Cuando hable con Dios, de Vanesa Sánchez Martín-Mora, relato de finalización del Curso Online de Técnicas Narrativas impartido por Néstor Belda.

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Cuando hable con Dios

Toda la ciudad estaba atrapada en una nube gris y los gritos rebotaban en las escasas paredes. Varias casas no estaban, antes estaban, ahora han desaparecido. Muchas de esas casas han salido volando.

Lucía y Andrés callejeaban buscando planos para grabar. Caminaban en un silencio que solo era violado por sus pasos entre los escombros y el sonido de los derrumbes. Pero no allí. Lejos.

La mañana estaba despertando cuando lograron llegar hasta la zona más afectada. Querían ser los primeros en alcanzar el lugar donde se reunían los que aún quedaban.

Olía a café recién hecho, y eso fue el motivo por el cual Lucía cerró los ojos durante unos segundos. A lo lejos, la niebla se levantaba dando paso a unas montañas yertas, sin árboles ni arbustos, solo arena y el mismo color gris que invadía la ciudad. Avanzaron sigilosos por las calles, dejando a esa gente salir a un nuevo día.

Lucía disparaba la cámara sin descanso. Edificios, colegios, casas y hasta la iglesia que encontraron al final de la calle habían perdido su color y forma habitual. Pero algo le hizo apartar la cámara un instante y observar. Un cubo de basura no dejaba de moverse.

—¿Crees que habrá algún animal atrapado? —dijo Andrés casi en un susurro.

—No lo sé. Voy a mirar.

—Ten cuidado, Lu, lo que sea puede morderte y sabe dios qué cosa puedes llegar a coger de un animal así.

Cuando Lucía avanzó un poco más, comprobó que realmente el cubo se movía, pero no porque tuviese algo dentro. Un niño pequeño lo movía buscando algo tras él.

—Hola, pequeño.

El niño paró en seco, como si la película se detuviera en un fotograma. Estaba llenando su boca de migas de pan y restos de algo que había recogido del suelo y que masticaba mientras subía los brazos para rendirse.

—No, no, no…Tranquilo, pequeño —dijo Lucía.

Pero echó a correr. Corrió tanto como le permitieron sus piernas, hasta que tropezó. Cayó rodando sobre un montón de escombros apilados en el centro de la calle. Los escombros tenían trozos de azulejos de un color que destacaba en el gris. Uno de esos trozos le hizo un corte leve en la planta de uno de sus pies. Se detuvo con la mirada fija en Lucia y Andrés, gritando que no lo mataran. Volvió a levantar los brazos.

—Ven aquí, pequeño —dijo Lucia acercando su mano para acallarlo. Y lo consiguió, hizo que el pequeño bajara un poco la guardia y cediera ante el abrazo que ella le ofrecía. Cuando lo tuvo cerca, lo apretó contra su pecho y besó su cabeza… tan pequeña.

—Eso es. Come —susurró Lucía mientras la criatura devoraba el sándwich que sacó de su mochila.

Varios pedazos de pan cayeron al suelo por las prisas de comerlo, pero no le importó. El pequeño lo recogió con celeridad y los llevó de nuevo a su boca. Lucía le pidió que los acompañara. Buscarían más comida para él.

—¿Cuál es tu nombre?

—Nayef, señora.

Lucía le agarró de la mano y caminaron. Mientras, Andrés lo grababa todo, dejando atrás una parte de la ciudad totalmente destruida. Nayef vestía un pantalón ancho, sujeto a la cintura con una cuerda, y una camisa que dejaba ver su ombligo. La  piel apenas le arropaba los huesos. Tenía la cara tiznada de negro y era evidente que las rayas que cruzaban sus mejillas había sido el camino de algunas lágrimas. No dejaba de rascarse la barriga y la cabeza. Su mirada, en cambio, estaba viva.

Todos permanecieron en silencio un buen rato.

—¿Estás solo, Nayef? Quiero decir… ¿No tienes a nadie, nadie está contigo? —dijo Lucía con la voz rota. El pequeño solo negó con la cabeza. Siguieron un rato más, en silencio, pero esta vez tenían la mirada perdida en sus pisadas.

Llegaron a una plaza en la que nada quedaba en pie. Los edificios parecían cascarones de huevos rotos. Buscaron un lugar donde sentarse. Ya era mediodía, y en el mes de julio el calor se hacía notar. Nayef tenía el cabello revuelto y restos de polvo pegado a la piel. No paraba de rascarse la cabeza. Sus manos y los pies tenían un color distinto al resto del cuerpo. Lucía y Andrés no dejaban de mirarse en silencio mientras el pequeño bebía de golpe el agua de la botella.

Después de dejarlo descansar un rato bajo aquel sol ajeno a todo lo que estaba pasando, Lucía sacó valor para preguntarle a Nayef todo lo que necesitaba saber de él. El niño contó que tenía siete años, que no sabía leer ni escribir, pero que sí sabía dibujar el sol, el cielo y el mar. Nunca había visto el mar, pero le habían dicho que era muy azul. Lucía le preguntó si podían buscar a alguien de su familia para que lo cuidara, y Nayef dijo que no: «A mi abuela la estaban sacando cuando llegué a su casa, señora. La reconocí por el delantal de flores que siempre se ponía  para cocinar», dijo entre lágrimas. Lucía no preguntó más.

