«La antigua normalidad» es un relato breve de Carolina Borrajo para el  Curso online de Técnicas Narrativas impartido por Néstor Belda.

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La antigua normalidad

Preparativos

—Déjame ver cómo te queda —insistió mamá mientras presionaba con los pulgares las punteras de los mocasines nuevos—. ¿Te hacen daño?

—Me aprietan un poco…

—¿Dónde? Ponte de pie. —Hundió el dedo índice en el zapato hasta tocarme el talón—. Sobra un centímetro, ¿ves? Es tu talla —afirmó—. Lo que te aprieta es la falta de costumbre; calzar zapatillas en lugar de zapatos, es lo que tiene.

Mamá casi siempre tiene razón. A veces me da rabia, pero es la verdad. Había pasado tanto tiempo desde «el día que todo cambió», que apenas lo recordaba ya: lo que hicimos en clase, las palabras de despedida de nuestra tutora («no os olvidéis de lavaros bien las manos y de estornudar siempre en el codo»), nuestra alegría loca por unas vacaciones inesperadas solo dos meses después de Navidad,… Nos despedimos para un par de semanas —como nos dijeron— pero pasaron y no volvimos al colegio. Al principio las marcábamos en el calendario, pero a partir de la octava dejamos de contar y los nuevos recuerdos borraron los anteriores, igual que una goma.

—Bueno, te los puedes quitar. Creo que ya tenemos todo preparado para mañana —concluyó mi madre mientras repasaba con la mirada el uniforme sobre la silla y la mochila repleta, al lado.

Me quedé sentado, mirando el portátil apagado encima del escritorio.

—¿En qué piensas, cielo? —me preguntó mamá.

«En tantas cosas que no puedo ordenarlas y decirlas en alto», en eso pensaba. No quiero esconder mis ideas a mi madre —ella lo sabe— pero, no sé por qué, no me sale expresarlas, así que al final respondo «en nada» y mi madre, que casi nunca se equivoca, entiende «en demasiadas cosas a la vez».

—No te preocupes, Thiago. —Se sentó en un taburete frente a mí, su mirada a la altura de la mía—. Este momento tenía que llegar y, por fin, llegó. Ha tardado mucho más de lo que creíamos, pero ya es una realidad: es completamente seguro volver a vivir como antes.

Fijé mis ojos, llenos de interrogantes inconfesables, en los suyos.

—¿Y eso cómo es, mami? —preguntó Bruno, desde un rincón del cuarto, donde jugaba con los legos. A mi hermano pequeño tiene la suerte de ser capaz de decir todo lo que se le pasa por la cabeza.

Observé a mamá, que miraba en silencio por la ventana. Creo que a ella le pasa como a mí; a veces piensa tantas cosas a la vez que, en algún lugar de la garganta se le atascan las respuestas.

«Observé a mamá, que miraba en silencio por la ventana. Creo que a ella le pasa como a mí; a veces piensa tantas cosas a la vez que, en algún lugar de la garganta se le atascan las respuestas». #Relato de C. Borrajo @NessBelda. Clic para tuitear
La antigua normalidad, un relato breve de Carolina Borrajo

©Ivan Aleksic

Fin

Creo que mamá ha hablado con Marina. Ella es la coach que nos asignaron hace un par de meses, cuando la fecha de vuelta a la «antigua normalidad» se aproximaba. Parece que la gente había sufrido mucho este tiempo y los del Ministerio de Sanidad pensaron que todo sería más fácil con un poco de ayuda online, a través de Zoom, la aplicación que usamos para las clases por internet y los mayores para las reuniones de teletrabajo. Creo que mamá consultó a Marina porque al día siguiente, en la víspera del comienzo de curso, apareció en nuestra habitación con varias cajas y cinta americana.

—Chicos, tenéis que recoger vuestro cuarto. Aprovecharemos para hacer limpieza y os ayudaré a guardar algunas cosas.

—¿Por qué, mami? —preguntó Bruno con Robit en la mano, mi proyecto de ciencias construido con envases reciclables—. ¿No te gustan?

—Claro que me gustan. Vuestro ejército polar —contestó mamá señalando con el dedo índice la estantería abarrotada de pingüinos pintados sobre rollos de papel higiénico— es una obra de arte digna de estar en una galería.

