Crítica de Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005) por Francisco Javier Sánchez Manzano, escritor, traductor, intérprete y cinéfilo que visita la luna de MoonMagazine para disfrute de los amantes del cine.

#Crítica de Una historia de violencia, de David Cronenberg, un magnífico ejemplo de #western moderno. Francisco Javier Sánchez Manzano, @fjaviersanmanz, escritor, traductor, intérprete y cinéfilo. Clic para tuitear

Crítica: Una historia de violencia

En Llega un pistolero (Russell Rouse, 1956), entretenidísimo y poco conocido western, Glenn Ford interpreta a George Temple, un héroe atormentado que vive en Cross Creek, un pequeño y pacífico pueblo al que llegó, como llegó a otros antes, para iniciar una nueva y tranquila vida. Temple parece un hombre amable, educado, un vecino modélico que regenta una tienda y que nunca ha causado un problema. Lo que nadie sabe en ese pequeño pueblo es que George Temple es, en realidad, el tirador más rápido del mundo. El espectador lo intuye, pues desde el inicio de la película algunos detalles muestran que Temple no se comporta como un ciudadano corriente (el título original de la película, The Fastest Gun Alive, también podría servir de pista), pero será una apuesta en la cantina la que revele, tanto al espectador como a los vecinos de Cross Creek, la verdadera identidad del, en teoría, tranquilo tendero.

Una historia de violencia, de David Cronenberg: la violencia como instinto

Una película interpretada por Glenn Ford, Jeanne Crain y Broderick Crawford

Muchos años más tarde, en Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005), magnífico ejemplo de western moderno, Tom Stall (Viggo Mortensen) vuelve a representar la figura del héroe arrepentido que busca el anonimato y la paz en una pequeña ciudad estadounidense. Stall es un tipo amable, un buen vecino que posee una cafetería en una pequeña localidad de Indiana. La principal diferencia entre ambos personajes es que en el filme de Rouse, la esposa de Temple conoce su pasado y le anima, sin éxito, a alejarse de él, mientras que en la película de Cronenberg es Tom Stall quien se esfuerza una y otra vez en negarlo. Tal vez por eso no le cuenta su terrible secreto a Edie, su mujer (Maria Bello), a la que conoció después de su metamorfosis: Stall da por hecho que ese hombre violento y miserable, simplemente, ya no existe. Pero no sospecha que en ocasiones, el pasado regresa, golpea y obliga a elegir.

Viggo Mortensen y María Bello: Tom y Edie

Stall da por hecho que ese hombre violento y miserable ya no existe. Pero no sospecha que en ocasiones, el pasado regresa, golpea y obliga a elegir. Una historia de violencia, de David Croneneberg. #Crítica: @fjaviersanmanz. Clic para tuitear

La figura del héroe que busca redención es tan jugosa y plantea tantas posibilidades que ha sido explotada con frecuencia en el cine, sobre todo dentro del westernEl pistolero (Henry King, 1950); Raíces profundas (George Stevens, 1953); Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) o Sin perdón (Clint Eastwood, 1992), por citar unas cuantas. Y no solo en westerns puros, sino en enfoques más actuales: La vida mancha (Enrique Urbizu, 2003); Drive (Nicolas Winding Refn, 2011); John Wick (Chad Stahelski, 2014) o The Equalizer (Antoine Fuqua, 2014). Se trata, en todos los casos, de películas construidas alrededor de un héroe enigmático y sensible, de cuyo pasado poco o nada se sabe.

Basada en una novela gráfica de John Wagner y Vince Locke, publicada en 1997 por la editorial estadounidense Paradox Press y adaptada para el cine por Josh Olson (aunque Cronenberg no supo hasta el comienzo del rodaje que el guion que iba a dirigir estaba basado en un cómic), Una historia de violencia empieza con un plano fijo de cuatro minutos en el que se muestra la maldad en su estado más puro. Ese plano desemboca en la imagen de una niña, una figura inocente cuyo grito se transforma en la siguiente secuencia en el grito de otra niña: la hija pequeña de Stall, que ha soñado, no por casualidad, con monstruos y es consolada por su padre. La escena, acaso deliberadamente edulcorada para aumentar el contraste con la anterior, nos sirve para conocer a los Stall, una perfecta familia estadounidense. O no tan perfecta.

La película podría haber arrancado con esta presentación familiar, sin necesidad de detenerse en las acciones previas de los dos villanos, unos personajes con escaso recorrido y que pronto desaparecen. Sin embargo, hay una razón que justifica un inicio tan crudo: mostrar al espectador de lo que son capaces esos tipos y enfatizar el mérito de un ciudadano normal al enfrentarse a ellos. El encuentro tiene lugar en la cafetería. Allí desaparece por primera vez el brillo en la mirada de Stall, que durante unos segundos se embrutece, pues solo una bestia es capaz de acabar con otra. La pelea está filmada con toda la intención: en pocos planos, sin coreografías, con movimientos algo torpes. Stall, herido y confuso, parece un pobre hombre con suerte. Los vecinos lo consideran un héroe; él trata de quitarle importancia al incidente. Quizá teme lo que está a punto de pasar. Lo descubre más tarde, al asomarse a la ventana: el pasado ha vuelto.

