Cuando yo me muera, enterradme con mi guitarra bajo la arena. Cuando yo me muera, entre los naranjos y la hierbabuena. Cuando yo me muera, enterradme si queréis en una veleta. ¡Cuando yo me muera!

Federico García Lorca

 

Federico García Lorca nació en Fuente Vaqueros, un pueblecito en la vega de Granada, donde el agua de los ríos cubre con su manto el olor de las piedras, entre caseríos de color blanco y verdores de mediodía.

Vicenta Lorca, su madre, maestra de profesión, inculcó al poeta desde edad muy temprana el amor por la lectura. En la imagen que tenemos de su niñez, predomina, sin duda, el bienestar económico de su padre; don Federico García Rodriguez, labrador rico, con una excelente relación a niveles económicos en el pueblo, proporcionó una buena educación a todos sus hijos.

Una tarde, cuando el pequeño Lorca volvía de la iglesia, acompañado por su madre, vio en la plaza del pueblo un grupo de titiriteros armando su pequeño teatrillo. Se quedó fascinado con la imagen. Ni comer quiso, no paró de suplicar que lo llevaran a la plaza para poder entrar en aquel nuevo mundo que recién descubrió. Pidió a doña Vicenta que le fabricara muñecos de trapo y cartón para, así, estrenar pequeñas funciones en el patio de la casa, divirtiendo tanto a su familia, como al maestro, como al cura, como a sus primas…

Sus años de adolescencia fueron los que mayor huella dejaron en su obra. El campo continuó estando presente en la mayoría de sus escritos. Durante los años que vivió en la calle Acera del Darro (Granada), desfilaron por su casa campesinos, criadas de distintas partes de la vega, de ellos aprendió un sinfín de canciones, romances y melodías populares.

Su maestro de música durante muchos años, Antonio Segura Mesa, fue el que le inculcó la pasión por la música. Lorca, fiel aficionado al piano, tocaba durante horas para deleite de su familia y amigos. A pesar de su torpeza con las manos, tenía una extraordinaria facilidad para tocarlo. El poeta confió en poder cursar sus estudios de música en París, sin embargo, al morir su profesor, su incipiente carrera musical se interrumpió. A partir de ese momento, su pasión artística se decantó por la poesía.

Lorca: la gran verdad de la poesía

Lorca: vida, muerte y palabra de un poeta andaluz

Dalí y Lorca

En 1915, comenzó a estudiar Filosofía y Letras, así como Derecho en la Universidad de Granada. Allí entró a formar parte de “El Rinconcillo”, un grupo de intelectuales granadinos que se reunían cada tarde para hablar largo y tendido sobre la vida y sus caminos. En aquel rincón tuvo la suerte de conocer a dos grandes: don Manuel de Falla, uno de los compositores españoles más importantes del siglo XX y a Fernando de los Ríos, dirigente e ideólogo socialista español. En los años siguientes, debido a sus estudios,  Lorca viajó por España, conociendo así al poeta Antonio Machado.

Lorca: vida, muerte y palabra de un poeta andaluz

Lorca y Buñuel

Pronto se trasladaría a Madrid, instalándose en la Residencia de Estudiantes, coincidiendo con numerosos literatos e intelectuales. Allí entabló una estrecha amistad con Salvador Dalí y Luis Buñuel; un trío de locos medio cuerdos, intentando dibujar un nuevo mundo a través del cine, la pintura y, cómo no, la poesía.

Los años de estudiante trascurrieron felices para Lorca. Sus colegas tuvieron el privilegio de conocer antes que nadie, incluso antes que su propia familia, los primeros versos de Federico. Su eterna afición por el teatro le llevó a estrenar en marzo de 1920, El maleficio de la mariposa (reseña teatral de su nueva versión publicada en MoonMagazine), una fábula escenificada procedente de un poema temprano perdido. El teatro Eslava, donde fue estrenada, era por entonces, uno de los más prestigiosos de España.

En 1921 publicó Libro de Poemas, editado por Gabriel García Maroto en Madrid. Aquí os dejo un pequeño fragmento:

 

La sombra de mi alma

La sombra de mi alma

huye por un ocaso de alfabetos,

niebla de libros y palabras.

¡La sombra de mi alma!

 

Los artículos y críticas acerca del libro fueron favorables, aunque el propio Federico reconoció en una carta a su amigo, Adolfo Salazar, que no estaba del todo orgulloso con su trabajo.

