Recién estrenada en cines, y disponible con suscripción Premium en Disney+, Raya y el último dragón nos llega en plena pandemia con la fuerza innata de una auténtica heroína.

Crítica: Raya y el último dragón

En el año 2012, Brave, de Brenda Chapman y Mark Andrews, sorprendió a buena parte de la audiencia. No sólo fue la primera película Disney (en asociación con PIXAR) sin que la princesa tuviera un interés amoroso. También fue la primera enfocada por completo en el camino del héroe emocional y profundamente conmovedor de Mérida, dispuesta a correr todo tipo de riesgos para lograr su libertad. Y lo logra: la pelirroja princesa reclama su propia mano en una justa; debate sobre asuntos de estados en una sala repleta de escuchas perplejos; recupera la relación con su madre y, al final, decide el curso de su destino y el camino que seguirá su vida en el futuro. A diferencia de buena parte de las películas de la factoría del ratón Mickey, el film no termina con un beso de amor, sino con Mérida corriendo a caballo junto a su madre por un paraje extraordinario, en busca de su identidad. 

Pero fue Frozen (2013), de Jennifer Lee y Chris Buck, cuando la percepción de la princesa que se bastaba a sí misma (y eso era más que suficiente) llegó con todo el poder al imaginario cinematográfico de Disney. Elsa no sólo era un personaje complejo con varias capas de significado y en medio de una situación emocional de profundo simbolismo, sino que no tenía el más mínimo interés amoroso. Por otro lado, su hermana Anna, era el estereotipo habitual del personaje del estudio, pero con un giro ingenioso. Tal y como se espera de ella, se enamora de un príncipe… que resulta ser no sólo malvado sino que además es la antítesis de todas las figuras masculinas de las historias de los clásicos animados más recordados. Por si eso no fuera suficiente, Elsa está en la búsqueda de su individualidad y lo hace, a través de sus capacidades asombrosas, que la hacen tanto como una mujer, como otra que al final es capaz de gobernar a su pueblo con la plenitud de su libertad e independencia. Por último, Anna se enamora de un hombre al que conoce, aprecia por sus cualidades encantadoras y que además, es un chico «corriente». Con toda su exquisita vuelta de tuerca, Frozen terminó por ser toda una celebración de un nuevo tipo de personaje femenino, tan peculiar como poderoso, sostenido sobre la convicción de un tipo de nueva idea sobre la mujer que Disney parecía haber comprendido en toda su arrolladora extensión.

Finalmente, fue Vaiana (Moana en Latinoamérica), la princesa Disney que daría el primer paso en la narración sobre mujeres que viven su propia historia, sin el añadido de un elemento amoroso, tangencial o incluso, circunstancial. Vaiana/Moana es una princesa en busca de sus propios triunfos. Una que además tiene un propósito originario que la emparenta con una divinidad femenina extraordinaria y una narración que la llevará a través de un largo y emocionante trayecto emocional. La princesa de un reino de infinita belleza en las islas del Sur del Pacífico es además una heroína por derecho propio en un recorrido fabuloso que la lleva desde los puntos más elaborados de la mitología local, hasta un desenlace en que se celebra el espíritu individual y el poder del trayecto hacia descubrir su propio camino. Vaiana/Moana, de la misma manera que Mérida y Elsa, son reflejos de un cambio contundente y profundo dentro de la forma de narrar historias de Disney. 

