La primera vez que escuché a Javier Krahe fue en mil novecientos ochenta y uno, en La Mandrágora, en el barrio de la Latina, en Madrid, mientras disfrutaba de un permiso de 25 días en la “mili”, que hacía en Cartagena. Entonces tenía veinte años y la vida por delante pintaba como vestía, de negro. Ni siquiera pasé por casa. La esclavitud a las órdenes, la obediencia debida, el mantenimiento del sistema y todo lo que representaba el ejército y la familia casaban mal con un tipo como yo, que en aquella época leía a Hesse, a Camus, a Castaneda, Kesey, Bukowski, y Hunter S. Thompson. Pero aguantaba. Aunque con un humor del color de mi vestimenta. Si me hubiera puesto un girasol en el ojal de la americana podía pasar perfectamente por Werther.

Hoy cultivo el humor y la sátira con la azada afilada del ingenio y conozco todos sus recursos, pero entonces, como todos los jóvenes, buscaba esa trascendencia que me explicara quién era y hacia dónde iba.

Creo que desarrollé la sátira, entre mis sarcasmos pesimistas, escuchando a Javier Krahe. Share on X

Una noche me invitaron a ese garito de nombre mágico y escuché las canciones de Javier Krahe, traducciones de Brassens hechas por él, y otras composiciones suyas: Marieta, la malvada; La hoguera; Un burdo rumor…  A partir de esa noche me interesé por Brassens y otros franceses, y aprendí que se podía contar historias y hacer pensar mientras se hacía reír al respetable. Busqué el humor. Leí a Swift, a Rabelais, a Vian, y descubrí a Pratchett, Sharpe, Adams…, o afiné, algo que ya venía de serie entre mis sarcasmos pesimistas, la sátira. Y quiero pensar que fue escuchando a Javier.

Ahora se ha ido un maestro y un poeta. Una buena persona, además. Y sin embargo, los malvados siguen vivos. Pero nunca sabrán reír. Ni reírse de sí mismos.

Los malvados siguen vivos. Pero nunca sabrán reír. Ni reírse de sí mismos. @editorlibre Share on X

Jean Larser

 

La primera vez que escuché a Javier Krahe fue en 1981, en La Mandrágora. @editorlibre Share on X