Aristóteles afirmaba que el alma es, de algún modo, todas las cosas. Sobre todas ellas —el día, la tierra, el heroísmo, la finitud, el desierto, la belleza, Dios— se desliza el libro de Ignacio Castro Rey (Lluvia oblicua, Pre-Textos, 2020) para apelar a esta potencia del alma, un «fondo sombrío» que habita en cada uno de nosotros, como gusta decir el autor.

Aristóteles afirmaba que el alma es todas las cosas. Sobre todas ellas —el día, la tierra, el heroísmo, la finitud, el desierto, la belleza, Dios— se desliza #LluviaOblicua de @ignaciocastrore @PreTextosLibros. #JavierTurnes. Share on X

Este libro es un arsenal y una llamada, una teología liberadora que afirma con violencia, pero sin resentimiento, que no hay nada que temer, excepto nuestro antropomorfismo y su fatalidad letal. O, lo que es lo mismo, nuestra costumbre de quedarse quietos y ponerse a salvo. El alma humana es todas las cosas, también la muerte, lo indeterminado, la vulnerabilidad y la incertidumbre ordinaria. Pero allí donde está el peligro, habita también lo que nos salva. Mientras tanto, recuperar esa inmanencia, destruir la costra que la cubre, convertir la propia vivencia en autoridad, más allá de la experiencia precocinada que nos atraviesa día a día, es una tarea que requiere (y requerirá) de todo el candor y el coraje que este libro revela y confiesa.

#LluviaOblicua, de @ignaciocastrore, es una teología liberadora que afirma con violencia, pero sin resentimiento, que no hay nada que temer, excepto nuestro antropomorfismo y su fatalidad letal. #JavierTurnes. @PreTextosLibros. Share on X

Lluvia oblicua es un arma para recuperar la sensibilidad, esa fortaleza antigua que se presenta indispensable para lidiar con la vasta problemática de este presente y su disimulado, aunque irremediable, afuera. Lluvia de visiones y palabras que se abrazan y giran alrededor de una sola obsesión: pensar la potencia de subversión que se esconde en el día. Resistir, no adaptarse: ser fieles a la intemperie desnuda del origen.

El libro de Castro Rey propone una conversión a través de una confidencia constante. Nos sugiere la revelación de que es preciso destruir todas las oposiciones típicas que nos hacen la vida más fácil, el aislamiento más cálido, el encuentro más borroso. En definitiva, las cómodas oposiciones que ayudan a confundir la comunicación con la vida. Necesitamos volver a descubrir cierta dulce barbarie en nosotros. Descubrir las intuiciones no reconocidas, las vivencias convincentes, para limpiarlas de esa capa tóxica de información que olvida sistemáticamente la sabiduría de lo atrasado. La sociedad del conocimiento reprime todo lo que de genialmente subdesarrollado hay en nosotros.

El alma de los hombres sigue siendo todas las cosas. También sus derrotas, su dorada vulgaridad, su afán equívoco de reconocimiento, su infancia, su silencio. Lluvia oblicua señala el arsenal oculto que todos portamos y despreciamos. Y lo señala para convertir su aparente desventaja y su supuesta miseria en un viñedo. Revisemos nuestra escala de intensidades y sacudidas, démosle forma de pensamiento a lo vivido bajo la costra social del ruido. Afrontemos el peligro del caos que llevamos dentro. Tenemos dos manos, muy distintas: es necesario, a la vez, vivir afuera y adentro. La experiencia del presente zozobra porque todo se esconde detrás de su propia apariencia. Nos protegemos con la ilusión de la información, con su ex-formación, diría. Quizá también nos protegemos con la ilusión de una verdad escondida, pero no paramos de resguardarnos ante el gran enigma de vivir. No soportamos el vacío, ni el secreto, ni la apariencia pura. Y tal vez lo que necesitemos es volver a creer en lo más difícil, la inmediatez visible y audible.

Quizá tenía razón Santiago Lopez Petit cuando afirmaba que una sociedad que fabrica bolsas de basura perfumadas solo merece ser destruida. Pero aunque realicemos ese deseable ejercicio de destrucción, quedará siempre pendiente la tarea de volver a hacerte quien eres. Las múltiples visiones a las que nos lleva un título como Lluvia oblicua, el clinamen de Lucrecio, el «llueve para que yo sueñe» de Novoneyra, las lágrimas bajo la lluvia del replicante Roy en Blade Runner, son apropiadas para este tiempo. Aún así, pienso que quizá lo más propicio es pensar este libro como un clima, con su variabilidad, con sus momentos de luz y de sombra, de día y de noche. Un clima poblado de multitudes, ambigüedad y contradicciones que no son una carencia, como el pensamiento oficial nos intenta decir. No carencia, sino, por el contrario, tiempo y lugar singulares para seguir pensando por nosotros mismos.

Llueve en oblicuo sobre la losa cruel de los hombres, sobre la esclavitud de este presente. Abrir este libro es como abrir el enigma del día. Lluvia oblicua encierra un llamamiento a la poesía de cualquiera, a la ciencia paradójica del ser único que somos. Estamos ante un libro sobre la experiencia y la detención. Endiablado, estriado: sin pistas, pero lleno de signos que, como gotas de lluvia caída, conectan la cumbre y el ocaso que somos, la derrota y la luz que somos.

Abrir este libro es como abrir el enigma del día. #LluviaOblicua, de @ignaciocastrore, encierra un llamamiento a la poesía de cualquiera, a la ciencia paradójica del ser único que somos. #Reseña: #JavierTurnes. @PreTextosLibros. Share on X

Frente al trastorno de «déficit de atención» generalizado, frente a este aislamiento ya habitual, sentir es lo más difícil. Hagámoslo de nuevo. Más, si cabe, en estos días que se yerguen paradigmáticos de un desorden general latente, de un miedo especulativo y terciario que nos expropia lo común.

 

Reseña de Javier Turnes, profesor de filosofía, músico y gestor cultural

Diseño de la portada de la reseña: David de la Torre

 

Lluvia oblicua, de Ignacio Castro Rey: Llueve sobre la cruel losa de los humanos

 

 

 

 

 

Lluvia oblicua

Ignacio Castro Rey

Editorial Pre-Textos, 2020

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