Hay que reconocer el gran arrojo de Xavier Albertí, la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Teatre Nacional de Catalunya, que han puesto en pie este honestísimo musical de fondo religioso que constituye la versión moderna de El gran mercado del mundo, auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), fechado entre 1636 y 1638.

Porque lo primero que viene a la mente es el oficio, la delicadeza y la gracia con que el director y los intérpretes han afrontado un texto que, en principio, no parece suscitar mayor interés que el puramente filológico de cualquier texto, por pequeño y arrinconado que sea, de Calderón de la Barca. Ese interés histórico viene de suyo, pero no es el único en el caso que nos ocupa, pues el respeto al texto y, al mismo tiempo, su actualización con el añadido de las piezas musicales y una puesta en escena moderna e irónica crea una nueva pieza que pone de manifiesto otros sentidos novedosos del pensamiento de Calderón. Todo estaba allí, como si dijéramos, a la espera de ser descubierto.

Hay una gran imaginación al concebir que una pieza de carácter alegórico y doctrinal, concebida para ser representada solamente el día del Corpus Christi, que en parte versa sobre el libre albedrío y el enfrentamiento entre el bien y el mal y en parte sobre el misterio eucarístico y la querella entre católicos y protestantes, pueda conmover hoy en día al espectador. Y, sin embargo, conmueve. Vaya si conmueve.

Por obra de la escenografía, la música, las interpretaciones y el verso de Calderón, el espectador queda transformado momentáneamente en el rústico o el villano que acudía con sencilla religiosidad el día del Corpus a la representación del auto, y que ingería su píldora teológica acompañada de un gran aparato escenográfico.

Pero no solo. El público actual es también capaz de distanciarse y efectuar una lectura enriquecida del auto sacramental, a la luz del tiempo transcurrido, la distancia cultural, los referentes actuales y los guiños irónicos del montaje. De acuerdo con el gusto barroco por engañar y al mismo tiempo mostrar el engaño, la religiosidad más ingenua puede producir una sonrisa, y el dogma más sombrío, la condescendencia. Además, está la metáfora del mundo como mercado, imagen del mercantilismo de la época y del capitalismo actual.

Silvia Marsó y Roberto G. Alonso

Sale la Fama y anuncia la celebración del mercado franco del mundo en el que se vende de todo, y donde no se sabe hasta el fin quién ha comprado bien y quién ha comprado mal.

En esto, un padre, «cuyo caudal competir puede con cuantos monarcas ve el Sol», quiere otorgar su mayorazgo al mejor de sus hijos gemelos, el Buen Genio y el Mal genio. Para ello dará a cada uno un talento, que habrán de gastar en el gran mercado del mundo, y esperará a la noche para ver quién ha sabido gastarlo y quién no. Junto a la concesión del mayorazgo, se otorga también la mano de Gracia, «esa bella serrana, que a competir vino con el Sol a rayos, y a flores con el abril».

La trama está inspirada en la parábola de los talentos del Evangelio según san Mateo, en la que el servidor que más recibió más acrecentó su fortuna, y el que menos lo perdió todo, “porque a cualquiera que tiene, se le dará y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. (En esta parábola se basó el sociólogo Robert K. Merton para afirmar la existencia del «efecto Mateo», según el cual los más valorados pueden fácilmente acrecentar su prestigio en detrimento de los demás. En términos económicos, el rico se hará más rico y el pobre se hará más pobre).

Calderón, sin embargo, modifica el punto de partida y otorga a cada uno de los hermanos la misma cantidad, evitando así la legitimación evangélica de la perpetuación de la desigualdad. En todo caso, cumple dicha función la institución del mayorazgo, ya criticada desde el siglo XVI por impedir el reparto de la riqueza y concentrar el poder en las manos de unos pocos.

Por El gran mercado del mundo desfilan las personificaciones de la Inocencia, la Malicia, la Culpa, la Soberbia, la Penitencia, la Humildad, la Herejía, la Fe, la Lascivia y la Gula. La Inocencia acompaña desde el principio al Buen Genio, y la Malicia al Mal Genio. El desenlace, pues, no parece prometer muchas sorpresas, pues, tal y como afirma Gracia… «uno humilde, otro soberbio, compiten los dos por mí; fácil es de conocer el que me ha de conseguir».