Fragmento de la carta a Adolfo Salazar:

En mi libro yo no me encuentro, estoy perdido por los campos terribles del ensayo, llevando mi corazón lleno de ternura y sencillez por la vereda declamatoria. Adolfo, cuando las poesías estaban en la imprenta me parecían todas lo mismo de malas… Maroto te puede decir lo mal que lo pasé, ¡pero no había más remedio!

En #FedericoGarcíaLorca lo cotidiano era siempre como algo recién hecho. Clic para tuitear

Tras el éxito de su poemario, no tardó en convertirse  en uno de los poetas andaluces más reconocidos. «Y es que en Federico lo cotidiano era siempre como algo recién hecho», así lo contaba Isabel Lorca, cuando explicaba a los periodistas la admiración que sentía por su hermano. Pronto, la llamada Generación del 27, se convertiría en un referente de intelectualidad e inspiración para todos los poetas del mundo.

A su primer poemario siguieron muchos más, Poema del cante jondo, Romancero gitano, Sonetos del amor oscuro…, son tantas sus obras y tanto lo que en ellas se encierra. Tal vez, si tuviese que quedarme con una, sin duda lo haría con Poeta en Nueva York. Es uno de los más deslumbrantes ejercicios poéticos de la historia de la literatura universal. Este libro ha sido y será una clara influencia para la poesía de los siglos XX y XXI, inspirando a grandes poetas como Leonard Cohen, Amancio Prada, Ben Sidran o Compay Segundo.

Poeta en Nueva York, una clara influencia para la poesía de los siglos XX y XXI. Pilar Molina. Clic para tuitear

1910

“Aquellos ojos míos de mil novecientos diez

no vieron enterrar a los muertos,

ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,

ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar”.

 

Conferencias, charlas, autocríticas, homenajes, todos se rindieron ante su obra, todos se quedaban embobados al escucharle. Federico poseía esa magia, ese magnetismo del que solo unos pocos privilegiados gozan.

Lorca: vida, muerte y palabra de un poeta andaluz. Artículo de Pilar Molina García.

Sus piezas teatrales han sido llevadas al cine, ha sido representadas en innumerables escenarios. Bodas de sangre, Yerma, La casa de Bernarda Alba, Mariana Pineda…, son solo una pequeña muestra de la fuente inagotable de maestría que poseía nuestro poeta.

Amó sin límites con la piel y las entrañas. Vivió entre dramas, versos y fama de hombre honesto. La muerte de Lorca fue como una absurda tragedia griega, una serie de macabras circunstancias que confluyeron en un momento dado. Su nombre se convirtió en leyenda. Pocos poetas han vivido la literatura como lo hizo Federico. ¿Hasta dónde hubiese sido capaz de llegar con su obra? Recordemos que además de ser poeta, fue un magnífico ensayista y uno de los más grandes dramaturgos del siglo XX.

La muerte de #FedericoGarcíaLorca fue como una absurda tragedia griega. Clic para tuitear

Desde aquí, desde la voz de una fiel lectora en todos y cada uno de tus rincones, desde mis versos te recuerdo, te recuerdo como la gran verdad de la poesía.

 

A Federico

 

Romance de gigantes y estampas de oro.

 

Un grito osó levantar dos tijeras en cruz

mientras la muerte entraba y salía,

inocente,

como recién empujada

por aquellos campos amarillos.

 

Su nombre ya no llora, sus gritos

ya no visten las uvas de piel seca.

 

Debajo del olor a pólvora

hay una gota de sangre,

pero no de luna,

ni de mejilla, ni de moneda…

Hay una gota de sangre

en el hueco de su boca,

ella quisiera volver a cantar

entre verdes jaleos y tararas

llenas de perfume.

 

¡Mañanas de soneto y gacela!

 

Quiéreme viento, quiéreme palabra,

como él quiso a la luna,

al poeta de barba blanca,

al junco y al espino.

 

Quiéreme como él quiso a los olivares,

a la cruz de fuego, al pintor y la saeta.

 

Dos grandes mares

y un collar de perlas,

¿no habéis visto cómo

de resonante y profunda es su herida?

 

Este nombre nació salpicado de lunares,

¡este nombre que se repite una y mil veces

en el hueco de mis manos!

 

Federico, ¡ay Federico!,

háblame sobre la arena,

entre ramilletes y besos.

Háblame, poeta,

pronuncia mi nombre

y serás el cielo más alto

que habite en mi memoria.

 

Pilar Molina