Miguel Hernández. Perito en lunas no es el primer libro de un poeta cabrero

Artículo especial en el 106 aniversario de Miguel Hernández.

Miguel Hernández. Perito en lunas no es el primer libro de un poeta cabrero. Artículo de Antonia María Carrascal.

Portada de la primera edición de Perito en lunas. Todos los derechos reservados.

Perito en lunas no es el primer libro del poeta cabrero Miguel Hernández, por una sencilla razón: cuando Miguel Hernández publicó por primera vez, no era el poeta cabrero de los poemas de su adolescencia. Ni era cabrero ya ni era el muchacho aprendiz de poeta que ensayaba versos al abrigo de las montañas oriolanas. El “milagro” había sucedido y el mito de adolescente e inculto que hacía versos se devela como lo que fue: un mito que, en su sagacidad, Miguel Hernández dejó que trascendiera desde que, después de una de las entrevistas que le hicieron en su primer viaje a Madrid, atisbó que ese apelativo podría ser un factor atrayente hacia su persona, que podría ayudar a sus intereses. Ser conocido y reconocido como poeta.

Perito en lunas se publicó en 1933 (el poeta sólo tenía 22 años), con prólogo de su amigo José Marín, conocido con el pseudónimo de Ramón Sijé. Lejos quedaban ya los primeros poemas de Miguel (de esa época se conservan más de cien poemas que han quedado autógrafos en un cuadernillo). Son estos primeros, en su mayoría, poemas de arte menor en estrofas que reflejan la tradición popular: romances, romancillos, endechas, redondillas… Pocas veces trabaja con eneasílabos, endecasílabos o alejandrinos. Los temas, como pastor que fuera en esa primera época, son de corte bucólico o pastoril o temas cotidianos, aunque con pocas referencias autobiográficas. No obstante, ya apunta con un fuerte espíritu creativo y creador de neologismos que enriquecen su no escaso vocabulario. Siente el joven Miguel necesidad de nuevos vocablos que responda a su exuberante ansia expresiva y así verbaliza adjetivos o sustantivos: “astro que tremulece”, “temblorea una esquirla”, o consigue adjetivos de sustantivos propios “noche baltasara”.

Perito en lunas se publicó en 1933 con prólogo de su amigo Ramón Sijé. @CarrascalMara. Clic para tuitear

No parecen estos los comienzos poéticos de un cabrero en el sentido de incultura que se supone que acompaña al término. Autodidacta, sí; pues, a la sólida formación recibida en el prestigioso colegio de Santo Domingo donde se adoctrinaba a “la flor y nata oriolana” a nivel de bachiller de la época, el muchacho se nutrió exhaustivamente con los libros de clásicos y no, procedentes de la Biblioteca Municipal, la del canónigo D. Luis Almarcha y la del propio Ramón Sijé, compensando así lo que el bachiller no acabado pudiera proporcionarle. La razón del abandono escolar fue una crisis financiera de su padre, tratante de ganado; padre que, por otra parte, fue siempre férreo opositor a la afición poética de Miguel y a su lectura de libros. Pensar, por consiguiente, en Miguel Hernández como joven inculto no queda exento del riesgo de equívoco.

Perito en lunas, obra de un poeta autodidacta, no de un joven inculto. @CarrascalMara Clic para tuitear

Su primer viaje a Madrid, 21 años, estuvo lleno de decepciones, enfermedad y penurias económicas que le llevaron incluso a dormir en el metro. Miguel vuelve a su Orihuela natal, pero el viaje no ha sido en vano. Allí se ha puesto en contacto con algunos de los escritores ya consagrados de la Generación del 27, esos que unos años antes han reivindicado en el Ateneo de Sevilla la figura de Góngora, en el tercer centenario de su muerte. Miguel no quiere quedarse atrás y, a la vuelta de Madrid, trae la idea de la que había de ser su contribución al poeta cordobés.

Miguel Hernández. Perito en lunas no es el primer libro de un poeta cabrero. Artículo de Antonia María Carrascal.

Fe de erratas de la primera edición de “Perito en lunas”. Derechos reservados.

Componen Perito en Lunas, un total de 42 octavas reales, forma métrica con la que Góngora había compuesto su Fábula de Polifemo y Galatea, e imita con precisión el lenguaje gongorino, si bien en las octavas de Hernández sigue aflorando la temática de su realidad cotidiana. Hacía años que Miguel no guardaba cabras, pero sí huía al monte para escribir siempre que tenía ocasión.