—Pues entonces no los metas en cajas, mami —se quejó mi hermano.

—Seguro que ha sido idea de la coach —apunté.

—Pues sí, Thiago, has acertado. Marina cree que será más fácil adaptarnos a la nueva situación si no estamos rodeados de recuerdos de… la anterior… Durante este tiempo hemos hecho muchas cosas, la mayoría han quedado muy bien —dijo mamá mientras miraba alrededor y asentía con la cabeza—. ¿Os acordáis de todas las recetas que hemos cocinado? Mirad en esta foto cómo os pusisteis de chocolate preparando nuestro primer brownie.

Vimos frente a nosotros la foto pinchada en el corcho, repleto de otras instantáneas en las que aparecíamos mi hermano y yo, con nuestra hámster Happy: jugando a los disfraces, construyendo legos, saltando en el trampolín que compró mamá para que nos desfogáramos durante el confinamiento, plantando semillas de las frutas que comíamos, concentrados en alguna manualidad, bailando zumba frente a la televisión o jugando a los videojuegos (los de Mario nos chiflaban). Las fotos me recordaban a papá, entonces estaba con nosotros. No aparece en ellas porque casi todas las sacó él.

—Hemos pasado por momentos malos, otros buenos, algunos regulares. Tuvimos que acostumbrarnos rápidamente a una nueva realidad y a unas normas que cambiaban según las circunstancias. Pero se acabó, chicos, y nos quedaremos con todas las cosas buenas que hemos aprendido por el camino.

—A cocinar bizcochos y galletas, y a escribir —recordó Bruno con alegría.

—A tocar el piano —murmuré.

—Y hemos visto muchas películas y leído un montón de libros… Menuda biblioteca chula que tenemos aquí —exclamó mamá frente a nuestra estantería—. Marina dice que será más fácil acostumbrarnos a la nueva situación si no estamos rodeados de todas estas cosas. Debemos retirarlas, pero no las tiraremos.

Como he dicho antes, mamá casi siempre tiene razón. Esas fotos y creaciones repartidas por las paredes y ventanas del cuarto nos recordaban continuamente ese tiempo, aquel que todos afirmaban que «ya había terminado». Pero acostumbrados a compartir nuestro espacio con ellos, resultaba difícil meterlos en una caja.

—¿Y no podemos dejar uno? —preguntamos a dúo mi hermano y yo.

De nuevo, esa mirada de mamá. Debe ser como la mía cuando me preguntan, mi pensamiento vuela y no me sale la respuesta. Tras unos segundos, asintió con la cabeza.

La antigua normalidad, un relato breve de Carolina Borrajo 2

©Element5 Digital

Comienzo

La alarma sonó a las siete en punto; era el Día D. Me costó despertar, porque habíamos cambiado la costumbre de madrugar para ir al cole por la de dormir con mamá. Ella ya se había levantado y hacía ruido en la cocina. A mi lado, Bruno continuaba en sus felices sueños.

Fui al baño y regresé para vestirme. Se me hacía extraño el uniforme, sobre todo los zapatos. Esperaba que mamá tuviera razón y en unos días mis pies se acostumbrasen. Después intenté despertar a Bruno zarandeándolo un poco, pero no lo conseguí.

—Ahora voy…—respondió dándose media vuelta para seguir durmiendo.

Fui a la cocina y abracé a mamá.

—Buenos días, cielo. ¡Qué guapo estás! —dijo mirándome con ojos brillantes.

—Mamá, si Bruno no se levanta, vamos a llegar tarde.

Mamá debió notarme preocupado porque salió hacia el cuarto. Dejó un «no te preocupes» en el aire y el colacao y un par de tostadas en la mesa. Me costó tomarme media taza y mordisqueé una tostada mientras pensaba en que en media hora vería a Matías, Nico, Álvaro… y podríamos abrazarnos de nuevo, sentarnos en nuestros pupitres, como cuando empezamos Primaria: dentro de un aula, frente a una pizarra y un profesor. Sin pantallas, sin mascarillas, sin distancias. Todo igual que antes… o casi, porque ahora, con once años ya, empezábamos la secundaria y porque papá no está con nosotros y cada día lo echo más de menos. Y mamá también.

