Sylvia Plath:  Mi gran tragedia es haber nacido mujer.

Decía la poeta estadounidense Anne Sexton: «Quizá la mente creadora que explora sus angustias más profundas sea el único espejo que el arte pueda ofrecernos hoy, y es muy posible que la única liberación de un mundo que niega los valores del amor y la vida sea precisamente el mundo de la muerte». Reconocer el fundamento confesional de una corriente poética que en los años 60 intentó desterrar la tan promulgada necesidad de desligar la obra literaria de la autobiografía como una doctrina sacra, no resulta en absoluto eximente de la magnitud y significación de la creación de la escritora sobre la que versa el presente artículo: Sylvia Plath; máxime cuando dicho fundamento se convierte en la expresión de su genialidad, si bien no implica que su obra no deba ser en ocasiones descontextualizada de dicho marco con el fin de ser evaluada desde diferentes prismas para la consecución de nuevos detalles presentes en ella.

Galardonada a título póstumo, en 1982, con el Premio Pulitzer de poesía por su Poesía completa (56 años antes, otra mujer, la poeta Amy Lawrence Lowel, una de las fundadoras y máximas exponentes de la corriente literaria El Imaginismo, que proclamaba la concepción de un lenguaje preciso, y por ende, la constitución de una imagen penetrante por lo conciso y riguroso de la palabra fruto de lo percibido, el esmero por la sonoridad, y el uso del verso libre, se alzaba, un año después de su muerte, con el mencionado galardón por su obra What´s O´clock, uno de cuyos  grandes logros fue romper con el papel al que en muchos casos se relegaba a la mujer literata y constituirse como representante de una voz poética personal y vanguardista), Sylvia Plath, poeta, narradora y ensayista, también estadounidense, como su amiga, la ya mencionada Anne Sexton, nació en el barrio de Jamaica Plain de Boston, Massachusetts. Hija de Otto Emil Plath, profesor universitario de alemán y biología y entomólogo especializado en el estudio de las abejas (Sylvia se calificó a sí misma como «la hija del apicultor» y un año antes de su muerte, adquirió una colmena junto a su marido, el también poeta Ted Hughes, en lo que fue calificado por este como un intento de reencontrarse con su padre, ya fallecido) y de Aurelia Schober, profesora de inglés y alemán y 20 años más joven que él, a quien conoció en 1929 y con la que se casó en 1931, tras divorciarse de su primera mujer, la escritora destacó desde muy niña por su inteligencia y su talento precoz y tan personal, como se demostraría años más tarde, para la literatura (comenzó a escribir poesía a muy tierna edad y se cuenta que motivada por la referencia que para ella fue su padre, quien había publicado varios libros en su campo, la biología). Su brillantez siempre estuvo muy unida a una singular sensibilidad que desembocó, tras la muerte de su padre en 1940, en una más que acusada fragilidad, pues su fallecimiento fue para ella una abrupta ruptura con la realidad que vivía, en la que se sentía, no sabemos hasta qué punto idílicamente, dado el escaso tiempo que Otto dedicaba a sus hijos, amparada y protegida por su progenitor, quien confiado en que un cáncer de pulmón era el causante de su delicado estado de salud, se negó a ser evaluado por un médico hasta que se descubrió que lo que padecía era una diabetes que derivó en la amputación de una de sus piernas y su posterior muerte. Este suceso marcó la vida de la escritora, quien comenzó a sentir el mundo como una realidad ajena donde la superficie enmascaraba la verdadera identidad, quizá insondable, por más intentos de introspección que realizó, del ser humano. Fue la escritura el medio con el que Sylvia Plath aspiraba a la consecución del conocimiento real de sí misma, como señalan sus palabras:

Escribiré hasta que empiece a escribir sobre mi yo verdadero.

