Uno no puede evitar, con el poso del tiempo transcurrido desde que la 71 edición del Festival de Cine de San Sebastián echara la persiana, la sensación de haber transitado por una edición sin brillo, ni en lo que a glamour se refiere siquiera. Vaya por delante que el que suscribe estas líneas no vio todas las películas programadas en la Sección Oficial y en la de Perlas y que cabe la posibilidad de que una estadística caprichosa lo abocara a las propuestas menos interesantes, cosa poco probable. Pero, para empezar, lancemos una primera reflexión: ¿qué se considera interesante, qué debe tener una película para conseguir una aprobación unánime, un consenso crítico? ¿Aquello que en literatura se denomina «narratividad»?, ¿personajes bien perfilados?, ¿una atmósfera envolvente?, ¿un estilo personal?, ¿originalidad?, ¿interpretaciones excelsas?, ¿un poco de todo o todo ello? Con la suma de todas esas particularidades se alcanzaría la convención unánime de lo que es una gran película, incluso una obra maestra, pero, el caso es que no hay un canon fijo para determinar lo que es una excelente interpretación, una atmósfera abarcadora, un estilo propio o una narración fluida y consecuente. Cada uno de esos aspectos, de esas partes que, unidas, dan el todo, están sujetas a la apreciación personal, a la mirada del espectador, a la subjetividad y, al mismo tiempo, no todo vale, esa frase laxa que se oye a menudo y muchos defienden de que «no hay nada bueno, ni malo, depende de cada uno, si a ti te gusta…» no es cierta y podemos hablar objetivamente de películas malas, fallidas, mal construidas y de películas buenas, bien hechas. Paradojas del cine, de las artes, de la vida… de la única quiniela que uno puede estar seguro en este nuestro querido Zinemaldia es que la valoración de los medios entendidos acreditados no va a coincidir; y que se puede dar la circunstancia de que un largometraje sea recibido con tibieza por los espectadores en sala, conquiste al jurado de una de las múltiples distinciones que concede la organización y que, finalmente, no llegue a estrenarse en las salas comerciales. Lo dicho, grandezas y miserias del séptimo arte y la parafernalia que lo rodea.

A estas alturas de la película —nunca mejor dicho— ya sabemos de qué pie cojea Isabel Coixet, su estilo, lo que nos puede ofrecer, y todo eso de que «o la amas o la odias». Pues miren, ni lo uno ni lo otro. Y su cinta Un amor, a concurso en la Sección Oficial, es una película más que digna, una historia sencilla, absolutamente fiel a la novela de título homónimo de Sara Mesa, una película que nos habla de crisis personales, vacíos existenciales y explora las relaciones interpersonales y las vías de comunicación. Una interesante traslación a la pantalla de lo que se viene denominando en los últimos años «novela rural». La directora catalana muestra oficio en su último trabajo, con una narración coherente y unas buenas interpretaciones entre las que destaca, la de Hovik Keuchkerian (La Casa de Papel), premio a la mejor interpretación de reparto, con un papel que le va como anillo al dedo, un personaje que es un auténtico caramelo, de lo mejor del filme. Para complejidades ya tenemos las espacio-temporales de Christopher Nolan o el simbolismo narrativo de Víctor Erice, uno de los premios Donostia de la presente edición, que rehuía en una entrevista reciente de ese halo de misticismo que le rodea, mostrando su cara más terrenal frente a la etiqueta de director de culto de baja producción aduciendo, entre otras cosas, que lleva muchos años trabajando el formato digital.

