Estefanía González (Grado, Asturias, 1970), autora de Dios en la ría, ha escrito con anterioridad dos poemarios: Raíz encendida (2014, Ediciones La Baragaña) y Hierba de la noche (2012, Editorial Gravitaciones). Poemas suyos participan en antologías colectivas como La noche y sus estrellas o 25 voces alrededor de San Juan de la Cruz. Además, en 2021, publica el libro de relatos breves En sueños de otros (Editorial Tres Hermanas). Esta licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo imparte talleres de lectura y codirige La Escuela de Letras de Gijón.

Calificar a Dios en la ría como poemario del dolor humano quizá sea lo más directo y aclaratorio para entrar en materia. Fernando Pessoa previno: «El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente». Si antes de proferir su sentencia, el ilustre bardo luso hubiese leído a Estefanía González…

Y es que mostrando su desagrado por la cotidianeidad de la vida, o cuando vislumbra en un color negro-negrísimo el porvenir que nos aguarda a la vuelta de la esquina, a la poeta asturiana vale aplicar cualquier epíteto menos «fingidora». Si bien es cierto que el dolor no escasea como temática poetizable, tras leer Dios en la ría se percibe el sabor áspero dejado por sus más intensas revelaciones; un sabor, aspérrimo ya, cuando catamos las que develan con rigor aquello que evitamos (o no queremos ver).

El poeta navarro Ezequiel Endériz dijo: «La poesía desencadena y hace libres los espíritus, consuela los dolores y eleva el alma; puede, en fin, más que el bárbaro verdugo y la más dura pasión». Leyendo con concentración a Estefanía González (situada en las antípodas de esa facilidad benedittiana que tanto agrada hoy a los escasos lectores de poesía) nuestra primera sensación es la de quedar sacudidos por sus versos. Sigue su cabal comprensión y unas encadenadas reflexiones que desembocan en la purificación: alguien dijo que gran poesía solo es aquella que posee la virtud de limpiar nuestro dolor.

Leyendo con concentración a Estefanía González nuestra primera sensación es la de quedar sacudidos por sus versos. Dios en la ría. @BartlebyEditor @hierbadenoche. #Reseña de J. M. López Marañón. Share on X

En la primera parte de Dios en la ría, «Cuerpo desnudo del invierno», una buena cantidad de composiciones se ocupa de averiguar qué produce el dolor, algo muy complicado de poetizar, ya que si algo caracteriza al profundo sufrimiento es, precisamente, su inexpresabilidad.

Estefanía González se las arregla para concretizar un racimo de causas generadoras de dolor: así, la inacción de Dios ante la más inaceptable injusticia [1]; el abandono del amante [2]; el egoísmo irresponsable [3]; el dolor propio como epicentro de la misantropía [4]; el desconocimiento de las leyes naturales [5]; el recuerdo de la infancia [6]; el ruido de la existencia, antesala del infierno [7]; el mundo endurecido [9]; la entrega del corazón [10]; el padecimiento astillando los huesos [11]; la aridez del paisaje y la luz del ocaso [13]; el amanecer [14]; el cuerpo masculino impidiendo la transparencia [17]; el mal sueño [19]; el alcohol provocador de efímera lucidez [21]; la avaricia [22]; la belleza generada por sueños [24]; el descoloque social [25]; experiencias extremas [26]; la calle solitaria y nocturna [27]; el final de la música [33]; el peso que acarrea la poesía [35], y esos buitres de envolvente vuelo [36].

[6] CACOFONÍA DE FLAUTAS

Cacofonía de flautas.
Selva que invade mi infancia y
la deforma.

En las casas levantadas
sobre delgadas columnas
aún hay ropa.

Llaman desde abajo niños,
desde el terraplén de arcilla y
ladran madres.

Ando tejiendo mis telas
de temblar. 
Tengo el sabor en la boca
del temor.

Se hace de noche entre los edificios.

Resuenan alargadas
las voces de los niños.
[21] LA ESPALDA. EL INVIERNO LLEGA

La espalda. El invierno llega
y el mareo del frío.

Tan rápido. Con tal cansancio encima.
Un pajarito que se queda muerto
mi alma cuando bebo así.

Muerte por alcohol.

Mis ojos veían.

Mis oídos oían.

En cantidad menor, pero con igual calado poético, esta primera parte del libro de Estefanía González incluye poemas que combaten el dolor paliándolo en la medida de lo posible: se recomienda huir de cobijos multitudinarios y refugiarse en el cuerpo de cada uno [8]; disfrutar de la tarde herida por el crepúsculo y de la leña que arde [12]; de un sosegado y silencioso viaje en tren que permite vislumbrar las bellezas de un bosque [15] o de los bollos de pan caliente que emergen de un obrador [16]. La pierna de un niño como símbolo de incorrupción [28]; las notas musicales y sus silencios vibrando en la conciencia [29]; los juegos infantiles entretejiendo la vida [30]; el silencio íntimo y creador [31]; la transparencia alcanzada por dos amantes [32], y esos ojos infantiles, vislumbrando un mundo prometedor a través de los visillos, son otros remedios.