Con tan solo 8 años de edad publicó su primer poema en el Boston Herald, si bien osciló, tras este primer logro, entre el éxito (consiguió colaboraciones puntuales con sus poemas y cuentos) y el fracaso, pues vivió momentos de desgarradora dureza por el rechazo de publicación de muchas de sus creaciones, dado su carácter de extrema autoexigencia y su necesidad de reconocimiento. Tras la muerte de su padre, sus abuelos maternos, a quienes le unía un vínculo de seguridad y amor, y por lo tanto, de perfección, pues había pasado mucho tiempo junto a ellos con motivo de la enfermedad de su padre y del también delicado estado de salud de su hermano Warren (nacido dos años después de Sylvia y de quien llegó a manifestar: «Un bebé. Odio a los bebés. Yo, que durante dos años y medio había sido el centro de un tierno universo, sentí que el eje se torcía y que un frío polar me paralizaba los huesos» y cuya vivencia por la muerte de su padre y su relación con su madre fue muy distinta a la de la escritora), se trasladan a vivir con ellos, ya que la familia vive algunos problemas económicos (si bien estos no afectan al remanente de libros al que Aurelia considera deben poder acceder, pues estimaba la cultura como una urgencia ineludible), hasta que logran estabilizar su situación y posteriormente la escritora se traslada junto a ellos a una zona del interior de Boston. Aurelia vuelve a trabajar y Sylvia continúa sus estudios,aunque el vacío dejado por la ausencia de su progenitor y la reacción aparentemente fría e impasible de su madre, quien se dice solo intentaba proteger a sus hijos no expresando lo que sentía —«Mi madre mató al único hombre que me habría querido toda la vida: un día llegó con lágrimas dignas y me dijo que mi padre se había ido para siempre. Por eso la odio»—, se convierten para ella en una vivencia profundamente dolorosa y acompañada de una destructiva ira hacia su progenitora, con quien mantuvo durante toda su vida una relación ambigua, y quien tras casarse con Otto, llegó a confesar:

Comprendí que si quería un hogar tranquilo (y así era) tendría que hacerme a la idea de ser más sumisa, aunque no iba con mi carácter.

Estas palabras nos sitúan en un contexto de patriarcado (convertido en un matriarcado tras el fallecimiento del progenitor, lo cual generó en la familia una cierta desorientación por lo inusual con respecto a su dinámica previa) donde el padre era el elemento central, quien como tal se consideraba, y el eje sobre el que giraba la situación de toda la familia. Por una parte esa fuerte referencia que para Sylvia Plath suponía la figura paterna, quizá como una profunda necesidad emocional de aceptación y amor que se duda hasta qué punto fue realmente cubierta por él en la intensidad que su alma de niña requería, y su posterior muerte, se aunaron con la representación en apariencia sumisa de su madre frente a él, y sin embargo, en la fuente de una notable presión y exigencia para la escritora, pues ella le transmitía la importancia de que todo cuanto intentara fuera realizado como debía, lo que pudo influir significativamente en la constitución de ese carácter sumamente autoexigente al que anteriormente hacía referencia. La propia Sylvia se debatía entre la exigencia social del rol que debía ser ejercido por la mujer y el grito, incluso alarido, que su cuerpo y su mente desbordaban en su interior y que luchaban denodadamente por ser escuchados y materializados:

 Mi gran tragedia es haber nacido mujer.

Tengo celos de los hombres. Una envidia profunda y peligrosa que puede corroer, imagino, cualquier tipo de relación. Una envidia nacida del deseo de ser activa y hacer cosas, no ser pasiva y solo escucharlas.

Ya instalados en Wellesley, Sylvia Plath pudo desarrollar un importante aprendizaje en sus dos grandes pasiones: la literatura y el arte. Le gustaban la pintura, la música (tocaba el piano y la viola) y el dibujo, a los once años comenzó a escribir sus cartas y diarios acompañados de bocetos. Su marido, Ted Hughes, inspirado en esta faceta de la autora, escribió el poema «Dibujar» en el diario poético Cartas de cumpleaños —considerado por muchos como el mejor del autor—, iniciado tras la muerte de la escritora y que publicó antes de morir.

Sylvia Plath
Ted Hughes y Sylvia Plath

Con 18 años y gracias al logro de tres becas, Sylvia Plath consiguió ser admitida como alumna en la universidad Smith College. Fue una época en la que la escritora continuó remitiendo sus poemas y escritos a distintas publicaciones, logrando la admisión de su relato «Y no volverá el verano» en la revista Seventeen, y el titulado «Compensaciones de un verano en Inglaterra», que junto con el poema de protesta social «Fresas amargas», fueron aceptados en The Christian Science Monitor, y obteniendo como respuesta el rechazo de otros muchos, lo cual vivía con un sentimiento de haberse fallado a sí misma y en parte, a los demás, si bien paulatinamente fue siendo consciente de su grandeza literaria, motivo que acrecentó la crítica que de ella hacía en pro del logro del reconocimiento que ansiaba y de la posibilidad de habitar la felicidad que imaginaba en su continuo de introspección.

