José María Gabriel y Galán. Semblanza del poeta del pueblo llano

El paso de José María Gabriel y Galán por la tierra —poeta nacido en Frades de la Sierra (Salamanca), en 1870 y  fallecido en Guijo de Granadilla (Cáceres), el 6 de enero de 1905—  fue breve, pero su obra fue prolífica, y lo más importante, conoció las mieles del éxito en vida y su estela poética perdurará por los siglos, al menos en Salamanca y Extremadura, donde calles, plazas, parques, colegios y pantanos llevan su nombre, y el pueblo lo adora.

A veces uno se pregunta qué puede hacer un poeta para ser querido y recordado. Gabriel y Galán lo fue porque supo cantar a la naturaleza y al pueblo llano y reflejar sus preocupaciones, penas y alegrías de una manera sencilla. Pero para abundar en ello, veamos parte de lo dicho por sus prologuistas:

Francisco Fernández Villegas, «Zeda», que prologó el libro Castellanas, escribió:

«No ha mucho leí en el Lábaro, diario salmantino, una composición poética en quintillas. Con júbilo eché de ver, desde los primeros versos, que su autor era un verdadero poeta. Sentíase a través de las rimadas frases de amor a la naturaleza, hondas palpitaciones del alma nacional, ecos vibrantes de la voz varonil con que cantaron sus alegrías o sus dolores las generaciones vigorosas que ha engendrado la noble tierra de Castilla. De sobras sabe Gabriel y Galán que en todo lo que existe puso Dios algo de eterna belleza. El toque está en saber descubrirlo». Y agrega: «En los campos castellanos, áridos y monótonos para los que no saben ver la belleza, nos muestra Galán mundos enteros de poesía. Sus creaciones son sencillas. Su originalidad no depende de lo que en ellas se dice, sino de la manera peculiar con que nos presenta sus ideas. Los asuntos elegidos por el poeta no pueden ser más comunes: un labriego que al perder la compañera de su vida, ve sólo tristeza en lo que antes era felicidad. Un mozo enamorado que ofrece a la mujer amada lo mejor que encierran sus campos o un viejo campesino, que aconseja a una moza casadera que se guarde de los atrevimientos de su galán.»

Por la belleza de este poema titulado «Del viejo, el consejo», se transcriben las siguientes estrofas escritas en redondillas y rima consonante:

Deja la charla, Consuelo,/ que una moza casadera/ no debe estar en la era/ si no está el sol en el cielo.  Tu hogar tendrás apagado,/ y al mozo que habla contigo/ le está devorando el trigo/ la yunta que ha abandonado./ Vete, muchacha, y no quieras/ llorar prematuros gozos,/ que sé lo que son los mozos/ y sé lo que son las eras.

Unida al prólogo de F. Villegas, figura la, a modo de pastoral literaria, del padre Cámara:

«Los aires que por aquí se respiran —escribía el obispo de Salamanca a sus feligreses—, son los embalsamados del cantueso y del tomillo. Son aires de salud y de frescura los que vigorizan el cuerpo y deleitan y robustecen el alma. Tomad el baño de estos raudales y estos aires deliciosos, respirad.  Y bajo la sugestión suavísima de los versos de Gabriel y Galán, allá os envío soplos de auras que refrigeran y ecos sonoros que extasían el ánimo. Nacen de nuestras extensas llanuras cubiertas de flores y de mieses y de estos verdosos montes de encinas y robles»

Por su parte, Juan Maragall, al frente de Extremeñas, empieza diciendo: «Lector, he aquí un libro de poesía. Y no sería menester más prólogo que estas seis palabras, si los que solemos llamarnos poetas o críticos no profanáramos cien veces al día el santo nombre de Poesía. Y tú, por esa funesta docilidad con que aceptas lo que se te dice en letras de molde, acoges nuestra mentira como verdad y crees que es poesía mejor o peor, según exteriormente suena, pero poesía al fin, todo lo que se te da bajo tal título. Pero piénsalo bien, lector, tú lees u oyes recitar juegos de palabras, pero enseguida que ha cesado la cantilena sientes como una liberación y vuelves a tus pensamientos, al hilo de tus preocupaciones sin que aquella haya dejado en ti otro rastro que el de un vago entretenimiento. Mira, poesía es esto»

Y  transcribe estos versos del poema titulado «El embargo».

¡Pero a vel, señol jues: cuidaítu/ si algunu de esus es osau de tocali a esa cama/

ondi ella s´ha muertu./ La camita ondi yo la he queríu/ cuandu dambus estábamus güenus,/ la camita ondi yo la he cuidau,/ la camita ondi estuvo su cuerpu/ cuatru mesis vivu/ y una nochi muertu.

