Los ojos de Said es un relato inédito de Guillermo Ramos concebido como ejercicio de finalización del Curso online de Técnicas Narrativas impartido por Néstor Belda.

Nuestro #EscritorNovel del mes: Gullermo Ramos, alumno del Curso Online de Técnicas Narrativas @NessBelda. #Relato: Los ojos de Said. #Literatura #Narrativa. Share on X

Los ojos de Said

Los ojos de Said recuerdan al doctor Zhivago, legado de su abuelo, el viejo Isul, un cabrero amazigh que huyó de Libia porque lo buscaban unos soldados extranjeros. Según decían los vecinos, su nombre, uno de los más comunes en aquellas montañas, encabezaba un informe emitido desde el otro lado del mundo. En su lecho de muerte, el viejo contó que durante el vuelo a Gran Canaria, mientras sobrevolaba la Bahía de Gando, imaginaba su vida sin las cabras ni las noches frías de Nalut.

—Y no dejaba de preguntarme —decía—, cómo un pobre cabrero podría tener algo que ver con Gadafi. —Su hija le remojó los labios—. Ya me hubiera gustado —añadió el viejo— para matar el hambre de mis hijos. ¡Tres! No uno, ni dos, sino tres hijos vi morir en mis brazos.

Su nieto Said lo tuvo más fácil. Nació en el barrio de La Isleta, un rincón de Las Palmas de Gran Canaria. Allí, bajo el arcoíris cultural que decora las ciudades con puerto, el pequeño Said llenó su alma de felicidad y las rodillas de cicatrices. La adolescencia le robó a su padre y le regaló a Paula, el amor de su vida. El tiempo transcurrió con sigilo hasta que se detuvo al despuntar la mañana de un jueves once de marzo. Más de veinte años después del éxodo de su abuelo, esta vez en una oficina de Berlín, alguien pegó una foto de Said en un informe que lo vinculaba con una célula terrorista.

La primera vez que lo detuvieron, los vecinos se encogieron de hombros y volvieron a sus casas preguntándose por qué se habrían llevado al hijo de Fátima, ese joven tan educado de la calle Alcorac. Después llegaron los medios de comunicación, las preguntas de la policía, los rumores, los murmullos y los prejuicios.

—¿Sabes, flaco? —me decía señalando a los que nos insultaban—. Lo que más me jode es que esta es mi gente.

Unos días después de la última detención, su familia y amigos organizamos una fiesta para celebrar la presentación de su proyecto de fin de carrera.

—Sus ojos son una ventana abierta a su alma —dijo Paula mirando la foto de la orla—. Son preciosos.

—Ahí no se ve —dijo Fátima—, pero son del verde de un olivo.

—Sí, y en la playa parecen dos esmeraldas.

Se abrazaron, y Fátima, dejando de lado la timidez que aprendió de su madre, le dijo a Paula que se alegraba de tenerla como nuera. Ese día, a pesar de las felicitaciones por una presentación de matrícula de honor, la fiesta parecía un velatorio: Said no estaba bien y Paula lo sabía, y aunque intentaba evitarlo, no podía olvidar su cara desencajada al salir del último interrogatorio.

—Si piensan que está mintiendo —dijo Paula—, es que no lo conocen.

—Es normal —dije—, están acojonados por lo del atentado.

—¿Normal?

—Lo mejor es que se vayan un tiempo —dijo la madre de Paula.

—¡Y una mierda! —dijo Paula.

—No le hables así a tu madre —dijo su padre—. Tiene razón, hasta que se calme la cosa.

—Pero, si no ha hecho nada…

Paula lanzó la copa de vino al suelo y salió del salón. Yo la seguí. Said estaba en la puerta. Había salido a fumar. Le bastó ver la cara de Paula para saber qué había pasado. Lo mismo de siempre, susurró mientras nos seguía. Cuando llegó a la puerta, se detuvo, le cogió la mano y dijo:

—Tus padres tienen razón, será mejor que me vaya un tiempo.

Paula se soltó.

—¿Y yo qué? ¿Qué pasa conmigo?

—Solo un tiempo, cariño, no sé, puedo ir a Barcelona con mis primos.

—¿Y darles la razón?

Paula golpeó la pared, se dio la vuelta y corrió hacia el aparcamiento. Yo intenté seguirla, pero Said me agarró el brazo.

—Déjala, flaco, necesita calmarse.

—No, Sa, ella tiene razón.

—Lo sé.

—Pues, hostia, discúlpate y dile que venga, nos tomamos algo y olvidamos esta mierda.

—¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana?

—Mañana será otro día.

—¿Y despertarme acojonado por si vuelven los maderos?

—Es cuestión de tiempo.

—Y en el estadio, tío, ¿has visto cómo me miran los de al lado?

—¿El viejo?

—Sí, el del niño.

—Pero si lleva ahí toda la vida.

—Ya ni siquiera llevo bolso. Se quedan mirando, tío, en serio.

—Te estás pasando, Sa, son paranoias tuyas.

—¿Paranoias? ¿Sabes lo que me hicieron ayer?

Said me había llamado para que lo recogiera en el aeropuerto. Me contó que le habían cancelado una entrevista de trabajo en Tenerife, una que tenía pendiente desde antes de los atentados, y que se había retrasado, según le decían, por motivos de agenda de gerencia. Aquel día, Said me esperó fuera de la terminal. Entró temblando en el coche y me dijo que no quería hablar.

—¿Sabes por qué no fui? —dijo.

—¿No te la habían cancelado?