A la satisfacción de su ingreso en dicha universidad y las experiencias enriquecedoras de sus salidas al mar con su grupo de amigos (hay una pregunta que se reitera como un continuo durante aquella época en sus diarios : «¿Qué haré con tanto amor?», fruto de su carácter apasionado y hedonista) se unieron con el paso del tiempo la presión que sufría dado el alto nivel de exigencia de la institución y la generada por el suyo propio, presiones a las que intentaba dar respuesta sin que esta resultara nunca suficiente para sí misma, el dolor acumulado, que empezaba a pesarle de un modo destructivo, su sensación de inseguridad, y la oscilación que vivía entre la depresión y la euforia. Tras ser galardonada con el premio al concurso de relatos de la revista Mademoiselle por «Domingo en casa de los Minton» («El suyo era un mundo crepuscular, donde la luna flotaba por encima de los árboles de noche, como un trémulo globo de luz plateado, y los rayos azulados fluctuaban a través de las hojas fuera de su ventana, temblando en fluidos patrones sobre el papel tapiz de su recámara».)  y su posterior selección para el consejo de redactoras universitarias de la revista, lo que le supuso un mes de estancia en Nueva York, a su vuelta a casa se encontró con la noticia de no haber sido aceptada para el curso de creación literaria de Harvard, lo que supuso un duro revés para ella que la sumió en un período de un hondo dolor e improductividad literaria:

Querías tiempo para pensar, para descubrir cosas sobre ti misma y sobre tu capacidad como escritora. Y ahora que lo tienes, prácticamente durante casi tres meses te has quedado paralizada, presa de la náusea, estancada. Estás hundida en tu pequeño y privado remolino de negativismo. Tu cerebro es incapaz de pensar.

De la vivencia de este proceso no se recuperó hasta su vuelta a la universidad, tras un ingreso psiquiátrico motivado por su intento de suicidio, que recogería años después, poco antes de su muerte, en el año 1963, en la que fue su única novela La campana de cristal, con ciertos tintes autobiográficos y que firmó con el seudónimo de Victoria Lucas en un intento de no causarle daño a su madre. Su protagonista, Esther Greenwood, una becaria de 19 años en el Nueva York de los años 50, en un universo ajeno con el que no se identifica y en el que intenta la búsqueda de su verdadero yo más allá de los convencionalismos y de la relegación de la mujer al ser sumiso y envuelto en un mundo donde la imagen anula la identidad real, se ve abocada a una desgarradora soledad con una única salida: la muerte. Esta novela, que oscila de un modo natural entre la mordacidad, el desasosiego, y la frescura, es considerada un símbolo, y de algún modo un manifiesto, del movimiento feminista por el abordaje de las cuestiones que la protagonista se plantea:

Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

Inspiré profundamente y escuché el antiguo estribillo de mi corazón. Yo soy yo soy yo soy.

[… ] Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

Apoyada por sus profesores y, gracias a su brillantez, su ambición, y su afán de perfección, graduada con lo más altos honores con la tesis sobre la utilización del doble en Fiódor Dostoyevski, quien empleó el tema del desdoblamiento de la personalidad en su obra —también Sylvia refleja en su creación la escisión de sus deseos y necesidades personales como una constante—, logró una nueva beca que le permitió ingresar en la Universidad de Cambridge, cuya arquitectura y jardines amaba. Por entonces la escritora mantenía una relación inestable con Richard Sassoon, con quien no compartía las mismas expectativas acerca de su futuro como pareja, por lo que tras el rechazo de él y la vivencia de algunos contratiempos en su salud física, fue consciente de la presencia en su obra de manifestaciones acordes a los pensamientos suicidas ya anteriormente experimentados, por lo que decidió acudir nuevamente a consulta, pues Sylvia Plath era una mujer luchadora con un anhelo de felicidad y libertad que ansiaba materializar en su interior y que queda de manifiesto en su creación literaria. Tras ello y con el descubrimiento casual de la obra del poeta inglés Ted Hughes, decidió conocerlo asistiendo a la fiesta de presentación de la revista en la que él había publicado algunos de sus poemas. Aquel encuentro fue determinante en la vida de ambos y Sylvia le calificó como:

Un cantante, un cuentista, un león y un trotamundos que sonaba como la voz de Dios.