#RayaYElÚltimoDragón viene a formar parte de ese cambio contundente y profundo en la forma de narrar historias de @Disney y rompe por completo con la figura de la princesa en busca del interés amoroso. @Aglaia_Berlutti @DisneyRaya. Share on X

Pero es Raya y el último dragón (2021), de Carlos López Estrada y Don Hall, la que rompe por completo la noción de la princesa desvalida en busca de un propósito amoroso y lo hace en una narrativa que combina la mitología con el camino del héroe de Campbell en una brillante historia sobre superación, confianza y el poder personal. Disney parece haber tomado la decisión de brindar a su más reciente personaje no sólo un entorno fabuloso en que pueda hacer descubrir (y hacer uso) de todo su poder, sino que, además, construye un recorrido hacia la plenitud en la que crea una nueva perspectiva sobre el universo animado del estudio. Raya y el último Dragón es una combinación equilibrada e ingeniosa de la tradicional búsqueda del objetivo, con una historia de crecimiento y aprendizaje que lleva a su personaje a través de lugares inéditos en la narrativa de la compañía. Como si de una celebración a sus predecesoras se tratara, Raya es también un homenaje a la búsqueda de un lugar individual, una reconstrucción sobre el ideario femenino y al final, una celebración del poder del individuo. En conjunto, la película avanza con firmeza hacia el reconocimiento de la cualidad individual y lo hace con una delicadeza que sorprende y se agradece. 

#DisneyRaya es un homenaje a la búsqueda de un lugar individual, una reconstrucción sobre el ideario femenino y una celebración del poder del individuo. #Crítica de @Aglaia_Berlutti. #RayaYElÚltimoDragón. Share on X

Sin duda, se trata de un riesgo calculado. Raya y el último dragón podría haberse enfrentado a las mismas acusaciones de la Mulan (2020) de Niki Caro sobre apropiamiento e incluso revisión de mitologías locales. O quizás, incluso a la presión sobre la posible corrección política de una película cuyo argumento se basa en un personaje femenino que además, tiene su propio conjunto de ideales y decisiones. Pero en realidad, el guion es una ambiciosa revisión a varias culturas a la vez y también bebe de numerosas culturas del sudeste asiático, por lo que el resultado es una celebración de amplio rango sobre una nueva forma de heroísmo. Con su aire de cuidadosa mezcla de estilos y ritmo, es también una búsqueda precisa sobre la cualidad emocional y espiritual que sostiene a un héroe. Disney dejó atrás la pretensión de la bondad y el absoluto de las intenciones, para crear un personaje falible y en busca de su propia redención. Y lo hizo además, desde una cuidadosa mezcla de condiciones y esperanzas sobre el tránsito del bien y del mal como algo más significativo que sólo aproximaciones de hechos bien definidos. 

Si algo sorprende de Raya y el último Dragón es su formidable capacidad para abarcar el hecho de una travesía de sublime belleza hacia el origen del bien, algo más cercano a lo filosófico que a la mera aventura. De hecho, Raya (con una magnífica interpretación vocal de Kelly Marie Tran) es el epítome del héroe que no sabe que lo es, sino que está en busca de una forma de enfrentarse a sus propio miedos. La trama, un poco más compleja de lo habitual en las historias del estudio, comienza justo desde el punto del mal que se esparce y la forma en que puede vencerse. Raya creció escuchando las historias de su padre (Daniel Dae Kim) sobre el último dragón, su significado y la importancia que tiene sobre el objetivo de lealtad. Una linea de poder que podría unir a enemigos y contrincantes en una misma dirección. De hecho, la historia que rodea a las desaparecidas criaturas tiene algo de fabulación extraordinaria sobre el hecho de la desesperanza. Mientras el poder del mal se abría paso a través de la tierra, en una oleada de destrucción que casi convirtió a todos los seres vivos en estatuas de piedra, los dragones decidieron unir su poder en una alianza inédita para crear una piedra que sostenía y condensaba todos sus poderes. Se trató de un sacrificio enorme que evitó que el mundo fuera destruido. Sisu (con la voz de Awkafina), uno de los dragones fue el encargado de enfrentarse a la maldad que amenazaba a todos y murió en medio de un acto de donación suprema que Raya aprendió a admirar, mientras su pueblo y ella misma cuidan de la piedra.