«Mamá debió notarme preocupado porque salió hacia el cuarto. Dejó un ‹no te preocupes› en el aire y el colacao y un par de tostadas en la mesa». La antigua normalidad, de C. Borrajo #CursoOnline #TécnicasNarrativas @NessBelda. Clic para tuitear

Lo sé porque a veces la escucho hablar con él. Anoche, desde el pasillo, oí decirle que daría lo que fuera porque estuviera aquí y la abrazase, que todos lo necesitábamos. Se preguntaba por qué ahora, que por fin la pesadilla había terminado, resultaba tan difícil regresar a la vida anterior. «Tal vez porque no acabamos de creérnoslo o porque ha durado demasiado, más de lo que nadie pudo predecir», dijo. Recordó el primer confinamiento, cuando no sabíamos nada con certeza y teníamos mucho miedo. «Pero al menos estábamos juntos, los cuatro».

Recuerdo que después vino el verano y la primera desescalada, un ligero descanso gracias a la luz y el calor del sol. Pasó muy rápido y enseguida llegó el otoño con la temida segunda ola. Esa vez estábamos prevenidos, pero el virus atacó indiscriminadamente en todo el mundo, sin importarle si era verano o invierno, y población de todas las edades. No podíamos creer que la pesadilla se repitiera y de aquella manera. Luego vinieron otras desescaladas, rebrotes, varias vacunas más o menos eficaces, mutaciones y más olas. Pasaron años hasta que, por fin, se consiguió erradicarlo del planeta. Y entre toda esta locura mundial, papá tuvo que viajar durante la tercera desescalada. Creímos que volvería a casa sin problemas, pero entonces se ordenó el cuarto confinamiento, que ahora llaman el último, y ya no pudo regresar.

«Luego vinieron otras desescaladas, rebrotes, varias vacunas más o menos eficaces, mutaciones y más olas. Pasaron años hasta que, por fin, se consiguió erradicarlo del planeta». La antigua normalidad, relato de C. Borrajo @NessBelda. Clic para tuitear

No sé si lo sabrá papá, pero Bruno no recuerda la «antigua normalidad». Tenía tres años cuando todo cambió, pero aun así se me hace raro. Para él lo normal es cubrirse con mascarillas, desinfectarse con geles y relacionarse a través de internet. No recuerda fiestas de cumpleaños, parques de bolas, ni las excursiones con el colegio. Yo he olvidado algunas cosas y otras solo en parte… Ahora que han pasado tres años, no estoy cómodo en un lugar cerrado con otras personas. Quiero pensar que con tiempo nos acostumbraremos a la vida de antes. Es lo que hemos hecho hasta ahora, adaptarnos a los cambios.

—Vamos, Thiago. Tu hermano y yo ya estamos listos.

La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos. Di un último sorbo a mi taza y mientras me ponía la pesada mochila en la espalda, escuché un coche que estaba parando junto a la acera. Miré por la ventana, era un taxi. ¿Sería posible? Una corriente nerviosa me subió desde los pies hasta la frente. Sin pensarlo, giré las llaves que colgaban de la cerradura de la puerta principal y me precipité hacia el jardín. ¿De verdad era él? Se abrió la puerta del taxi, salió y se volvió rápidamente hacia la entrada de la casa, con una sonrisa enorme, la de siempre. Dejó la maleta en la acera y corrió hacia mí, pero yo me había adelantado y tras un segundo ya estábamos abrazados y con la respiración cortada.

—Papá…—fue todo lo que acerté a decir, apretándolo fuerte para que no se fuera de mi lado.

—Ya estoy aquí, Thiago. Cuánto os he echado de menos. Te quiero tanto, hijo… —susurraba en mi hombro.

—¡Es papi! —gritó Bruno corriendo hacia nosotros con mamá, que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Parecíamos un equipo de rugby, todos abrazados sobre el césped frente a nuestra casa. Por fin, juntos de nuevo. Estuvimos así un rato, hasta que papá dijo: «Conseguí un asiento que quedó libre en el último momento. Han sido más de veinte horas de viaje, pero no podía perderme este día. Hoy volvemos a la antigua normalidad. Tenemos que darnos prisa o empezaremos llegando tarde al cole».

Y secándonos las lágrimas y medio temblando de la emoción, subimos todos al coche y nos ajustamos los cinturones.

 

 

«La antigua normalidad»

©Carolina Borrajo

Foto de Thomas Park en Unsplash

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