Casados cuatro meses después de su primer encuentro, pasaron su luna de miel en Paris, Madrid y Benidorm, donde ambos se dedicaron a escribir. A su llegada a la localidad alicantina, Sylvia señaló:

Tan pronto como divisé aquel pueblecito… después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles -todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño-, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar…

#SylviaPlath era una mujer luchadora con un anhelo de felicidad y libertad que ansiaba materializar en su interior y que queda de manifiesto en su creación literaria. @Ainhoa_Retenaga Share on X

Ya de vuelta a Cambridge, ambos terminaron impartiendo docencia, si bien no era este el deseo de Sylvia y abandonó las clases para dedicarse a escribir. No obstante, fue aquel un momento en el que la autora estimaba de mayor importancia la obra de su marido que la suya, por lo que ayudaba a este en la transcripción y publicación de sus escritos. Tras su traslado a Boston y con Ted galardonado con el primer premio del Poetry Center de Nueva York por su obra El halcón en la lluvia, Sylvia, nuevamente con síntomas de depresión, acudió a la consulta de la que había sido su psiquiatra tras su intento de suicidio, Ruth Beuscher, figura determinante en su vida.

Sylvia Plath: la inmaterialidad de una certeza

En paralelo a este proceso, la escritora trabajó durante un tiempo en el Hospital General de Massachusetts, que le sirvió de inspiración en la creación de su libro de relatos Johnny Panic y la Biblia de los Sueños, que transcurre en una constante de locura y muerte donde se nos descubre un mundo tras el que permanece observadora y vigilante la sombra, que tanto dialogó con esa otra realidad plagada de luz que también vivía en Sylvia Plath, una sombra de la que la escritora ya había hablado dos años antes de un forma directa, descarnada, sincera, física, cuando escribió:

Supongo que siempre seré excesivamente vulnerable y algo paranoica. No puedo ignorarLA, sé que está aquí, la huelo y la siento.

Poco después, la autora comienza a asistir a los seminarios impartidos por el poeta estadounidense  Robert Lowell, sobrino de la ya mencionada y también poeta Amy Lowell, y uno de los fundadores de la llamada «Poesía Confesional», a la que hacíamos alusión al comienzo del artículo, fundamentada en esa confesión de vivencias reales y monstruos que acechan en el interior, sean estos de la índole que sean, como un intento de liberación y primavera, y de la que Plath es una de sus máximas exponentes junto a Robert, quien una vez fallecida la escritora, redactó el prólogo de su poemario Ariel, publicado en 1965, señalando que no había sido consciente del poder de Sylvia. El poeta supuso una fuerte influencia tanto para ella como para Anne Sexton. Sylvia Plath llegaría a decir:

He tenido la suerte más aciaga: una juventud fulgurante entre los 17 y los 20 y luego la desintegración y el estancamiento a pesar de esforzarme en hacer de las experiencias de mi madurez temprana un material literario.

En lo concerniente a su obra Ariel, uno de los libros de poesía más vendidos del S.XXque toma el título del nombre del caballo de la escritora y cuyo significado es «león de Dios», calificativo con el que Sylvia Plath se define a sí misma—, fue su marido quien lo publicó dos años después de su fallecimiento, habiendo establecido una reorganización de su contenido que culmina con un sendero hacia la muerte fruto del dolor de la autora y no como un atisbo de resurrección (empleando los poemas que ella dedicó al cuidado de las abejas, nuevamente alusión a su padre, como símbolo de esta), tras la oscuridad vivida por las circunstancias personales que atravesaba, que según se dice en un principio Sylvia Plath planteó como cierre de manuscrito. Ella siempre esperó la llegada de esa primavera una vez aceptado, estructurado, y vivido el ritual de las sombras y la muerte; una primavera que visualizaba como un renacer, aunque esta se presentara en ocasiones como un falso oasis que retornaba una y otra vez al punto previo de la oscuridad. El poema que da título al libro y que nos habla de la posibilidad de transmutación mientras cabalga sobre su caballo, reza:

Ariel

Estasis en la oscuridad
Luego el chorro azul y sin sustancia
Del tolmo y de las lejanías.

Leona de Dios,
¡Como nos vamos uniendo,
Eje de talones y rodillas!…El surco

Se abre y pasa, hermano del
Arco marrón
Del cuello que no alcanzo a atrapar.