«¡Ah!, esto es otra cosa. Esto no es un vano halago. Esto te remueve las entrañas y cuando vuelves a tu vida ordinaria lo llevas dentro y actúa en ti. Y cuando miras a tu mujer y la cama en que duerme, y tu pobreza o riqueza, lo ves todo mejor. Todo el libro es vivo, escrito en dialecto, es decir, en libertad de lengua».

Por el sentimiento que destila este poema, se añaden a los anteriores versos los siguientes y últimos del mismo:

Señol jues: que nengunu sea osau/ de tocali a esa cama ni un pelu,/ porque aquí lo jincu/ delanti usté mesmu. Llevalsulu todu,/ todu, menus esu,/ que esas mantas tienin/ suol de su cuerpu,/ ¡y me güelin, me güelin a ella/ ca ves que las güelu!

En cuanto a Pardo Bazán se refiere, comienza hablando de una carta que el poeta le escribió poco antes de morir, en la que le decía: «Nací de padres labradores en Frades de la Sierra, (Salamanca). Cursé en ésta y en Madrid la carrera de maestro de primera enseñanza. A los diecisiete años de edad obtuve por oposición la escuela de Guijuelo, (Salamanca), y después, por oposición también, la de Piedrahíta, (Ávila). Contraje matrimonio con una joven extremeña y dimití del cargo que desempeñaba porque mis aficiones todas estaban en el campo, y en él vivo consagrado al cultivo de unas tierras y al cuidado y cariño de mi gente, mi mujer y mis tres niños. A escribir coplas dedico el tiempo que puedo robar a mis tareas en el campo».

El poeta dimitió como maestro y se dedicó al cultivo de la tierra y a su familia. #GabrielyGalán Share on X

«Este poeta tan español, pero tan del terruño —dice Pardo Bazán— consiguió lo que no han logrado otros vates de tronío, a los que cuando mueren no los llora sino su familia. La temprana muerte de Gabriel y Galán fue el duelo de dos regiones: Salamanca y Extremadura, donde le lloraron los humildes, los pobres. Haber vivido entre ellos fue bienaventuranza. La impresión que producen sus versos es como estar contemplando la naturaleza. Absoluta es la compenetración de su Musa y de la tierra, no en el sentido material, en otro mucho más alto».

Busto de Gabriel y Galán en la plaza de Guijo de Granadilla. A la derecha, la casa donde vivió, hoy Casa-Museo del poeta.

Al #poeta #GabrielyGalán le lloraron los humildes y los pobres de Salamanca y Extremadura. Share on X

Su consagración como poeta arranca en 1901, al ser galardonado con la flor natural en los Juegos Florales de Salamanca, por su poema titulado «El ama», elegía escrita a la muerte de su madre. Presidente del jurado era D. Miguel de Unamuno, a la sazón, Rector de la Universidad, y también formaba parte del jurado Zeda. Luego su fama se acrecentaría al resultar ganador de los Florales de Zaragoza, Sevilla, Lugo y Buenos Aires, y también le ayudaría el hecho de escribir en dialecto, de darle voz al terruño en habla extremeña, el castúo.

#GabrielyGalán dio voz al terruño en habla extremeña, el castúo. Share on X

En Ahigal, pueblo que dista dos kilómetros de Guijo de Granadilla, nació, cuarenta y tres años después de la muerte del poeta, el autor de este artículo. Conoce los espacios cantados por aquel hombre, muchos de ellos siguen tal cual estaban en su tiempo y, otros, sumergidos bajo las aguas del pantano que lleva su propio nombre, construido en la década de los cincuenta. Y sabe de la adoración que Guijo de Granadilla profesa a «D. José María», como cariñosamente le dicen al nombrarlo. Para ellos es un honor haber tenido un poeta de aquella talla. Y no es para menos, pues no cualquier pueblo puede presumir de eso.

Por su obra y por lo que contaban quienes lo conocieron en vida, se sabe que fue un hombre bueno, cristiano, que supo ver en la naturaleza la obra del Creador y que, ante las grandes adversidades se resignaba, como indican estos versos de «El ama»:

Pero ya sé hablar como mi madre y digo como ella,/cuando la vida se le puso triste:/ ¡Dios lo ha querido así!/ ¡Bendito sea!