Pero durante las primeras secuencias de la película, la piedra es robada, rota, y sus pedazos terminan por perderse en el mundo. El punto de inflexión supone no sólo una sacudida considerable al mundo de Raya, sino del hecho mismo de que la piedra (incluso dividida) es un objeto poderoso que puede ser utilizado para una guerra sin fin. Una especie de nuevo apocalipsis y nueva manifestación del mal. De hecho, uno de los puntos más altos de la película es su capacidad para metaforizar el mal como fuerza y el bien como objetivo. Entre ambas cosas, Raya debe emprender una travesía para comprobar la mera posibilidad de que Sisu continúe con vida y los trozos perdidos de la piedra. El objetivo no es el poder ni tampoco el reconocimiento: el personaje se aleja de lo formidable, en un intento de tratar de unir a su gente y, además, celebrar los ideales de lealtad e integridad con los que ha crecido. Hay una belleza sorprendente en la forma poética en que Raya y el último dragón metaforiza la búsqueda de la elevación moral, sin incluir sermones ni tampoco una necesidad de justificación. Raya tiene una misión que cumplir y lo hace desde una convicción firme de su necesidad de probar sus habilidades y rescatar la identidad del pueblo en que creció, representada por la piedra. 

Hay una belleza sorprendente en la forma poética en que #RayaYElÚltimoDragón metaforiza la búsqueda de la elevación moral, sin incluir sermones ni justificación. #Crítica de @Aglaia_Berlutti. Share on X

La película está llena de magníficas referencias: desde el aire aventurero y potente de la saga Indiana Jones (a la que rinde homenaje varias veces), hasta la visión emocional de La princesa Mononoke, de la que toma prestado algunos rasgos de la poderosa personalidad de su personaje principal y la atmósfera cada vez más singular que la rodea. Raya no es sólo una gran heroína: es también una guerrera preparada, experimentada y en pleno crecimiento. Una que batalla con sus fallas y también, ensalza sus errores como una forma de aprendizaje. Hay una belleza conmovedora en el tránsito de Raya en medio de la búsqueda de su identidad, un ritual de paso a gran escala que convierte la película en una celebración de la identidad y al poder espiritual de un personaje impredecible.

Además, Raya y el último dragón es también una celebración de lo mejor de Disney. Los escenarios brillan con escenas de asombrosa belleza, pero también hay una cuidadosa atención a lo pequeño que termina por crear una atmósfera de constante portento. Incluso en sus momentos hilarantes  — atención a la escena en que Raya se enfrenta a cierto grupo de primates criminales —  la precisión del dibujo y el escenario es un añadido de narrativa visual de enorme poder de evocación. 

Pero el principal punto de equilibrio y elogio de la película es el trabajo de su dúo de guionistas: Qui Nguyen y Adele Lim crean un entorno creíble, moderno y flexible en el que su protagonista se mueve con sencillez. Eso a pesar, de la gran cantidad de temas sociales y políticos que la película toca casi por aparente accidente, pero que forman parte integral de su discurso. Desde el respeto a la diferencia como la celebración del poder único y personal, la nueva princesa Disney debe luchar ya no por encontrar el amor, sino por responder grandes preguntas existenciales, bajo la delicada premisa de una narración que sostiene un sustrato poderoso sobre el bien y el mal. Con toda su potente capacidad para conmover, sorprender y deslumbrar, Raya y el último Dragón demuestra que las princesas Disney tienen un rostro nuevo y maravilloso que mostrar. Y uno que sin duda, maravillará a una nueva generación de niñas en busca de heroínas a las cuales admirar. Quizás, la mayor cualidad de la película. 

#RayaYElÚltimoDragón demuestra que las princesas Disney tienen un rostro nuevo y maravilloso que mostrar, que sin duda, maravillará a una nueva generación de niñas en busca de heroínas a las cuales admirar. @Aglaia_Berlutti. Share on X

Un artículo de Aglaia Berlutti
Montaje de portada: David de la Torre

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