Bayas con ojos
De raza negra
Arrojan oscuros anzuelos…

Negras y dulces bocanadas de sangre,
Sombras.
Algo distinto

Me transporta por los aires…
Muslos, cabello;
Escamas que se desprenden de mis talones.

Blancas
Godiva, me despojo
De manos muertas y muertos aprietos.

Y ahora
Me hago espuma de trigo, centelleo de mares.
El grito del niño

Se funde en la pared.
Y yo
soy la flecha,

El rocío que vuela
Suicida, unido al impulso
Que conduce al ojo

Rojo: al caldero de la mañana.

*Traducción de Ramón Buenaventura Poesía Hiperión.

No obstante, habrían de transcurrir cinco años hasta la publicación de esta obra, pues en 1960 Sylvia y Ted decidieron tener un hijo, lo que para la escritora fue un antes y un después en su vida; sobre la realidad de la maternidad escribió desde la perspectiva de la poesía confesional, al igual que su amiga, la poeta Anne Sexton. En Tres mujeres, obra que la propia escritora grabó para la BBC en 1962, habla de la mujer que desea ser madre y que habita el mundo azul como representación de su bebé, la mujer que no puede serlo, sufre por ello y vive en un mundo ausente de color, y aquella que no desea serlo y que simboliza el rojo del desgarro. Unos meses después del nacimiento de su hija Frieda, publicó el que fue su primer poemario El coloso, que dedicó a Ted, y cuyo nombre adopta el título del poema dedicado a su padre. Este libro y su novela La campana de cristal, fueron las dos únicas obras que vieron la luz en vida de la escritora:

Metáforas

Adivíname: nueve sílabas
tengo, elefante, casa grande,
melón con sólo dos tentáculos.
¡Oh fruta, marfil, leño fino!
Dinero nuevo en este bolso.
Soy medio, escena, vaca grávida.
Comí muchas manzanas verdes.
Del tren en que voy nadie baja.

*Traducción de Jesús Pardo

El coloso quizá no ha sido lo suficientemente reconocido por la crítica aduciendo la ausencia de fuerza dramática, una fuerza que tendrían sus libros posteriores, si bien se observa ya en él una marcada influencia de la corriente confesional de Lowell, iniciada con la obra de este, Life Studies, y que posteriormente la escritora seguiría desarrollando en La campana de cristal y Ariel, un marcado dominio del lenguaje, un engranaje coherente de las rimas concluyendo en una musicalidad que conmueve, un ritmo acompasado tan sutil como desgarrador, y un potencial que germina de una forma tan brutal como el modo de sentir la vida que tuvo Sylvia, quien realizaba un trabajo técnico en cada uno de sus poemas que supone uno de los cimientos fundamentales de su obra, alcanzando una altura lírica que resulta ciertamente estremecedora. Sumamente reflexiva y con una necesidad psicológica de introspección que trascendía y que somatizaba en una exigencia física de la que una de sus manifestaciones eran las noches que habitaba en el silencio, escribiendo con una profunda entrega a la palabra y al descubrimiento de su yo verdadero mientras sus hijos dormían.

Posteriormente, y tras un nuevo embarazo que culminó en aborto, la escritora comenzó su novela, la anteriormente mencionada La campana de cristal y dedicó este tiempo de aislamiento a la creación de su obra y a la recuperación física y emocional tras la pérdida de su hijo. Con la noticia del galardón Guinnes de Poesía en el Festival de Cheltenham y el nacimiento de su hijo Nicholas, comenzó meses después el que sería su segundo poemario, ya publicado a título póstumo, Ariel. Sylvia Plath era amante del Tarot, que practicaba iniciada por su abuela materna, también llamada Aurelia como su madre, y los poemas que componen el libro son considerados por los adeptos a este método de interpretación y lectura, como un simbolismo de los llamados «arcanos mayores», reflejos de los pilares en los que se asienta la vida. Sylvia compartía con su marido la tendencia a la práctica de este tipo de cultos, y se dice que él la ayudaba al desbloqueo de su mente en períodos de esterilidad literaria mediante la magia hermética y la cábala, como así señalaría años después Frieda, la hija de ambos. Ariel simboliza la consagración de la escritora a la palabra, respirándola de una manera honesta, desnuda, creciente,  la fusión entre ambas en un ritual de ofrenda e intensificación y florecimiento, la posibilidad de una riqueza estilística que aúna técnica y libertad.

