El piloto de Game of Thrones no fue aprobado de inmediato. De hecho, los productores recibieron instrucciones de rehacerlo para que fuera menos confuso, extraño y cargado de personajes. Nadie sospechaba que ese primer fracaso sólo auguraba una larga ¡Atención: spoilers!travesía exitosa para convertirse en el programa más visto de la cadena que lo acogió desde la literatura y, mucho menos, un fenómeno pop de tal envergadura, cambió para siempre la televisión. El 19 de mayo del 2019, el último capítulo se transmitió en mitad de un debate público sobre la calidad del show, pero, aun así, logró alcanzar un nuevo récord de audiencia y convertirse en el tema más comentado en el mundo virtual. La escena que cierra ocho temporadas y una historia asombrosa, pareció no sólo un epílogo, sino también el final de un largo camino del héroe para los acérrimos fanáticos: Jon Snow (Kit Harrington) vuelve la mirada para despedirse del muro roto y Westeros queda en el olvido. Adelante, el bosque se abre y los salvajes  — tan libres como siempre quiso serlo el mismo Jon —  avanzan con pie firme. Atrás quedaron las batallas por el poder y las sangrientas intrigas hacia el Trono de Hierro que, por cierto, ha quedado sin ocupante.

#GameOfThronesfinal, la despedida de una epopeya cuyas claves te contamos aquí. #JuegodeTronosfinal: el cierre de una tremenda metáfora de la vida. @Aglaia_Berlutti. Clic para tuitear

Game of Thrones fue el ejemplo perfecto de la síntesis de todo tipo de influencias. De la misma manera que la saga río en que se basa (y cuyo primer libro bautiza la serie) hay mucho de Tolkien en sus largas escenas de caballería, la influencia de la magia y el peso de las historias morales que acompañan el largo recorrido hacia el trono de mil espadas de la Fortaleza Roja. No obstante, el escritor George R.R. Martin amplió los horizontes de la historia e incorporó todo tipo de simbología a los cinco libros publicados por ahora: desde leyendas artúricas, reminiscencias mitológicas directas de una evidente influencia campbelliana, e intrigas históricas hasta toques directos del género fantástico en estado puro, Game of Thrones navegó con facilidad entre vientos disparejos que remontó con éxito. La metáfora sobre el poder que corrompe  — ese veneno que aplasta incluso el corazón más noble —  se resumía durante la primera temporada en la frase de la Reina Cersei Lannister: «En Juego de Tronos, o ganas o mueres». La serie elaboró un discurso complejo basado en la estrategia, la manipulación, la traición y el movimiento del tablero del poder, que se sostuvo a través de los símbolos añadidos con cuidado para completar la mezcla de un escenario creíble en el que ningún personaje estaba a salvo de sucumbir a la tentación o a la muerte.

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Game of Thrones se alimentó de muchos mitos antiguos y modernos: para el último capítulo, Daenerys Targaryen (que comenzó su camino hacia el trono de Hierro como un héroe y acabó convertida en un tirano despótico), avanza en medio de las cenizas con el rostro inmaculado, radiante de una fría belleza que corona la presencia omnipresente del hijo sobreviviente, Drogon. El estandarte de su familia ondea entre las ruinas y mientras la Reina por derecho y por la fuerza se dirige a sus tropas en una lengua desconocida para los sobrevivientes, es evidente que esta líder carismática, poderosa y por el momento imbatible, tiene un único referente: Adolf Hitler. Pero también, horrores de pesadilla de invasiones con el derecho sobre la justicia. Daenerys Targaryen, última sobreviviente de su familia y líder carismática, es también un Rey Arturo malogrado por la ambición y un Vlad Tepes versionado desde el horror de las conquistas a fuego y sangre, para mayor gloria del poder establecido. Game of Thrones no escatimó recursos para mostrarnos la depuración de su discurso base, de su mirada a la corrompida esencia de los hilos del poder. «Me darán los siete Reinos» grita la Reina con los brazos extendidos hacia una multitud ordenada que golpea sus armas contra el suelo. Como una hueste romana o una película de Leni Riefenstahl. El horror está allí, el miedo real de los peligros del poder, mientras el chillido furioso del dragón recuerda que el poder es del más fuerte, no precisamente del más sabio o capaz.

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Daenerys se convirtió en el último giro de una serie que, de la misma manera que los libros, usó la sorpresa para sostenerse. Desde la muerte de Ned Stark, la terrible crudeza de la Boda Roja o la destrucción del Septo de los Siete hasta la muerte de Hodor, en Game of Thrones lo único seguro fue la crueldad. Una tan depurada, estética e incómoda, que este último capítulo de enorme sutileza visual y sofisticada puesta en escena supo a poco y pareció más sobrio que impactante. Por supuesto, todo estuvo allí: La muerte del amor en manos del deber (esa rueda interminable de un Targaryen prediciendo quizás el destino de otro), el Dragón derritiendo el malhadado trono luego de la muerte de su madre, la rueca del poder forzada a mantenerse sobre nuevas reglas. Todo tuvo sentido  — o al menos una interpretación real —  pero quizás, no el poder rotundo de otras temporadas. Sin embargo, no se trata de una pérdida sino de una lenta reconstrucción simétrica de una narración que construyó sus peldaños con cuidado y al final, los encajó casi con demasiada prisa. Bran Stark (Isaac Hempstead-Wright) se alza con el poder y abandona la vieja condena de las espadas de los vencidos; Tyrion (Peter Dinklage) lleva la responsabilidad de ser la voz del Reino; Sansa (Sophie Turner) gobierna el Norte más sola que nunca; Arya (Maisie Williams) emprende un viaje para conocerse a sí misma; y Jon, el que jamás tuvo identidad y jamás quiso otra cosa que un poco de paz, parte al exilio. Al final de todas las cosas, la casa Stark recuperó su dignidad y el horror del poder escindido se derrumbó en medio de una realidad plana e, incluso, aburrida.

Game of Thrones se despide como comenzó: la rueda del poder sigue rodando, sólo que con nuevos rostros. Los hombres aplastados por el brazo del dominio o del deber, mientras las mujeres movían las piezas de las líneas de tronos y terrores con destreza. Un recorrido seminal por una historia que terminó sin héroes ni villanos y que pareció abarcar cada debilidad y fortaleza del espíritu humano, sin decidirse al final por ninguna.

 

Un artículo de Aglaia Berlutti