Quién sabe hacia dónde estamos lanzados y si el mito del final feliz no es más que eso: un mito.

Las historias con las que nos hemos ido haciendo adultos han conseguido aunar con eficacia vida y muerte; plumas creativas que no temblaban con sus combinados de injusticias, violencia y abusos; que nos quitaban el aire y nos lanzaban contra muros de hormigón invisible aunque de apariencia real.

Han existido muchos escritores hábiles que nos libraban de perecer justo a tiempo. Su arte se sumaba a esa gracia de hacer brillar la justicia de uno u otro modo. Al final, siempre al final. Carne, sangre, deseos y miedo hallaban así su contrapunto en la obligación del final feliz y la lección parenética: broche redondo. A partir de ahí, todos como la malva, a ser buenos y santos.

Márgara Averbach, estudiosa argentina que empezó escribiendo para adultos y acabó haciéndolo para niños y jóvenes, decía: «Alguien como yo, que ama los animales, no puede leer un cuento donde el chico ama al pato y lo matan y se lo dan a comer. Eso no es para un chico. Hace daño». Es la razón de que no permitiese rematar una historia con un ahogo final. Y es que Averbach logró sobrevivir a los cuentos de Álvaro Yunque de finales crueles que le daba su madre. «Yo no haría un libro para chicos que terminara mal. En el medio, todo lo que quieras. Pero que termine mal, no».

El mito del final feliz en la #literatura y en la vida. Sabemos que en la vida real no siempre todo acaba bien y que la #felicidad no es gratuita. ¿Cómo hacemos para ser acreedores de ella? @MarianRGK nos da unas ideas. Clic para tuitear

Magia, asombro, fascinación

En los cuentos para niños, al final, siempre había siquiera unas poquitas perdices que comer. Magia y absurdo eran factores indispensables en la literatura infantil, aunque quienes hemos sobrevivido a ellas hemos tenido también que asumir consecuencias: un final feliz más dependiente de un poder superior que de una capacidad propia.

Antes de continuar: no seré yo quien se cargue magia y absurdo, y menos, el beneficio de encontrarse con ellos en la infancia. Ya lo decía Roald Dhal: «Si no crees en la magia, nunca la encontrarás».

Y es que la magia está íntimamente ligada al asombro y la fascinación. Es la mirada inocente y extrañada ante lo minúsculo: el charco lleno de nubes, la brillantina de rocío en la tela de araña, la luciérnaga que desafía a la noche; Papa Noel y su carrusel de renos; los Reyes Magos y su séquito de pajes. La idea subyacente es: todo acaba bien y siempre hay un final feliz.

Y si no termina bien, es que no ha acabado.

Literatura de transición y el mito del final feliz

Sin embargo, la vida real es otra cosa. Tarde o temprano cae el telón y se encienden las luces en la sala: no hay ni renos ni luciérnagas. Esta la realidad cruda, elocuente. Los Reyes son quienes son y papa Noel no pasa de ser un contratado a sueldo o, en el mejor de los casos, un padre resignado.

Otra escritora, poeta y docente argentina, Laura Devetach, afirma que aun cuando magia y absurdo provocan un interés capital en la infancia, desconfía de inducir a los chicos a pensar que el poder reside afuera. Insta mejor a que «cada uno deba resolver sus propios problemas. Hay que empezar por buscar la causa y no lavarse las manos recurriendo a mamá o a los duendes», como sugiere el cuento «Mauricio y su silbido», del libro La torre de los cubos. «Las soluciones hay que buscarlas entre los hombres y no fuera de ellos».

Las soluciones hay que buscarlas en contacto con lo real, so pena de que el anhelado final feliz o final con giro de luz nos esquive.

Ahora bien, en contacto con lo real, ¿habrá que perder de vista la magia? Pocas cosas caen del cielo, pero a menudo los límites están más dentro que fuera de nuestras cabezas. Christopher Moore, escritor estadounidense de fantasía cómica, lo corrobora: «Si los niños ven la magia es porque la buscan».

¿Y qué pasa con los adultos? ¿Nos está prohibido soñar?

De niños creemos en la magia. ¿Y qué pasa cuando crecemos? ¿Nos está prohibido soñar? El mito del final feliz en la #literatura y en la vida, por @MarianRGK. Clic para tuitear

Los miedos que atenazan al héroe

De adultos, todo lo proyectamos en el tiempo: hacer ejercicio, escribir, dormir, pasar un rato con amigos, hacer macramé. Trasladamos a cualquier ocupación la estructura en tres actos del mundo literario o del audiovisual, máxime, si se trata de algo creativo.

Imagina que tuvieras que dar treinta saltos abriendo y cerrando piernas y te preguntaran hasta dónde crees que llegarías. Tu respuesta sería que no más de quince o veinte. En cambio, si te preguntaran cuántos crees que podrías hacer, es fácil que llegases a los treinta. Pasa igual en los asuntos de la creatividad. A veces es el miedo a cometer errores, el hipercriticismo; todo un puñado de creencias acerca del propio talento que nos destierra. ¿Adónde? Lejos, muy lejos de la tierra prometida; a muchas leguas de nosotros mismos.

Hay un hecho cierto: cuanto más sabemos, más ciegos nos volvemos a determinadas cosas. Miramos, pero no vemos. «El arte no es lo que ves, sino lo que haces ver a los demás», decía Edgar Degas. Tal vez radica ahí el secreto.

La mayoría, cuando estamos a punto de hacer algo, nos preguntamos: «¿puedo o no puedo?», «¿sabré o no sabré?», «¿cómo lo hago?». Y entre quienes deciden tirar para adelante y quienes no solo hay un número superior de intentos a cargo del primer grupo.

Final feliz, pero no gratuito

Hay que predisponerse. Y olvidarse un poco del final para concentrarse en el camino, en el cómo. Me acuerdo de Karate kid, del chico cuyo objetivo ansioso es aprender kárate y el maestro que le hace, una y otra vez, sacar brillo al coche, pintar la valla, pulir el suelo. Solo cuando el maestro considera que está preparado, es capaz de ver que todas esas habilidades transferidas al kárate lo convierten en un karateka ejemplar.

La enseñanza que encierra la película es: sé fiel a tu propia experiencia vital. No todos los que llamamos buenos ahora fueron buenos en su tiempo o reconocidos de inmediato. Ni siquiera fueron aceptadas muchas de las teorías de quienes llamamos genios.

El desafío es buscar la magia en lo ordinario, en cada paso. El desafío es no morir de hiperrealidad ni de escepticemia. Para seguir viendo más allá de lo que la realidad opaca ofrece. Con más frecuencia de la que imaginamos, depende de creer que podemos aun cuando no sabemos que podemos.

Tal vez se trata solo de quitarle carga al ego y creer/sentir que la vida va con nosotros, que está en nosotros y que es ella la que crea a través de nosotros. Creer que podemos y que nunca es tarde si queremos. Y si nos ponemos.

¿De qué otro modo nos redimiremos? ¿Cómo conjugar el adulto de hoy con el de niño de ayer? ¿Cómo, si no, el mito de un final feliz que no se engañe a sí mismo?

De adultos comprendemos que la magia no está fuera sino dentro de nosotros mismos: que podemos aun no sabiendo que podemos. Un artículo de @MarianRGK . Clic para tuitear

 

Un artículo de Marian Ruiz Garrido

Portada de David de la Torre