Esta es tu historia, no es la mía. La que te recuerda de pie en la cocina, esperando una, dos, tres… cuatro horas mientras miras de reojo la paella reseca, deseando con toda tu alma que se abra la puerta, o que no se abra, que no se abra, que no se abra porque es peor. Siempre es peor.

Has aprendido a no preguntar. Pero da lo mismo, tu silencio provoca, tus ademanes provocan, tus miradas provocan. Tú provocas.

Inútil. Eres una inútil. Te agarran del cuello y te estampas contra la pared. El bebé llora. No tienes leche, si es que no vales ni para eso.

Ya poco importa la paella, ni siquiera tú importas. Eso sientes, eso piensas.

Eres una mujer que madruga, madruga mucho, que trabaja, trabaja mucho, para cobrar, y no cobras mucho, el dinero que te ayude a saldar las deudas que no son tuyas. ¡Angustias! ¿A dónde vas a ir tú? Allí, te morirías de hambre.

¿Te vas? Sí, vuelvo a mi casa. Algo sospechaba yo. Cada vez que te sentabas parecía que lo hacías sobre alfileres.

Y dejas ese trabajo.

Y esperas a que vengan a buscarte los pocos amigos que te quedan en esa ciudad, extraña a pesar de tus siete, ocho o nueve años allí.  Hoy es el día en que no sabes a ciencia cierta en qué año decidiste seguirlo, solo recuerdas la fecha en que volviste a tu casa. Desde entonces, el día de Todos Los Santos es el día de Tu Renacimiento.

Y su familia calla. No esperes que te comprenda su entorno. Solo percibirás el rumor sordo que te hace responsable de la ruina de tu hogar.

Para ellos no eres más que la víctima de tu propio desahucio moral.

Esta es la historia de tus ojos tristes.

Los ojos de la culpable. Eso dicen ellos de ti.

Tu historia. Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

Txaro Cárdenas Peña

Fotografía de Javier A. Bedrina