Ya sabemos que peliculones, joyas cinematográficas, aparecen una cada cinco, diez años, y, por tanto, es difícil dar con ellas, incluso en la sección Perlas, que se distingue por contener  largometrajes avalados por el éxito comercial, de crítica o haber sido programadas —premiadas muchas veces— en Festivales de talla internacional como los de Berlín, Cannes y Venecia, o los algo menos comerciales de Sundance o Tribeca. Aún colea en mi cabeza la agitación que me produjo Elle (Paul Verhoeven, 2016), con una Isabelle Huppert brillante para liderar un guión colosal; una película que tuve ocasión de ver junto a una directora de cine pamplonesa que se jugaba la vida en esos días, tratando de vender su ópera prima en reuniones con los que mueven el dinero de la industria. La cara de perplejidad con la que nos miramos cuando se encendieron las luces tras desfilar los títulos de crédito también la recuerdo, como de «¡buah, chaval!» que dirían los más jóvenes. Un atrevimiento magnífico, de una incorrección política enmarcable, «en estos tiempos que vivimos de literalidad» que diría — dijo, de hecho— la escritora madrileña Marta Sanz en una charla que ofreció junto a Sara Mesa dentro de la programación del festival de literatura Literaktum. La llegada (Denis Villeneuve, 2016) también rayaba a un muy buen nivel. Dos claros ejemplos de películas sobresalientes por su originalidad, entendiendo ésta como la capacidad de ofrecer una mirada distinta, un tratamiento diferente. Es lo que debería perseguir toda obra que pretende atraer la atención y conquistar al receptor. No queda otra salida, no olvidemos, como dijo Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, que solo hay tres temas sobre los que escribir —el amor, la vida y la muerte—, por lo que todo está escrito —y todo está por escribir— si aplicamos sobre los grandes temas universales y atemporales esa mirada particular, diferente, que a menudo se logra desenfocando el tema principal, situándolo como contexto, atmósfera o personaje en una historia que nos habla de otra cosa; también de la mirada de un personajes secundarios. Por cierto, dos películas, las aludidas, que se dieron en un mismo año, suerte la de aquel 2016.

Sobre algunas proyecciones de la 71 edición de este Festival de cine de San Sebastián

Monstruo (Hirokazu Koreeda, 2023) lo más llamativo, a mi entender, de esta 71 edición, dentro de Perlas. El maestro japonés nos ofrece una historia de cierta complejidad narrativa, con flash backs bien dosificados que van completando la información escamoteada y ayudan a resolver los equívocos del planteamiento inicial. Una película muy actual, que trata el bullying entre alumnos, el abuso de poder, la homosexualidad, con un interesante giro narrativo. No es la única película que transcurre en ese «universo instituto», ya que A real job, a competición en la Sección Oficial, trata la complejidad de las relaciones entre profesores y alumnos. Curiosamente, mientras que en la primera, el colegio prefiere sacrificar un peón — el profesor— para salvar la institución, la segunda nos muestra como el centro cierra filas en torno a una profesora desquiciada, en un claro ejemplo de corporativismo.

Fallen leaves (Aki Kaurismaki, 2023), nos presenta unos diálogos realmente inverosímiles. No es natural que personajes sumidos en el caos y la desesperación afronten los reveses de sus vidas con comentarios tan ocurrentes, cómicos y divertidos. Vidas tristes vs. diálogos lacónicos e irónicos. Aceptando la convención que el realizador finlandés nos propone, nos encontramos ante una película bien construida, que nos muestra las vicisitudes de una reponedora de supermercado sin recursos y un operario de fábrica alcohólico. Indaga una vez más Kaurismaki en las vidas grises de las clases sociales más desfavorecidas. Con alusiones a Bresson y Godard y una redundante referencia a la guerra de Ucrania al igual que los filmes de la nouvelle vague se veían atravesados por la realidad del momento.

Finger nails (Christos Nikou, 2023), es una propuesta original y divertida. Algunos la calificarán como «nadería prescindible». Sin embargo, el mero hecho de presentar un guion tan original como disparatado, nos hace recomendarla como sano entretenimiento. Solo hay que dejarse arrancar una uña, que es analizada en un artefacto deliberadamente antediluviano parecido a un microondas. En unos instantes, uno tiene el porcentaje de compatibilidad con la otra persona. En  juego nada más y nada menos que el amor verdadero.

They shot de pianist (Fernando Trueba, 2023), es el regreso del director madrileño y Javier Mariscal a la animación tras Chico y Rita. Un periodista musical investiga la figura del pianista brasileño Tenorio Jr., coetáneo de Vinicius de Moraes o Joao Gilberto, entre otros. Una oda al jazz, a la bossanova, a la música, y al mismo tiempo una firme condena de la dictadura de Videla.