—Me metieron en un cuarto, tío, y me dejaron en calzoncillos. Un tío me enseñó un montón de fotos. Luego vino otro y dijo: «Sabemos que los conoces. Y te vamos a trincar, moro de mierda».

—Hijos de puta, ¡qué cabrones!

—¡Moro de mierda, flaco! Me llamaron moro de mierda. Qué va, tío, no puedo más, tengo que rajarme de aquí como sea.

—¿Y Paula?

—Paula no se merece esto.

—Joder, ni tú, Sa.

—Pero es lo que hay.

Said se fue a Barcelona dos semanas después. No quiso que Paula fuera a despedirlo al aeropuerto. No sería capaz de separarme de ella, dijo; dile que la quiero y que la llamaré en cuanto llegue.

Me pidió que lo llevara. Esperé hasta que pasó el control. Lo facturó todo. Se quitó las zapatillas antes de que se lo pidieran. Solo llevaba la documentación, pero aún así lo apartaron y lo cachearon. Cuando por fin lo dejaron pasar, se giró, levantó la mano, y por primera vez en mi vida me pareció verlo llorar.

Cuando volvió, un año después, Said era otra persona. Paula, entre sollozos, me dijo que lo habíamos perdido.

—No lo entiendo, flaco —decía—, me lo cambiaron.

—Me metieron en un cuarto, tío, y me dejaron en calzoncillos. Un tío me enseñó un montón de fotos. Luego vino otro y dijo: «Sabemos que los conoces. Y te vamos a trincar, moro de mierda». #Relato de Guillermo Ramos. @NessBelda. Share on X

Ella veía a través de sus ojos. Yo no. Yo solo veía lo que quería ver. El regreso de mi mejor amigo. Su presencia. Lo quería sentado a mi lado en el estadio, mandándome a callar cuando insultaba al árbitro, o llorando de alegría cuando marcábamos en el último minuto. Lo quería liando porros en la playa y contagiando ataques de risa. Yo quería todo eso, pero Said ya no podía dármelo, no lo tenía. Se lo habían robado. Ahora que no había detenciones, ni miradas, ni murmullos, ahora que los vecinos volvían a ver al hijo de Fátima, al joven educado que habían detenido injustamente, lo que había era rabia. Rabia y rencor por una vida robada, la suya, la nuestra.

—Está metido en algo chungo —me dijo Paula un día.

—¿Cómo que chungo?

—No me habla y borra las llamadas.

—Joder, Paula, habla claro.

—Se pega días sin llamar.

—Necesita tiempo —dije.

—Y cuando lo llamo me dice que tiene algo que hacer.

—Está raro —dije—, pero se le irá pasando.

—No puedo más, lo voy a dejar.

—No me jodas, Paula, ¿ahora? ¿Cuándo más te necesita?

Y lo dejó. Paula, según sus propias palabras, dejó a Said porque se cansó de esperar al hombre del que se había enamorado seis años antes. No te engañes, flaco, me dijo Paula, Said ya no está, murió en aquel cuarto de la policía. Yo intenté convencerla de que volvería a ser el mismo, de que solo necesitaba tiempo, y que el tiempo lo termina curando todo. Pero no fue así.

La semana pasada, en el estadio de fútbol, mientras miraba de reojo la butaca vacía de Said, el niño que se sentaba junto a él, un mocoso de unos seis años, me preguntó dónde estaba mi amigo.

—Se ha ido —le dije—, a África.

—Guau, África —dijo—, con los leones.

Su abuelo se giró y señaló la camiseta del niño.

—Estaba en la mochila de mi nieto, dice que la metió tu amigo.

—Es de Valerón, ¿sabes? —dijo el niño señalando el veintiuno de la camiseta—. Dice mi abuelo que era un mago que había en Arguineguín.

—Si lo ves —me dijo el viejo sonriendo—, dale las gracias de mi parte.

Said viajó a Nalut sin billete de vuelta, quería conocer al resto de su familia y darles la noticia de que su abuelo había muerto. Allí, en Nalut, conoció todo aquello de lo que tanto le había hablado el viejo Isul. Allí mismo, en nafusi mal hablado, le dijo a su familia que sus raíces estarían allí para siempre, pero que su corazón, aún siendo amazigh, ahora pertenecía a otro lugar, a un trozo de tierra en medio del océano al que llaman Gran Canaria. Y Said volvió, y aunque no era el mismo, yo recuperé todo lo que necesitaba: su presencia.

—Echaba de menos esto —dije.

Estábamos sentados en la playa de Las Canteras.

—Sí, señor —dijo Said—, yo también.

—No dejo de darle vueltas a un tema.

—Suéltalo.

—Paula me dijo que te escondías para hablar por teléfono. Creía que te habías metido en algún rollo raro cuando estuviste en Barcelona.

Said sonrió.

—Era una psicóloga —dijo—. Mis primos se empeñaron.

—¿Estaba buena?

—¿Qué dices, tío? —dijo Said.

—La psicóloga… Si estaba buena.

—Vete al carajo, flaco.

—Venga, Sa, pásalo, ¿te lo vas a fumar todo o qué?

—Me llamaron de Tenerife.

—¿Por el curro?

—Sí.

—¿Vas a tirar para allá?

—No sé —dijo Said sin dejar de mirar al mar—. Igual sí. Allí no me conocen.

—Tendrás que venir a los partidos.

—O me hago del Tenerife —dijo Said.

—No me jodas, Sa.

 

Los ojos de Said

©Guillermo Ramos

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