Un penique por sus pensamientos es el tercer relato presentado como prueba final en los cursos de narrativa impartidos por Talleres de Escritura Ateneo Literario que dirige Ana Boloxescritora y colaboradora de esta revista. El relato de Izaskun Albéniz es el primero del Taller de Novela Policíaca que publicamos en MoonMagazine.

Un penique por tus pensamientos, querido lector. O déjanos un comentario.

Han asesinado a Beatrice... #relato de @FiliasHome, taller de #novelapolicíaca de @AteneoLit Share on X

Un penique por sus pensamientos. Relato de Izaskun Albéniz

Había pasado algo más de un mes desde el crimen, pero todavía no existía una línea clara que nos acercase a la resolución del asesinato de Beatrice. Todo en el homicidio era peculiar. Incluso las pistas que arrojaba el propio cadáver eran inexplicables. Según nuestro forense, Beatrice había muerto mientras dormía profundamente. Apuñalada. Pero las pruebas eran lo bastante confusas como para no poder emitir un juicio certero. Demasiados sedantes para un sueño reparador, decía el perito. Y además, las incongruencias.

Entre las heridas y los indicios del ángulo de las lesiones señalaban a un homicida probablemente ambidiestro con una estatura media de entre cinco y seis pies de altura. En definitiva, un arco demasiado extenso para crear un perfil firme del asesino. No teníamos nada.

Un penique por tus pensamientos, hijo.

Esbocé una pequeña sonrisa ante aquella frase familiar y contesté con un silencio cargado de significado. Mi madre clavó sus ojos en los míos y un relámpago de entendimiento atravesó sus pupilas disgustadas.

Mi madre.

Ella era una mujer de temperamento sensible cuya máxima era la discreción. No entendía ni toleraba una nota discordante en su entorno ni en su apacible existencia vecinal. Tanto daba cuál fuera el motivo de la ofensa. Tras un imperceptible tic de su párpado izquierdo —único detalle que delataba su desazón —, actuaba con imperturbable flema hasta que el asunto caía en el olvido y las habladurías cesaban. Así sucedió con Beatrice. Compartieron su afición por la literatura, pero en el fondo la despreciaba. No tanto porque me hirió al anular nuestro compromiso, sino por las posteriores murmuraciones del vecindario.

—James, querido, ¿podrías ayudarme? Agnes ha tomado el día libre y quiero arreglar la vitrina.

Una vez más, ella obvió mi dolor y se encaminó hacia un rincón de la salita donde Sandie Shaw, desde el aparato de radio, enredaba y desenredaba el hilo de sus marionetas.

Accedí. Al menos una vez a la semana mi madre reorganizaba la urna de cristal que contenía sus pequeños tesoros. El mueble acristalado no era gran cosa en realidad; poco más que una pequeña caja de cristal que había hecho instalar en una esquina del salón y cuyo contenido tenía relación directa con la única pasión que sobrevivió a la muerte de mi padre: la gran dama del crimen.

Así, las paredes de cristal cobijaban el encendedor que supuestamente acompañó a la escritora durante sus viajes por Egipto, los pequeños libros en los que aparentemente tomaba sus notas y, en un lugar destacado, una primera edición del Asesinato en el Orient Express que Beatrice le regaló en nuestra fiesta de pedida de mano.

Beatrice.

Sentí como si mil alfileres atravesasen mi estómago, como si fuera un pequeño muñeco de cera en las manos expertas de un hechicero vudú. Beatrice. Cierto que no era una persona fácil pero todas sus trifulcas con el vecindario —la encarnizada contienda que protagonizó con la enfermera Durbar por un malentendido acerca de un anillo extraviado y también los celos infundados de Mrs. Hunter respecto a su esposo— se habían solucionado siempre sin llegar a mayores.

—Oh, vamos James, no te tortures —dijo mi madre al ver mi expresión doliente cuando recogí la novela de sus manos—. Encontrarán al culpable. Sabes que ella era una persona… ¿Cómo diría yo…? Controvertida. Y probablemente se granjeó más de una enemistad, ya se lo dije a tu compañero. Era una especie de demonio con cara de ángel si quieres conocer mi opinión sincera.  Incluso había tenido encontronazos con todas nosotras en el Club de Lectura. Pero eso no nos convierte en culpables, ¿no es así?