Kalak (Isabella Eklöf, 2023). ¿Qué derroteros puede tomar la vida de un adolescente después de sufrir una agresión sexual a manos de su propio padre? El protagonista de esta historia intentará encontrar su sitio, su camino en la vida, en Groenlandia, donde definen como «kalak» —sucio groenlandés— a los forasteros que llegan. Inicio duro y explícito el de este largometraje de estructura circular que nos muestra las idas y venidas sentimentales de su protagonista en un entorno hostil.

El sueño de la sultana (Isabel Herguera, 2023). Propuesta de animación de la realizadora donostiarra a concurso en la Sección Oficial. Entre la ensoñación onírica y la utopía. ¿Se imaginan la India gobernada por mujeres?

All dirt roads taste of salt (Raven Jackson, 2023). Lenta, con planos interminables hasta la desesperación y de complejidad narrativa. No apta para todos los públicos. Poema fílmico, largometraje para disfrutar con los cinco sentidos… la proyección se masca, huele y toca, nos adentramos en las siempre sugerentes tierras de Mississipi, pero cueste entenderla, encontrar la historia e ir de la mano de ella.

Memory (Michel Franco, 2023). Trabajadora social ex-alcohólica y enfermo de alzheimer se conocen e inician una relación. Jessica Chastain y Peter Sarsgaard al frente del reparto. Guion, argumento y protagonistas que apuntan a drama para enmarcar… y, sin embargo, algo falla. A pesar de las buenas interpretaciones, uno se queda con la sensación de que a la película le falta chicha y se resuelve algo precipitadamente y no de la mejor de las maneras.

The Royal Hotel (Kitty Green, 2023). Película comercial sin mayor interés narrativo; más propia de salas de cine que de un Festival que da voz al cine de autor y producciones pequeñas y complejas. Por momentos, recuerda a Abierto hasta el amanecer. Entretenida —por poner algo en su «haber»—, nos brinda el encanto de ver a Julia Garner, una de las actrices emergentes de Hollywood —la indomable Ruth de Ozark— haciendo de Ruth.

The Successor (Xavier Legrand, 2023). Con treinta años, Ellias Barnes acaba de ser nombrado director artístico de una gran marca de moda. Las expectativas son máximas. Pero recibe la noticia del fallecimiento de su padre y, a pesar de que ambos estaban muy distanciados, ha de ocuparse de todo. Recibirá la inestimable ayuda de un amigo íntimo de su padre que, a su vez, lidia con un desgarrador drama personal. Thriller con aires de telefilme y «sorpresa» final.

Dance first (James Marsh, 2023). Interesante biopic sobre la figura del escritor irlandés Samuel Beckett. Con una propuesta formal original —el propio Samuel Beckett, tras recibir el premio el premio Nobel, huye de la ceremonia para encontrarse con su alter ego en un espacio límbico—, la cinta nos presenta un Beckett «peleado» consigo mismo que realiza un recorrido por las relaciones personales de su vida para dilucidar cuáles merecieron —más— la pena. Vemos a un Beckett en trato con el gigante James Joyce, en su participación en la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial, en la ceremonia del Nobel… interesante para los iniciados en el arte de la escritura, deja algunas frases para enmarcar, si bien no profundiza en su obra literaria. Buena interpretación de Gabriel Byrne.

La 71 edición del Festival de cine de San Sebastián en números. Más de 158.000 espectadores han asistido a las más de 600 proyecciones de 238 películas procedentes de 58 países, incluyendo 58 estrenos mundiales. Un incremento de público de más de 5.000 personas con respecto a la edición de 2022. Más de 5.000 personas acreditadas, lo que supone un 10% más que el año pasado. Cerca de 1.000.000 de visitas a la web del Festival.

Sin olvidarnos de las decenas de actividades paralelas —charlas, encuentros, presentaciones—; y los cubos del Kursaal y alrededores, hervideros donde se «cuecen» los negocios de la industria cinematográfica durante los diez días del festival.

Y más allá de las cifras, una ciudad que se vuelca con el cine, una pequeña ciudad de 180.000 habitantes comprometida un año más con la cultura.

Crónica del Zinemaldia. Reflexiones sobre la 71 edición del Festival de cine de San Sebastián. @sansebastianfes @Kerman Arzalluz. Clic para tuitear

Kerman Arzalluz

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