Recordemos que Miguel Hernández había contactado en Madrid con los poetas consagrados y es probable que cierto sentimiento de inferioridad cultural le obligara a tamaño esfuerzo para demostrar que él podía desafiar la perfección de sus coetáneos. Se lanza, por consiguiente, al cultivo de la forma de versificación y de la metáfora que, no sin cierta influencia del ultraísmo, empareja y encadena buscando la idea pura. Claro que por este ejercicio ha de pagar un precio: el libro resulta incomprensible para las mentes no versadas. No obstante, Miguel sigue adelante con el proyecto porque intuyo, y esto es una apreciación personal, que el poeta de Orihuela escribe, casi exclusivamente, para ser leído (y admirado) por esos poetas consagrados de los que espera aprobación y reconocimiento. Conclusión: Miguel no pudo vender los trecientos ejemplares (475 pesetas que financiara D. Luis Almarcha) y que el lector de la calle, y aun los que no, no lo comprendieron. A petición de su amigo Federico Andreu Riera que le pidió explicación sobre el contenido de las diferente octavas reales, Hernández concibió la idea de ponerles título, no siempre afortunados.

Eso sí, el titánico esfuerzo de tan docta creación puso las bases a su poesía futura, más nítida y emotiva.

Miguel Hernández tituló originariamente el libro como Poliedros, quizás por la semejanza semántica de octavas con octaedros. Fue a iniciativa  del editor Raimundo de los Reyes que se tomaría el nuevo nombre del verso número siete de la octava XXXV HORNO Y LUNA: “Oh tú, perito en lunas”.

Muchas son las interpretaciones que se han hecho de las diferentes octavas que componen Perito en lunas. Baste como ejemplo el análisis de una de ellas tomada de la edición crítica de su obra completa, publicada por Espasa Calpe (colección Clásicos Castellanos, nueva serie, números 27, 28 y 29. Madrid 1992.

En Perito en Lunas, #MiguelHernández imita con precisión el lenguaje gongorino. @CarrascalMara. Clic para tuitear

La Fuerza expresiva de Perito en lunas

 

Octava XXXIV

HUEVO

 

Coral, canta una noche por un filo,
y por otro su luna siembra para
otra redonda noche: luna clara,
¡la más clara!, con un sol en sigilo.
Dirigible, al partir llevado en vilo,
si a las hirvientes sombras no rodara,
pronto un rejoneador galán de pico
iría sobre el potro en abanico.

 

Una realidad tan cotidiana como es el huevo se eleva hasta cimas poéticas insospechadas gracias al empleo continuo de metáforas de factura típicamente gongorina y ultraísta. Ya en el vocablo con el que se inicia el poema —coral— se combinan eficazmente dos recursos estilísticos: la metonimia de la parte por el todo (la referencia a la cresta alude al gallo) y la metáfora (el color rojo del coral y de la cresta del gallo es el fundamento que origina la sustitución de cresta por coral). Este es el contenido de la primera parte de la octava: un gallo anuncia con su canto la llegada del alba (verso 1), después de haber fecundado durante la noche a una gallina (verso 2), cuyo huevo —”luna clara”— está destinado a la sartén—”redonda noche”— (verso 3); metáfora esta que se justifica por la forma circular de la sartén y porque es oscura. El huevo es visto, imaginativamente, como una “luna clara”, ya que es redondo y blanco por el exterior; “la más clara”, por alusión a la clara de su interior; y “con un sol en sigilo”, es decir, con la yema oculta, igual que el sol lo está en la noche (versos 3, 4). La segunda parte de la estrofa se inicia con la metáfora “dirigible” para referirse al huevo, a la que siguen “hirvientes sombras” y “rejoneador galán de pico”, metáforas que aluden a la sartén y al gallo, respectivamente. Y este es el contenido de los cuatro siguientes versos con los que culmina el poema: si el huevo, llevado en vilo como un globo dirigible (verso 5), no fuera a parar volando hasta las hirvientes sartenes (verso 6), pronto saldría de él otro gallo montador y galante (verso 7) que fecundaría a otra gallina, a la vez que le clavaría el pico en la cabeza (verso 8).

Miguel Hernández. Perito en lunas no es el primer libro de un poeta cabrero. Artículo de Antonia María Carrascal.

Miguel Hernández.

Como escribe Agustín Sánchez-Vidal, «Nos encontramos ante un juego de ciclos: el poema empieza con un gallo real que, por un lado, anuncia a la aurora y que, por otro, siembra un huevo. Éste, a su vez, es un microcosmos con su noche (la sartén), su sol (la yema) y su luna (la clara, o todo el huevo). De nuevo aparecerá el sol, hasta ahora “en sigilo” (alusión a lo escondido del astro y lo callado del ave, en su ausencia), que el gallo estaba a punto de anunciar al comenzar el poema. Esto sucedería si el huevo fuese a parar a la sartén, pero si esto no se realizara, el microcosmos seguiría su propio ciclo: de él saldría otro gallo que, a su vez, fecundaría otra gallina, y así sucesivamente».

Queda claro pues que el “oficio” que Miguel Hernández presenta en este su primer libro desmonta por completo la idea del pastor semi analfabeto con la que se ha venido tildando a esta joya de nuestra literatura cuyos únicos atributos por los que hay que compadecerle fueron su pobreza y su mala suerte.

Dedicado a Miguel Hernández en el 106 aniversario de su nacimiento por Antonia María Carrascal.