Se dirigían a la plaza del pueblo, donde esperaban encontrar a los humanitarios de una ONG que llevaría comida y básicos para la población. Nayef iba adelante marcando un paso rápido, descalzo, por encima de los escombros, y sorteando edificios derrumbados  con la habilidad de una gacela perseguida por un depredador.

—Tengo que sacar a este niño de la ciudad, Andrés, no puedo dejarlo solo en este sitio —logró decir Lucia tras parar un momento a coger aire.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Ya lo hice hace unos años con otra niña. Confía en mí.

En la plaza había muchísima gente delante del camión de los víveres. Lucía levantó la mano para saludar a un joven que, al verla, sonrió, y al advertir que un niño la acompañaba, cogió una de las bolsas que repartían y caminó en dirección a ellos. Después de saludarse y entregarle el paquete, él y Lucía se sentaron sobre una piedra mientras Andrés y Nayef observaban uno de los pocos pájaros que solían visitar la ciudad.

—Necesito pedirte un favor, Mario —dijo Lucía nerviosa—, necesito que este niño salga de la ciudad con nosotros.

Se volverían a ver en dos días. Allí decidirían lo mejor.

Después de hablar con Mario, Lucía se acercó a Nayef y, agachándose para estar a su misma altura, le preguntó si le gustaría darse un baño de agua caliente. El niño aceptó sonriente y continuaron el camino de vuelta a la casa donde se hospedaban Lucía y Andrés.

Durante aquellas cuarenta y ocho horas, Nayef pudo disfrutar de un baño caliente, de dormir entre las sábanas limpias de la cama de Lucía y comer la fruta y el caldo que Mario les había entregado. Hablaron de los lugares en los que a Nayef  le gustaría vivir, o al menos visitar en algún momento, de buscar una casa bonita y a una nueva familia. El pequeño aceptó aquellas palabras con esperanza. La primera noche, ni él ni la chica pudieron dormir. La segunda noche, en cambio, fueron las bombas las que no les permitieron ni el descanso ni la tranquilidad. Andrés se encontraba fumando un cigarrillo en la ventana cuando una explosión muy cercana hizo que el pequeño gritase del susto. Lloraba, temblaba y apretaba fuerte la mano de Lucía cada vez que una bomba tocaba tierra. Lucia posó los ojos en su mirada y le prometió que lo sacaría de allí muy pronto.

—Descansa pequeño, mañana nos espera un día largo —dijo Lucía mientras le acariciaba la cabeza.

—Cuando muera y vaya al cielo, hablaré con Dios y se lo contaré todo —dijo el pequeño con angustia. Después, cerró los ojos.

—Claro que sí, Nayef. Ahora vamos a descansar —anunció Andrés apagando su cigarrillo y tumbándose en el sofá.

 

El camino hasta donde Mario los esperaba no fue fácil. Esa mañana el viento había levantado una polvareda amarillenta que apenas dejaba ver más allá de dos metros. Andrés cogió al pequeño en brazos mientras Lucía le ató un pañuelo tapándole nariz y boca. El lugar de la cita con Mario estaba algo alejado, así que decidieron salir temprano.

Cuando llegaron, el polvo seguía impregnándolo todo y era difícil incluso hablar. Mario los estaba esperando, y al verlo, Lucía se acercó a él. Hablaron durante unos minutos y este señaló el camión que los sacaría del país.

Cogieron más  alimentos para el camino, corrieron hasta el vehículo que los esperaba. Era ya mediodía y el sol calentaba demasiado, el polvo se pegaba a la piel. Montaron en el camión tan rápido como pudieron para que nadie los viese y se escondieron en el fondo, detrás de las mantas que repartían en los campamentos de refugiados. El vehículo empezó a moverse y Nayef se abrazó fuerte a Lucía mientras le acariciaba la espalda para calmarlo.

Estaban llegando a la frontera, dejando atrás ciudades que no volverían a ser las mismas. Notaban los baches del camino cuando el vehículo se balanceaba y los agitaba con brusquedad. Él pequeño no se despegaba de Lucia, su cara reflejaba la incertidumbre de una situación que Nayef desconocía. Las explosiones eran cada vez más frecuentes. A lo lejos, se podía ver el humo y el fuego que salía de varios lugares, pero Lucia lo tranquilizaba contándole cosas de la ciudad a la que se dirigían. El pequeño la abrazaba con más fuerza cuando ella sonreía. De pronto, un estruendo hizo que se llevaran las manos a los oídos. El camión volcó.

Todo quedó en silencio. Lucía miraba a su alrededor, pero nada se movía. Andrés sangraba por la nariz y yacía a varios metros de ellos. Nayef tampoco se movía ni respiraba, ni reaccionó cuando le gritó que abriera los ojos. Lucía cayó de espaldas. Soltó la mano del pequeño. Al cerrar los ojos, una lágrima resbaló por su mejilla.

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Cuando hable con Dios

Vanesa Sánchez Martín-Mora

Fotografía de Randy Tarampi en Unsplash