Una historia de violencia, de David Cronenberg: la violencia como instinto 3

Tom deja ver a Joey Cusack

A partir de este momento, la violencia, como un virus, entra en casa de los Stall y contagia a todos: su hijo se pelea en el instituto, su mujer empieza a sospechar que algo no cuadra e incluso el sexo entre Tom y ella, mostrado antes como un acto dulce y apasionado, se vuelve salvaje y desmedido. Cronenberg nos está diciendo que la violencia es un instinto, y que forma parte de cada uno de nosotros. Ese es el mensaje principal de una película intensa, visceral, una magnética y precisa exploración de las emociones.

Una historia de violencia nos dice que la violencia es un instinto que forma parte de cada uno de nosotros. Una película intensa, visceral, una magnética y precisa exploración de las emociones. @fjaviersanmanz. Clic para tuitear
Una historia de violencia, de David Cronenberg: la violencia como instinto 4

Ed Harris es Fogarty

Las interpretaciones son magistrales (destacan Maria Bello, Ed Harris y William Hurt, que fue candidato al Oscar por su papel aunque sólo aparece unos minutos al final de la película). El guion de Josh Olson, si bien recoge la esencia del cómic de Wagner y Locke (los cuales, tal vez, se inspiraran en parte en el argumento de Frank D. Gilroy para Llega un pistolero), fue modificado por el propio Cronenberg, a quien no le convencían algunas partes de la novela. Aun así, contiene abundantes detalles que delatan su origen gráfico: el personaje de Fogarty, tuerto, vestido siempre con un traje negro; la excelente fotografía de Peter Suschitzky, con predominancia de tonos grises, ocres y azulados (el rojo, símbolo del mal, aparece en la camioneta de los villanos o en la casa de Richie); o el diálogo en la escena del hospital, cuando Tom, convaleciente en una habitación casi oscura (la luz se concentra en la cama, como si un foco apuntara al acusado), confiesa a Edie quién es:

—Creía haber matado a Joey Cusack. Me fui al desierto y acabé con él.

Este diálogo representa una clara alusión a la soledad del héroe que nos hace pensar, por ejemplo, en los viajes de Supermán a su fortaleza de hielo.

La película está estructurada en tres partes: la presentación del mal y del bien y su primer enfrentamiento. Las consecuencias de este acto, representadas por Fogarty (Ed Harris), que crea dudas en la familia y obliga a Stall a revelar su secreto. Y la parte final, en la que Stall viaja a Filadelfia para intentar cerrar definitivamente un tormentoso capítulo de su vida anterior.

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Joey

Esta estructura es uno de los aciertos del filme. Tras contemplar la segunda pelea, descubrimos quién es Tom (¡lo descubrimos al mismo tiempo que la familia Stall y hemos dudado tanto como ellos!). En esta ocasión, el montaje es más sofisticado: el sonido de una mosca en la ventana nos avisa de la inminente transformación (Cronenberg es un experto en moscas). La furia se desata en el jardín y lo que vemos nos golpea también a nosotros. Tom ha desaparecido, el sanguinario Joey habita ahora en su cuerpo. Los ojos fríos, el rostro cubierto de sangre. Ya no hay nada que esconder al espectador, ya no hay nada que esconder a la familia. De repente han pasado 58 minutos. Volando. Ya sólo queda contemplar las consecuencias que tendrá esta revelación para la familia e imaginar de qué modo se va a cerrar la historia. Y se cierra con una orgía de violencia y con el posterior baño de Tom Stall en un lago: una clara metáfora sobre la purificación. Luego, de regreso al hogar, asistimos a uno de los mejores finales del cine reciente. La familia. La cena. El perdón. Sin palabras. Un par de miradas apoyadas en la espléndida partitura de Howard Shore. Y fundido a negro.

Si Una historia de violencia no es una obra maestra, se parece bastante.

 

FICHA TÉCNICA EN FILM AFFINITY

 

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Francisco Javier Sánchez Manzano

Una historia de violencia, de David Cronenberg: la violencia como instinto 5

Francisco Javier Sánchez Manzano nació en Granada. Es licenciado en Traducción e Interpretación. Ha escrito las novelas: El testamento del aire (2007, finalista del I Premio Qué Leer Volkswagen); El dios de la ira (Ediciones Dauro, 2013); El hombre de la gasolinera (Esdrújula Ediciones, 2017); El centinela del desierto (Esdrújula Ediciones, 2019) y El día azul de la venganza (Esdrújula Ediciones, 2020).

Es un apasionado del cine y ha participado en diversas conferencias sobre cine y traducción. También participó en la I Edición del Granada Noir (2015). Desde 2018 es colaborador habitual del diario digital Ideal en Clase.

 

 

Un artículo de Francisco Javier Sánchez Manzano

Montaje de la portada: David de la Torre

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