Las rosas de Saturraran. Silencio, cárceles y tumbas

El infierno tuvo un nombre: Saturraran.

Miles de mujeres fueron violadas, torturadas, sometidas a todo tipo de vejaciones durante la Guerra Civil Española. Muchas de ellas no lograron sobrevivir al trato inhumano del que fueron objeto.

La caída de Asturias en poder de las tropas franquistas en el año 1937 supuso un incremento en el número de mujeres encarceladas.

Al escribir este artículo, quise centrarme en un lugar concreto: la cárcel de Saturraran, situada entre Mutriku, municipio al que pertenece, y Ondarru, en el mismo límite entre las provincias de Gipuzkoa y Bizkaia. Un antiguo balneario de lujo convertido en seminario y finalmente en prisión donde se  albergó, entre los años 1937 y 1944, a más de cuatro mil mujeres republicanas cuyas edades oscilaban entre los dieciséis y los ochenta años, la mayoría procedentes de la mitad norte de España. Que algunas de ellas estuvieran embarazadas o con hijos de pocos meses no fue obstáculo para su ingreso en prisión. Custodiadas por monjas Mercedarias, de la vigilancia exterior se encargaban los soldados y guardias civiles.

Saturraran linda con el mar, por tanto, la posibilidad de escapar era prácticamente nula. Según cuentan las víctimas, albergaban a las presas en tres pabellones distintos: uno para las madres, otro para las ancianas, el tercero para las más jóvenes. Cada una disponía de unos cuarenta y cinco centímetros de suelo; ese era el espacio en el que tuvieron que pasar la mayor parte de su tiempo.

Su único delito: ser esposas, novias y familiares de hombres contrarios al Régimen. Fueron clasificadas de «extremadamente rebeldes y peligrosas». Las presas de Saturraran no tenían baño, debían hacer sus necesidades en cubos aguantando el fétido olor durante horas, incluso días. Los niños dormían en los brazos de sus madres, literalmente amontonadas en el escaso espacio de las celdas. El párroco era el encargado de hacer fotos a las presas, las engañaba diciéndoles que iban a participar en una película y que tenían que salir bien vestidas, sonrientes, dando una imagen de armonía y bienestar. Las obligaba a posar para, después, enviar las fotos a los periódicos de la época y, así, dar una buena imagen de la prisión.

Las rosas de Saturraran

Marcelina Felgueroso Rodríguez, natural de Langreo, 46 años.

María Martín Gimeno, natural de Azuara, Zaragoza, 71 años.

Dionisia Chérvoles Ortega, natural de Ventosa, Soria, 56 años.

Antonia Cuartero Fitesa, natural de Pila, Zaragoza. Felicidad González Peláez, natural de Campiello, Asturias, 63 años.

Lucrecia Martínez Salas, natural de Campillos, Asturias, 22 años.

Así, hasta ciento dieciséis mujeres. Todas ellas son claro ejemplo de lo ocurrido entre aquellos muros. Según los testimonios de las supervivientes, las puertas de sus celdas tenían un agujero por el que las monjas podían observarlas. Las mismas presas las llamaban carceleras. Las trataron como a perros, era la típica noción de la presión como castigo. Las presas pasaron hambre durante su cautiverio, las monjas vendían al exterior los alimentos que les correspondían. Jamás vieron la carne ni el azúcar, todas las mañanas se levantaban con el olor a tocino y huevos fritos, pero aquellos alimentos nunca llegaron a sus estómagos. De lo único que podían alimentarse era de un mendrugo de pan y un plato de patatas o lentejas con gusanos.

La muerte de 116 mujeres y 57 niños, balance trágico de una historia sin sentido. Las rosas de Saturraran. Silencio, cárceles y tumbas. @pilar_moligar. Share on X

A las ocho de la mañana debían estar lavadas, peinadas y con sus petates recogidos. Fueron sometidas a jornadas de trabajo interminables, prohibiéndoles cantar, reír y hablar euskera. Les obligaban a rezar el rosario tanto si eran creyentes como si no. De vez en cuando, bajaban a la playa a las más ancianas, no como premio, sino como castigo; las obligaban a pasear por la arena con una lata de pintura de un peso aproximado de cinco kilos, hasta que desfallecían debido al cansancio. Castigos inhumanos como encerrar a las presas durante quince días a pan y agua, descalzas, semidesnudas. Todas se callaron, todas bajaron la cabeza, por miedo: miedo a que les quitaran a sus hijos, miedo a que les hicieran daño llevándolas a las celdas de castigo.

Resistieron con todo el coraje aquel infierno, sobrevivieron al tifus, la sarna, la difteria… Muchos niños fallecieron en Saturraran; sus madres no pudieron hacer nada para evitarlo. Ciento dieciséis mujeres asesinadas, cincuenta y siete niños fallecidos por diversas enfermedades, macabro balance de esta historia sin sentido.

Pero el camino a la libertad no iba a ser nada fácil. Después de salir de aquella cárcel (en los cuarenta), de haber padecido el dolor más injusto por la privación de sus derechos fundamentales, tuvieron que seguir soportando el peso injustificado de la ley. Periódicamente, se presentaron informes de mano de la policía o de los párrocos, comunicando a las altas esferas si aquellas mujeres supuestamente libres cumplían o no con lo que se suponía era su deber patriótico. Muchas debían seguir ocultando sus ideas políticas, acudiendo a misa a diario, cooperando con una sociedad que las había encerrado de manera tan injusta. De vez en cuando, tenían a algún policía rondando sus casas, vigilando cada uno de sus pasos.

En 2007, se llevó a cabo el primer homenaje institucional a las rosas de Santurraran a través de la asociación Ahaztuak, 1936-1977que dedicó este acto a la memoria de Asuncíon Rodríguez Pulgar —recién fallecida por aquel entonces—, antigua presa y colaboradora de la asociación. Cientos de mujeres acudieron para rendir un emotivo homenaje a todas aquellas que fueron privadas de voz y de vida.

 

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Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz hasta la última plantita todavía con vida, regar la tierra con sal, después matar la memoria de la hierba. Para colonizar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la comarca hubo algo más que silencio, cárceles y tumbas. Está prohibido recordar.
Supervivientes

 

Por las celdas de Saturraran pasaron más de cuatro mil presas, todas ellas políticas. Sus hijos fueron considerados «débiles mentales» y muchos de ellos, entregados en adopción a familias afines a los gobernantes franquistas. La cárcel se clausuró en 1944 y sus edificios fueron cedidos a la Iglesia Católica para su uso como seminario.

La cárcel de Saturraran fue demolida en 1987. Hoy solo queda de ella algún rastro de cimiento y un antiguo depósito de agua.

 

Plan de exterminio. Está prohibido recordar. Silencio, cárceles y tumbas. Las rosas de #Saturraran. Silencio, cárceles y tumbas. @pilar_moligar. Share on X

 

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Homenaje a las mujeres presas en la cárcel de Saturraran. (LINK)

 

Fuentes consultadas y enlaces de interés:

No lloréis, lo que tenéis que hacer es no olvidarnos, de María González Gorosarri y Eduardo Barinaga.
Las Rosas de Saturraran (LINK)

Pilar Molina García

 

De El vacío y las horas:

Has puesto mis ojos en su sitio
Hacedora de rostros
más allá de la Muerte.

Aún recuerdo el abismo
de mi llanto.

Suspendida
Retrasábame ciega
en la bifurcación constante
de mis rutas.

Me adueño del delirio
en el permanente tránsito.

 

Blanca Calparsoro