[29] CRECEN SILENCIOS ENTRE LAS NOTAS

Crecen silencios entre las notas.
Cada una me golpea y muere. Todo mi cuerpo la recibe.
También el sol de nata en la habitación amarilla.
Hacen vibrar el tiempo sin tiempo de la conciencia.
Me elevo y giro herida en el espacio
sobre la sierra desnuda de hueso.
[32] NOCHE INMÓVIL

Noche inmóvil.
En confluencia de dos mares
caigo al fondo.

Rechina la nave
en su huida.

Dime si sufres.
El corazón de la caracola
son sus pliegues.
Toda ella es corazón
y al fondo
un sin fin.

Afinada como un cristal de hielo
que sostienes contra el sol.
El mundo se deshace.

Entro en tu transparencia
como un guijarro.


Gratitud.
Semillas de álamo blanco.

La segunda parte de Dios en la ría, «Cuerpo de padre», compuesta por veintiún poemas [37-57] de no muy larga extensión, están centrados en contar (sin omitir detalle) la agonía e inevitable deceso de un padre a quien asiste su entregada hija, con conmiseración y esperanza a la vez. De esa batalla entre resistencia y ser derrotado, aparte del lógico dolor que acarrea, se extraen impagables enseñanzas.

La inmutabilidad de la naturaleza, su insultante quietud frente a ese cuerpo por el que el tiempo ha dejado de transcurrir, es denunciada en varios poemas:

[…]

«En los jardines, paz.
Ni el temblor de una hoja.
No. El brillo de un ala.
Hay quietud fantasmal
y un estruendo de pájaros».

Motivo principal de esta serie es referirse al cuerpo del padre como el campo de batalla donde tuvo lugar la pelea entre vida y muerte. Antes, el combatiente de las fuerzas de la vida —al que se denomina «general»—, pertrechado para el combate, vence la tentación de no disputar la batalla, que por fin acontece con él y deja un arrasado escenario sobre el que el tiempo se ha precipitado…

[…]

«Esto fue campo de batalla.
Esto fue campo de mi padre.

Nada nacía de la ceniza.
Arrasado. Y ved ahora:

praderas infinitas
con fuentes de cañaveral.

Aquí se celebraban
peleas de demonios.

Era el atardecer,
los dioses en lo alto».

[…]

Finado el padre, los ojos se vuelven hacia el dolor de su hija. Esta sostiene su mano como si solo estuviera dormido con la esperanza del despertar, o coloca su oreja sobre el pecho del difunto. Pero está mudo. A pesar de haber asistido a una prolongada lucha la hija no evita gemir ante su previsible desenlace y hace compañía al revolcado general con la negra noche —que aporta apocalípticas imágenes— como pérfida compañía.

Tras recordar el mundo compartido con su progenitor, y deseando que esa misma muerte también la lleve, ella encuentra alivio en los recuerdos con él vividos, algo que hace despertar la ilusión de una inmortal presencia:

[…]

«Hendíamos un mundo transparente.
Padre barco surcando infatigable
la transparencia.

Sobre los bosques cercanos
Se abren claros entre las nubes

Iluminaciones.

Confía. Yo confío».

Por último resaltamos de esta fúnebre colección el portón que separa vida y muerte, y ante cuya solidez e impenetrabilidad cualquier gesto resulta inútil. Su cierre supone el inevitable final del cuento:

[…]

«Entre dos mundos se cierra un portón.

Un tiempo y otro tiempo
se cabalgan matando.
Se penetran y cortan».

Sin embargo esta parte (y el propio poemario) se cierran con un poema [57] que copiamos íntegramente y en el que vislumbramos cómo, con una metáfora clara y nítida, la poeta apuesta por la vida:

[57]

NO están muertos.
Están vivos
estos peces que llevan el sol.

Del brocal los tomo y besan mis manos.

Estefanía González lega para la posteridad un mapa completísimo para orientarnos en el arduo y extenso territorio del sufrimiento. Los tipos de dolor que aparecen en este inigualable Dios en la ría resultan ser, dentro de su insólita variedad, reconocibles para cualquier lector sensible.

Los tipos de dolor que aparecen en este inigualable Dios en la ría resultan ser, dentro de su insólita variedad, reconocibles para cualquier lector sensible. @BartlebyEditor @hierbadenoche. Share on X

La poesía de la asturiana, si bien no promete la salvación, en ningún momento engaña. Y si complica nuestra plácida existencia diremos que lo hace desde el más hermoso sufrir… Cómo anunció el premio Nobel Vicente Aleixandre: «El poeta que no ha sufrido será un poeta alegre, pero un poeta superficial».

Dios en la ría

Estefanía González

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Reseña de Manu López Marañón

Portada de la reseña: Jone P. Cárdenas

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