el sendero de la creación, no ofrece ninguna garantía de éxito, y cómo todo amago de rebeldía acaba siendo tragado por la imperante grisura. Pero hay dos composiciones en Desde una revolución muerta especialmente contundentes que muestran la impotencia a través del retrato de dos antagónicos sujetos. En [1] el poeta empatiza con uno destrozado física y mentalmente, pero ello no basta para ofrecer una reparadora ayuda (a pesar de haber entendido bien qué le ha pasado). Y en [16], frente a quien desborda importancia y trascendencia, el poeta, tras atenderlo, muestra su incredulidad ante un discurso tan alabado por la gente pero que a él solo causa fatiga
[1]
Que no lo entendían, me dijo. Que lo sabía, contesté.
Vino a verme una mañana de abril, lo reconocí
enseguida aunque no lo había visto nunca.
Sentí familiar su cadencia al terminar las frases, lo
mucho que lo costaba coger aire y cómo apresaba
detrás de los dientes las palabras que no quería decir,
apretando fuerte la mandíbula.
Que mira qué destrozo me han hecho aquí, me dijo.
Que no había derecho, contesté.
[…]
[16]
[…]
Porque entonces sí
si yo pudiera hacerlo
podría hablar como hablan todos de ti
sonreír ante lo sutil
y caer de rodillas ante el peso de la verdad
y bañarme con la luz,
sobre todo lo de la luz.
Quiero poder fingir que pienso en ti cada día
que te intuyo en los posos del café
y necesito explicar al mundo quién eres,
pero ya estoy dormido y últimamente no descanso muy bien.
En La estación más ardiente, imprescindible (para lectores pero aún más, si cabe, para autores) diccionario emocional de poesía, su autora Asunción Escribano (poeta sublime y Catedrática de Lengua y Literatura Española en la UPSA) escribe: «La voz de un poeta nunca está sola. Debajo de las sílabas que nombra en estado casi de profecía laten las palabras que le hermanan a la tribu. Se pulsan todas las voces que le precedieron y que sembraron de poesía la mirada. Palpitan las experiencias y paisajes que alguien, antes que él, contempló y experimentó por primera vez y, también por vez primera, nombró delimitándolos y haciéndolos únicos». En [6] el poeta, tomando a Alejandra Pizarnik como modelo, huye del enjambre sin voz para buscar la suya «hasta el último disparo de fe» con el apoyo de esa mirada esquiva que encuentra salidas donde el resto solo ve muros, y en [12], harto de una vida subterránea con olor a plástico, sueña con el poderío de una voz que esquive las navajas y murmullos de vecinos y dioses menores. [17] equipara el rugido del enmarañado mar con tantas palabras distorsionadas quedándose por el camino del tiempo perdido –y que llevan a la ignorancia. Y en [8] el perezoso poeta justifica su incumplido deseo de leer echándole las culpas a una ruidosa obra.
[12]
Quisiera una voz fuerte
una cima menos alta y que las hojas volviesen a crujir
tras la nieve
las entrañas de un animal diferente donde acunar las
facturas del miedo.
Dime,
¿puedes ver el peso que carga quien no tiene nada por lo
que disculparse?
¿Dónde queda su redención?
¿Entre la bruma ligera de una casa a medias?
¿En el olor de plástico cosido?
¿A dos metros bajo el asfalto caliente?
Puede que fuese yo quien mantuvo un pie al lado del otro
el que no atendió la llamada
pero la navaja paseando por la barba del vecino
el cincel y el murmullo
las cartas que juraban amor a un dios menor
eso, fue todo tuyo.
«La palabra es una voz que perseguimos con la desesperación de los conjuros, un camino de entrega del sentido y de la luz que el poeta persigue con intimidad y amor», sigue diciendo Asunción, nuestra profesora de cabecera. Pero los idiomas y el lenguaje se han convertido en modos de incomunicación: en [11] el poeta, decepcionado ante la falta de diálogo con su pareja y con los demás —«palabras sordas y vacías»— opta por dejar de hablar, algo que supone su renuncia al amor. Y en [18] el poeta termina por aceptar este tiempo de renuncia a la memoria que escupe palabras ensangrentadas antes de darle su definitivo adiós.
[11]
[…]
Ya casi nunca hablo mi idioma
solo encuentro palabras sordas
discursos vacíos sobre el hambre con la tripa llena
y de calma donde hace mella el arrastrar de las horas.
Ya casi nunca hablo,
escucho el barro secarse sobre mi piel.
[…]
[18]
No me debo a otro tiempo que al que renuncia a su memoria
que escupe sangre en las palabras
y avanza a tientas en un metro cuadrado
ni a otro paisaje que este
—este que ahora soy, que ahora habito—.