Asentí. En ningún caso podía creer que alguna de ellas hubiera apuñalado a Beatrice. Era a todas luces inverosímil imaginar a Mrs. Hunter, tan larguirucha e introvertida, o a la enfermera Mrs. Durbar involucradas en tan terrible acción. Y por descontado, imaginar a mi anciana madre, con sus escasos cinco pies de altura, empuñando todo un cuchillo de carnicero contra Beatrice resultaba casi cómico de no ser porque el asunto no tenía nada de gracioso.

—En cualquier caso, al término de la reunión del Club, Beatrice aún continuaba con vida, como le dijimos al Inspector Roy —dijo mi madre mientras recolocaba los objetos de la vitrina con sus manos moteadas—. Incluso horas después, cuando Alice volvió a por las recetas de los pastelillos de carne, no encontró ningún indicio que le hiciera pensar que algo iba mal. Tan solo que Beatrice tenía jaqueca.

—Sí —afirmé—, es lo que consta en las declaraciones. Ella dice que le aconsejó un sedante suave.

—Oh, Alice, siempre tan dispuesta. Querido, estoy segura de que si hubiera sabido qué pasaría después, no lo hubiera hecho —razonó frunciendo el ceño—. ¿Sabes que Alice tuvo que enfrentarse a un horrible interrogatorio? ¡Y la llevaron a Scotland Yard en el coche policial, como una delincuente cualquiera! ¡Ni una vez muerta esa mujer podía dejar de dar problemas! ¡Qué desagradable situación!

Apreté los dientes y mi madre trató de rectificar la vehemencia de sus palabras.

—Oh, James, lo siento pero es cierto querido. En fin, al menos Beatrice hizo algo bueno—afirmó señalando el libro que yo sostenía entre mis manos—. ¡Adoro esa novela, y al detective Poirot! No hay caso que se resista a sus células grises, ¿verdad James?

—Madre, eso es ficción —contesté con hastío.

Resoplé. ¡Cuánto más fácil resultaban los casos de Poirot y sus novelas! Cada crimen era un reto que el famoso inspector conseguía solucionar con un poco de actividad cerebral. Mientras hojeaba las páginas del libro imaginé qué hubiera hecho él con el asesinato de Beatrice.

Probablemente hubiera enlistado a las sospechosas —en este caso, las últimas que vieron con vida a Beatrice, las “muchachas” del Club de Lectura— sin dejar de lado al amante despechado y sus posibles motivos para asesinarla. Como en la novela, también hubiera buscado la relación de cada uno de ellas con la escena del crimen: la carnicera y el cuchillo, la enfermera y los sedantes, el rencor lógico tras una ruptura…

Y quizá hubiera continuado explorando los celos de Mrs. Hunter, la riña con Alice, la inquina de mi madre y mis propios sentimientos por la anulación del compromiso. Pero era necesario algo más para que todas aquellas conjeturas cobrasen autenticidad.

Por ejemplo, una prueba que pudiera situar a alguno de los sospechosos en casa de la víctima a la hora del crimen. Aquello que Poirot llamaba la oportunidad.

—El libro, James, querido —dijo mi madre tendiéndome su mano y sacándome de mis pensamientos.

Levanté la vista y un resplandor en la estantería contigua llamó mi atención. Me acerqué con rapidez y oculté en mi bolsillo el objeto responsable de aquel brillo metálico. Un manojo de llaves con una placa en la que aparecía grabada una inicial. La letra B. Beatrice.

Un instante después, cuando entregué el Orient Express a mi madre, un repentino temblor en su párpado izquierdo acompañó mis movimientos. Ella clavó la duda de sus ojos en los míos.

—Un penique por tus pensamientos, hijo.

 

Un penique por sus pensamientos. Relato de Izaskun Albéniz

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