Ariel simboliza la consagración de #SylviaPlath a la palabra, respirándola de una manera honesta, desnuda, creciente, la posibilidad de una riqueza estilística que aúna técnica y libertad. @Ainhoa_Retenaga Share on X

Entre 1960 y 1962, Sylvia Plath vivió una etapa de fecunda creación literaria, como así lo manifestó Ted, «un desarrollo poético que casi no tiene igual por lo inesperado y completo…». Ella misma en una carta dirigida a su madre le expresa lo siguiente:

Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa.

Sin embargo vivió un momento complejo en su matrimonio motivado por el descubrimiento de la infidelidad de su marido con Assia Gutman, a quien la escritora calificaba como «la estéril», dada su imposibilidad para tener hijos, de hecho consideraba que a su marido lo que le había alejado de ella era el poder que tenía  por su maternidad y su capacidad para la escritura, lo que para él resultaba de algún modo intimidatorio ante una posible pérdida de control, y que la situación de esterilidad era lo que le había acercado a Assia. La pareja se separó a finales de 1962 y continuó para Sylvia Plath un periodo complicado como otros vividos a lo largo de su vida, aunque no cesó en su entrega a la escritura en esas largas noches de insomnio donde su refugio y su amparo eran la palabra y el anhelo de encuentro con su yo real.

#SylviaPlath: «Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa». Artículo de @Ainhoa_Retenaga Share on X
Sylvia Plath
Sylvia Plath con Frieda y el pequeño Nicholas

A su muerte, un año después, Ted Hughes se ocupó de gran parte de la publicación de su obra, porque al permanecer aún casados, fue su heredero. Una fama y un reconocimiento póstumos con distintas lecturas.

Que Sylvia Plath se suicidara es solo un hecho que forma parte de su biografía, de la biografía de una escritora extraordinaria que fue leal a sí misma hasta un extremo desgarrador e ilimitado, sin que por ello dejase de ser consciente de la necesidad de canalización de sus procesos internos. En una entrevista que se le hizo el mismo año de su muerte, confesó:

Creo que mis poemas surgen inmediatamente de las experiencias sensoriales y emocionales que he tenido, pero debo decir que no puedo simpatizar con esos gritos del corazón, informados únicamente por la aguja o el cuchillo…Creo que uno debe ser capaz de controlar y manipular las experiencias, incluso las más aterradoras, como la locura o como ser torturado… y debe ser capaz de manipular estas experiencias  de modo inteligente e informado.

De hecho en ella no se da únicamente ese intento de control de sus vivencias personales (alcanzó un acceso a lo inconsciente que la enriquecía y la desprotegía a partes iguales), pues estamos ante una poesía cuyo carácter confesional no la hace simple, sino que es una palabra trabajada, potente, y que busca empoderar a la autora en un acuerdo explícito entre ambas. Del mismo modo no puede ser tildada como símbolo de lo exclusivamente personal, puesto que Sylvia Plath era un ser comprometido con la realidad exterior, de la que sabía formaba parte a pesar de resultarle en algunas ocasiones ajena por su hostilidad, su afán de un constructo fundamentado en la imagen, y su intento de alienación del ser humano, hechos a los que hace una crítica en su obra. Un ser social, político —consideraba que el arte debía convertirse también en un símbolo de reivindicación— que manifestó su preocupación por sucesos como el Holocausto, llegando a identificar en su mente a su padre como un hombre antisemita al que debía «liquidar», como expresa en su poema «Daddy», calificado como «el Guernica de la poesía moderna» por el crítico francés George Steiner, en el que parece entremezclar su desasosiego social con su duelo no resuelto por la muerte de su progenitor y su necesidad de combatir el recuerdo por la atrocidad que se ha generado en su alma ante la pérdida:

Papá

Ya no me sirves, ya no me sirves
más, zapato negro
en el que he vivido como un pie
treinta años, pobre y pálida,
con miedo de respirar o estornudar.