[…]
Heinrich Boll dijo: «La poesía es la sensación de estar siempre con la muerte» y para Antonio Gamoneda: «La poesía existe porque existe la muerte». El poeta checo Miroslav Holub afirmó: «Un sentido de la poesía es ser una pequeña mezcla de palabras contra la muerte. Ser casi el instinto cristalizado contra la muerte». En tres composiciones de Desde una revolución muerta el poeta imagina su propia muerte: en [4], ya finado, abandona el mundo envuelto en un manto de fuego y con el recuerdo de su primera palabra; al llegar al Hades, desarmado y en manos de los demás muertos, acepta su penitencia. En [13] el poeta se ve difunto y pidiendo a un ser amado que le dé conversación: querría saber lo que de él se cuenta, pero, sobre todo, busca que se le hable como si siguiera vivo. Y en [19], aceptando el hecho inevitable de su propio final, sintiéndose insignificante, el poeta desea una muerte bella y perfecta que le permita irse de este mundo poco a poco y encontrar en ese dilatado viaje una particular forma de inmortalidad.
[13]
A Drazen Petrovic
Y ahora, que por fin vienes a verme entre luces blancas
y el rasguido que acompaña a quien arrastra los pies
buscando el tropiezo
rompe el luto, lo solemne del rostro, el carácter
procesionario.
Trae contigo un balde de agua
una silla y algo que te cubra los hombros.
Escribe en un papel lo que cuentan de mí
lo que soy en los ojos que ya no me lloran
cuanto tiempo habéis estudiado mi cara en las fotos
y quémalo.
Ven
dame un beso
y háblame como si hoy siguiera siendo anteayer.
Consecuencia de la irreversibilidad de la muerte es ver la vida como algo inútil. En [5] el poeta define el camino de la vida como barro infértil y una puñalada al corazón que dejó de latir y ya no alcanza trascendencia. Ante la evidencia de su inutilidad, el hombre asume que es una piedra barrida por el viento.
[5]
[…]
Sístole y diástole adormecidos ya
de dar vida –tanta vida-.
Acerca el oído
y dame estos segundos para poder ver a color
acariciar apenas la trascendencia
ser el hombre que ríe ante la presencia de lo inútil
arrancarme la piel de quien, de tan roto, ha perdido
el impulso por reconstruirse.
[…]
Tampoco el amor queda fuera de la órbita de Desde una revolución muerta. En [7] se diseccionan las zonas oscuras encontrables en cualquier pareja: uno, oscurece el sol, y la otra embarra el suelo que pisan. Pero sobre cualquier forma de fatalidad que afecta al amor el poeta regala, en [10], un agarradero para transitar por el mundo: quedándose con lo esencial por encima del arte superfluo y de la lógica cruel, y no parando hasta dar con esa compañía —por fin hallada para hacerse un hueco en este sindiós— respiraremos al fin.
[10]
[…]
Antes de que yo salte detrás, dime si en esta ganan los buenos
si hablas de mí cuando estás lejos
dónde tengo que ir a buscarte
cómo piensas hacerte un hueco en este sindiós.
Y por fin, todas las revoluciones, la Revolución. Fernando Arbeláez sostiene que «Todo poeta es revolucionario desde que se salió del redil». Y un autobiográfico Roberto Bolaño aseguraba: «Para mí, ser poeta era al mismo tiempo, ser revolucionario y estar totalmente abierto a cualquier manifestación cultural, cualquier expresión sexual, en fin, abierto a todo». En Desde una revolución muerta, nuestro poeta, asumiendo que el mejor momento de cualquier revolución queda ya lejano, sin embargo, se embarca en recatar lo mejor de ellas. Así, en [20], un mundo sin ideales resulta soportable gracias a los gritos de la última revolución, que trae al poeta aire para esta larga noche de invierno en que se convirtió la actualidad. En [21], ante el triunfo del fuego, abrasador de ideales y propiciatorio de la mentira generalizada, el poeta comprueba cómo la fracturada palabra ya nada significa y no se reconoce como superviviente entre tanto dolor: prefiere no estar. Y en [22], desde la asunción del fin de aquella revolución a la que se entregó, una vez puesta en venta, el poeta opta por la espera: sobre sus brasas resurgirá una belleza desde la que reconstruir otra revolución, poniendo a sus pies la memoria.
[21]
[…]
Parte, se fractura
donde había un poco, no cabe ya nada.
Apenas puedo distinguir el reclamo del aullido
el hambre, del dolor.
Si me ves bailar, no vengas
que no soy
no puedo, no tengo.
Ya no estoy.
[22]
[…]
Desde una revolución muerta os escribo.
Desde una derrota feliz, por lo que ha sido en un
mundo tendente a no ser.
A los pies de la memoria, ahora.
Lejos de ella cuando estéis leyendo esto.
Vargas Llosa ve al escritor como un rebelde al que corresponde agitar, inquietar, sembrar la alarma, mantener al hombre en una constante insatisfacción de sí mismo, estimular sin descanso la voluntad de cambio y amejoramiento. Pablo Ballesteros agranda esta imprescindible estirpe de autores. Su tercer poemario, Desde una revolución muerta, es tan duro como necesario. Y esencial para estos tiempos que corren… No se lo pierdan.
Desde una revolución muerta, tercer poemario de Pablo Ballesteros, es tan duro como necesario. Y esencial para estos tiempos que corren… No se lo pierdan. @LaFeaBurguesia (2026). Reseña de Manu López Marañón. Compartir en X

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