La Culpa es la tercera en discordia, pues de ella ambos hermanos estuvieron enamorados. Ahora se lamenta: «¿mi altiva vanidad, mi presunción tan postrada, tan rendida yace?». Ese monólogo de la Culpa, por cierto, que con gracia incomparable interpreta Silvia Marsó, plantea la lucha que se va a librar entre las inclinaciones de los hermanos y las fuerzas del mundo, alentadas por los celos de la Culpa, ahora transformada en el cervantino Pedro de Urdemalas.

¡Oíd, mortales, oíd, y al pregón de la Fama todos acudid! El gran mercado del mundo, de Calderón de la Barca
Jorge Merino en El gran teatro del mundo

Sale el Mundo y aparece el carrusel en el que se merca todo cuanto hemos anunciado. Es imagen muy lograda de la escenografía de Max Glaenzel, que representa la rueda de la Fortuna a pesar de que el auto de Calderón no la menciona.

Todo se confabula, pues, para que los hermanos, a los ojos del público, tomen las decisiones que los definan moralmente y los hagan merecedores del premio o del castigo. El planteamiento es sencillo, pues, lo que hace el resultado aún más sorprendente.

A todo ayudan las magníficas actuaciones de cada uno de los intérpretes y la asombrosa calidad vocal y musical de todos ellos. Si algo define sus brillantes interpretaciones es el asombro que producen los números musicales (vamos de sorpresa en sorpresa, cada intérprete esconde un músico) y el comedimiento en sus partes recitadas.

Entre lo musical, se tocan varios palos. Desde el don Giovanni de Mozart hasta el teatro cómico barcelonés de la Bella Dorita, pasando por la canción desgarrada y melódica de Gira il mondo, gira.

En cuanto a la parte textual, también hay mucho para el disfrute. Los personajes son ideales hechos carne con el don de la palabra. Los intérpretes son estatuas que hablan. Lo cual, aunque pueda parecer lo contrario, es un mérito artístico al alcance de pocos. Esa contención atañe a todos (si bien no a todos en igual medida), desde el gracioso e ignorante Inocencia, interpretado por Antoni Comas, el solemne Padre de Familias interpretado por Jorge Merino (que también da vida al Mundo), la jesuítica Fe transformada en Cristo, que encarna Rubèn de Eguía, hasta la hierática Gracia, que interpreta Aina Sánchez.

No obstante, por encima de individualismos, El gran teatro del mundo es un espectáculo coral en el que hay que prestar atención a todos, pues se corre el riesgo de perder algún detalle de calidad.

Hay varios factores que condicionan esta contención en el gesto y la dicción: el auto sacramental presentaba alegóricamente la encarnación de las pasiones humanas, lo cual confiere a los personajes ese aire de idealidad. Además, solía presentarse ante una multitud (en la plaza mayor de Madrid podían acudir hasta varias decenas de miles de espectadores), lo cual hace ineficaz muchos recursos de la interpretación. La identificación de los caracteres se efectuaba mediante el vestuario, el maquillaje y los atributos de cada personaje.

Conservar los más sutiles de estos rasgos es otro acierto estético del montaje de Xavier Albertí y de la dramaturgia de Albert Arribas. A ambos, al igual que a los intérpretes, hay que reconocerles que han sido capaces de rizar el rizo y salir admirados y aplaudidos.

Delicado y sorprendente #ElGranMercadoDelMundo, de Calderón de la Barca, dirigido por Xavier Albertí (@xalbertig) para la CNTC (@TEATROCLASICO) y el TNC (@teatrenacional) +14 intérpretes magníficos Share on X
 

 

El gran mercado del mundo

Autor: Pedro Calderón de la Barca

Reparto:

Cristina Arias: Soberbia

Alejandro Bordanove: Buen Genio

Antoni Comas: Inocencia

Elvira Cuadrupani: Penitencia / Humildad

Jordi Domènech: Herejía

Rubèn de Eguía: Fe

Roberto G. Alonso: Lascivia

Oriol Genís: Gula

Lara Grube: Fama

Silvia Marsó: Culpa

Jorge Merino: Padre de Familias / Mundo

Mont Plans: Malicia

Aina Sánchez: Gracia

David Soto Giganto: Mal Genio

Equipo artístico:

Sonido: Jordi Bonet

Escenografía: Max Glaenzel

Caracterización: Angels Palomar

Iluminación: Ignasi Camprodon

Coreografía: Roberto G. Alonso

Vestuario: Marian García Milla

Dramaturgista: Albert Arribas

Versión y dirección: Xavier Albertí

Coproducción: CNTC / TNC

Reseña de Alfonso Vázquez