O estos otros escritos en el umbral de su muerte:

¡Quiero vivir! A Dios voy/ y a Dios no se va muriendo,/ se va al oriente subiendo/ por la breve noche de hoy./ De luz y de sombras soy/ y quiero darme a las dos./ ¡Quiero dejar de mi en pos/ robusta y santa semilla/ de esto que tengo de arcilla,/ de esto que tengo de Dios.

Sus poemas, escritos la mayoría en octosílabos, son sencillos, pero hermosos y tocan el alma de quien los lee. A veces utilizaba la doble adjetivación para imprimirle más belleza y fuerza al verso. Veamos dos estrofas de «La Pedrada».

La procesión se movía/ con honda calma doliente./ ¡Qué triste el sol se ponía,/ cómo lloraba la gente, /cómo Jesús se afligía…  La escena a un tigre ablandara./ Iba a caer el cordero,/ y aquel negro monstruo fiero/ iba a cruzarle la cara/ con el látigo de acero.

O en el poema del «Ama».

Y cantaban también aquellos campos,/ los de las pardas onduladas cuestas,/ los de los mares de enceradas mieses,/ los de las mudas perspectivas serias.

Muchos poetas posteriores, sobre todo extremeños, bebieron de su fuente. Entre los consagrados fuera del terruño, está Miguel Hernández, quien en sus inicios, quizás porque también era hombre de campo, tenía a Gabriel y Galán como referente.

Él mismo decía a Pardo Bazán en su misiva:

Mis paisanos los salmantinos, y lo mismo los extremeños, me quieren mucho y me miman. Yo también los quiero con toda mi alma, y con ella les hago coplas que saben mejor que yo, de memoria, porque las recitan en todas partes y hasta las oigo cantar a los gañanes en la arada.

Así fue entonces y siguió siendo luego. En todos los hogares de la zona había libros «del poeta», que se leían y releían, sobre todo en las largas noches de invierno, alrededor de la lumbre, de cuya práctica no fue ajeno el autor de esta semblanza. Con Gabriel y Galán aprendió a leer poesía y a escribirla años más tarde. Él fue su maestro.

Y como homenaje al hombre, al ilustre POETA y a la tierra que cantó, ahí les deja un poema propio que ratifica lo dicho.

 

Poemas alrededor de la lumbre

Sobre la piedra de granito,
bajo la escueta chimenea que vierte
el humo al viento, brillan las ascuas de la lumbre
como ojos de raposa en noche oscura.

A su alrededor, con los pies templados
y las espaldas frías, pasan la sobremesa de la cena
el matrimonio y los tres hijos.

—¿Cómo se te dio la escuela hoy? —pregunta
el padre al primogénito.

—Leí poesía.

El hombre lo contempla, se levanta del asiento
y se va y vuelve al instante.
Trae en sus manos una bolsita de tela anudada
con un hilo, como si protegiera allí un tesoro.

—¡Toma, hijo! —y le entrega un libro
deslustrado, de hojas sueltas.

Extremeñas—anuncia el chaval,
muy seguro de sí mismo.

Título, «Cara al cielo»—y lee en castúo,
que es la Jabla de su tierra.

En el hogar surge el silencio,
pues se sienten concernidos con los hombres
y el entorno campesino, cantados
por un humilde poeta que por sencillo fue ilustre.

¡Qué calma! ¡Qué bienestar se respira
y cómo se va escurriendo el tiempo en la lectura.

Religiosas —dice el muchacho luego.

Título, «El Cristo de Velázquez».

Él, ahora no entiende lo que lee, pero ve al pintor
frente a aquel lienzo, y a los Ángeles haciéndole pinceles
con las plumas que se  arrancan de sus alas,
tal como lo escribe el poeta.

Y por las surcadas mejillas de sus padres,
vislumbra dos regueros que van a caer sobre la lumbre.

El chico sigue recitando
como si él también estuviera poseído
por la gracia de Velázquez.

Han pasado dos horas largas
cuando el padre consulta el reloj de bolsillo,
heredad de sus mayores, y sentencia:

—¡Mañana será otro día!

Se besan, se dan las buenas noches
y encaminan sus pasos hacia el lecho,
con el regusto del último poema.

Afuera, sobre los viejos tejados
brillan reflejos de plata.

Y dentro de la vivienda,
los versos de Gabriel y Galán
son antorchas encendidas que iluminan
el camino a la familia.

Poema de © José María García Plata

 

Artículo de José María García Plata.

 

 

Fuente: Lo dicho por sus prologuistas y las estrofas transcritas en este texto proceden de las Obras Completas de Aguilar S.A Ediciones.

© Herederos de José María G Gabriel y Galán.