Papá, he tenido que matarte.
Moriste antes de que tuviese tiempo.
Pesado como mármol, un saco lleno de Dios,
espantosa estatua con un dedo del pie gris
grande como una foca de Frisco…

Sylvia Plath ha conseguido como pocas escritoras, el reflejo de una sociedad en la que imperan los distintos estereotipos femeninos, su propia experiencia en Smith College con un ritual instaurado en la universidad sobre el camino de la mujer hacia el altar como destino de esta, la realidad de una madre que durante su matrimonio adoptó un rol sumiso con el que no se identificaba, su vivencia personal de los distintos posicionamientos de la mujer hacia la maternidad, sus contradicciones entre los distintos papeles que intentaba ejercer en pro de sus necesidades y deseos, y su capacidad de reflexión, unidas a su modo de acercarse al lector, consiguiendo que este se identifique con el contenido de su obra, y a su visión amplia y crítica de la sociedad, han posibilitado este hecho. Una mujer que se constituyó a sí misma en un proceso inabarcable de búsqueda y expresión.

#SylviaPlath fue una mujer que se constituyó a sí misma en un proceso inabarcable de búsqueda y expresión. @Ainhoa_Retenaga Share on X

Una escritora con una pluralidad de rostros como manifestación de una voz única y personal en los distintos ámbitos de su vida, lo que hace que quizá nunca llegue a ser conocida en la extensión de su ser (¿qué límite alcanzaba este si su obra denota tales proporciones?). Una autora que anhelaba la trascendencia y que desterró los tabús de la época en sus manifestaciones sobre la sexualidad, la muerte («Morir. Es un arte, como todo lo demás. Yo lo hago excepcionalmente bien», expresa en su poema «Lady Lazarus»), la enfermedad mental, o el rostro de los monstruos que en mayor o menor medida a todos nos atenazan en forma de miedos, obsesiones, e inseguridades. Porque sí, porque Sylvia Plath fue también un ser humano, con contradicciones, con ambigüedades. Con una realidad e irrealidad emocional que formaba parte de ella dentro de un todo mayor.

Una poesía de palabra exquisita en la producción de su resultado a la par que compleja, la alternancia en el tono irónico y dramático, la concreción precisa de cada vocablo, una excepcional creatividad en el uso de las metáforas y los simbolismos, un universo onírico rico en imágenes, un subterráneo dotado de un plano mitológico que no solo ejecutó sino que de alguna forma también encarnó. Una poesía de cuya realidad fue consciente en su poder de transformación.

Fue el ruido categórico, ambicioso, descomunal, e incandescente en su hondura  geométrica e inagotable, lo que habitaba en la mente y el alma de Sylvia Plath. Su sed de transitar las simas de una palabra colmada de una confusión exacta, su hambre de atravesar, embebida,  la insurrecta capacidad de traslación del lenguaje desangrando su verismo como único modo de transmutarse en una prolongación inequívoca de la médula que anhelaba. ¿Qué fundamento sostiene la acromegalia del verbo cuando preside tu todo?

Los extractos de este poema que escribió su hija Frieda, nos sitúan en la realidad de la constitución de su mito:

«Lectores»:

[…] La querían desnuda. / deseaban saber de qué estaba hecha […] Mientras sus madres yacen en tumbas apacibles, / enmarcadas por esos lindos guijarros verdes / y con flores en un frasco de conservas, / han desenterrado a la mía […] le dieron vuelta, como si fuera carne sobre carbón, / para descubrir los secretos de sus muslos marchitos / y sus senos encogidos. / Vaciaron sus ojos para ver cómo miraba / y mordisquearon su lengua en pequeños bocados / para hablar con su voz. / Pero cada uno probó carne distinta / y comió un órgano distinto, / tocó otra piel. / Insistió cada uno en ser aquel que / mejor entendía / el que tenía la fórmula correcta. / Cuando emergió del horno de la estufa / la destriparon, la despellejaron / y la guarnecieron. / La han llamado suya.

A Sylvia Plath

Cromatismo

Azul en la concavidad ilustrada de tus piernas sin cielo,
pájaro complacido sobre un nicho de esferas.
Blanco en las retinas futuras de tu clarividencia en desvelo,
enormidad que respira tu enardecimiento tajante.
Rojo en la diástole grávida de tu abstracción opresiva,
renuncia indócil que a tu vientre reclama.
Cavilación e incertidumbre
nutriendo el despejo y la sombra.
Valquiria hoy tu lengua.

©Ainhoa M. Retenaga

 

Sylvia Plath: la inmaterialidad de una certeza es un artículo de Ainhoa Martínez Retenaga