Con Desamparo, MoonMagazine inicia la publicación de los relatos presentados como prueba final en los Talleres de Escritura de Ateneo Literario que dirige la escritora y colaboradora de esta revista, Ana Bolox.

Relato noir, feelgood, terror y textos narrativos poéticos como el que te presentamos hoy, obra de José María García Plata, tendrán su cita periódica en nuestra sección Club Literario creada expresamente para Ateneo Literario.

Sin más preámbulo, damos paso a Desamparo, un relato con un protagonista muy especial.

Desamparo, primer relato de nuestra alianza con @AteneoLit de @ana_bolox Clic para tuitear

Desamparo

Parecía estar de rodillas y con los brazos en cruz, como gimiendo, como acusando al cielo del desamparo que padecía o pidiendo justicia por lo que fue condenado y nunca había hecho. La mirada turbia, la dignidad ausente como quien lo da todo ya por perdido. Era la hora en que las distancias se difuminan y las nubes pintan de grana el suelo, justo antes de desvanecerse el mundo. Le pregunté su nombre, y sin palabras, porque era afónico, me dijo:

—En otros tiempos, yo fui el orgullo de muchos aficionados y fui puntero. Recuerdo cuando los hombres me presentaban como vanguardia y me anhelaban y complacían, y mira ahora…

—Pero eres joven, quise inyectarle un chupito de ánimo.

—No te lo niego. Mi piel es sobria, mis ojos son acaramelados y, a simple vista estoy saludable, pero todo ello no es más que fachada.

—¿Y cuál es tu achaque?

—Toso y expelo. Mi armazón, tan fuerte antaño, sufre de artrosis y tengo los órganos descompensados. Querido amigo, yo soy carnaza de cementerio, al que mi especie llama desguace.

Miré hacia el llano deshabitado, sin una sombra en que guarecerse, sino matojos y malos vientos que los arrastran, zarandeándolos. Miré hacia el cielo, ni un solo pájaro que gorjease o silueta que dibujara signos de vida en el vacío. Estaba solo, desamparado en un mar de ausencias. Se oía el silencio por todas partes: risas de abismo, gritos de infamia, voces del páramo donde rechina el discordante  sonido de la nada y se agazapa lo que se oye.

—¿Quién te ha dejado en este océano?

—Fueron los hombres —dijo con voz opaca.

Y su eco débil fue retumbando de loma en loma, de valle en valle, como un suspiro de aquella estepa que lo acogía en su estéril seno.

 

Imaginé después su vida errante. Vi su opulencia cuando rodaba por los caminos, cruzando campos, salvando ríos por los viaductos, a veces rugiendo, a ratos silente, y pensé en la arrogancia de sus ocupantes cuando en las rectas lo aceleraban, dejando a la zaga a sus congéneres. He de decir que sentí inquietud en aquel momento. Limpié como pude el polvo de sus cristales con un hierbajo que arranqué del suelo, y al punto se reflejaron las manchas oscuras de mi piel en sus azogues, y al fijarme en mis ojos, dos nidos de arrugas que se encogían y dilataban como acordeones, invocaron el año en que vine al mundo. Recapacité un instante, y, sin desearlo, porque me hería, de pronto me vi en un yermo doliente y desamparado, y evoqué a Bécquer con mi propio lenguaje:

¡Dios mío, qué solos se quedan quienes lo dieron todo a cambio de nada, y ya no nos sirven un ápice!

Una hora después, la estepa se había convertido en bullicio de seres ocultos. Descubrí ojos ambarinos, ardientes como brasas, que escudriñaban el suelo en busca de nutrientes, y, a veces, se oían quejidos que iban apagándose muy poquito a poco. El cielo se incendió con millones de fallas, y, en mitad de la nada seguía el vehículo de puertas abiertas abrazando a la noche. Era un coche con alma.

Torturado, volví a mi ciudad, con el seso repleto de imágenes, y supe que el dueño lo había arrinconado por otro más nuevo. Era un tipo, según me contaron, que cambiaba de carro o de hembra igual que se cambia de ropa o cuchara. De esos que carecen de apego a las cosas austeras, que a los demás hombres nos colman la vida de dicha.

Volaban las horas por encima de la inquieta ciudad, rugían los motores, y la marabunta de andantes histéricos saturaban los pasos de cebra o las bocas de  los subterráneos, cargando sus cuitas. Así pasaron tres meses, y un día caí por el páramo a escuchar soledades, a curar las heridas que infligen las calles con sus estridencias y sus empujones, a respirar los aromas de jara y tomillo que traen las brisas de tierras lejanas. Y me hundí en el útero de aquella simpleza, sin prisa ninguna. No sé si fue un sueño, pero las alondras entonaron sus toscas canciones y las golondrinas rayaron los aires describiendo raros caligramas con sus alas leves. Yo, abstraído y confuso, me veía en un jardín surrealista de los que tan sólo existen en el subconsciente del iluminado. Mas desperté de pronto y allí seguía el yermo, y allí estaba el coche hincado en la arena en actitud humillante. Lo vi más añoso, las ruedas vacías y el semblante marchito por el sol inclemente de la extensa llanura que lo cobijaba.

¿Realidad o ilusión? Quién lo sabe. A veces la mente nos juega una mala pasada al despertar del sueño y puede turbarnos. Pero allí seguía el coche de puertas abiertas implorando a la nada, y allí estaba el yermo igual que un sudario, esperando, tal vez, el final de una gesta.

—¿Qué dolor te aflige?

Y, casi con voz extinguida, me dijo:

—Es el desamparo.

Entonces, lágrimas de herrumbre cayeron al suelo, empapando la tierra.

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Desamparo, relato de José María García Plata

Talleres de Escritura Ateneo Literario.

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