«Mi trabajo es un grito de denuncia de la guerra y de los ataques de los enemigos de la República establecida legalmente. La pintura no está para decorar apartamentos, el arte es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. La guerra de España es la batalla de la reacción contra el pueblo, contra la libertad. En la pintura mural en la que estoy trabajando, que titularé Guernica, y en todas mis últimas obras, expreso claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha sumido a España en un océano de dolor y muerte», sentenció Pablo Picasso cuando le preguntaron el porqué de su obra, y tenía razón.

Sus intenciones, esas que él mismo describe con tanta vehemencia, quedaron plasmadas en un cuadro que nos conmueve y nos hipnotiza con una fuerza arrolladora. Esas pinceladas teñidas de sangre, impotencia y dolor, forman parte de una obra que nos interpela. Que nos mira a corazón abierto y espera.

Pinceladas teñidas de sangre, impotencia y dolor que forman parte de una obra que nos interpela. #LilianaDíazMindurry, en su poemario Guernica, hace de aquel pedazo de tela su propio nido. @lucianaprodan @edicioneshuso. Clic para tuitear

Claro que lo que Picasso jamás llegó a imaginar, es que muchísimos años después, Liliana Díaz Mindurry (reconocida poeta, escritora y ensayista argentina) se animaría a ir por más. Que terminaría haciendo de aquel pedazo de tela su propio nido, y que a través de su libro Guernica (editado por Huso, en una edición bilingüe francés-español, con prólogo de Amelia Valcárcel y traducción e ilustración de Gregoria Gutierrez Oliva) sería la encargada de desollar, desnudar y deshilachar a cada uno de sus ¿personajes? dejándolos en carne viva y expuestos a su propio ¿destino?

Porque Liliana también sabe lo que quiere.  Y porque ella no iba a conformarse con analizar, descifrar o contemplar aquel cuadro transformado en emblema. Ella necesitaba hacerlo hablar. O mejor dicho, gritar. Exorcizarlo. Resucitarlo, llenarlo de vida y ofrendarle su voz. Volverse el eco que siempre se esconde detrás de la mudez del horror y el error de lo irreparable.

Dueña de una lírica impecable, Liliana, en este poemario, nos toma de la mano y nos invita a pararnos sobre los escombros. A recorrer el cuadro de a poco, despacio, por fragmentos y sin apuro. Como si se tratara de un viaje que está lleno de cosas, casas, atajos, detalles, trampas, personas y/o ¿personajes? que necesita mostrarnos. Que siente la necesidad de presentarnos y que no puede ni quiere dejar escapar.

Dueña de una lírica impecable, Liliana Díaz Mindurry nos toma de la mano y nos invita a pararnos sobre los escombros. A recorrer el cuadro despacio, por fragmentos y sin apuro. #Reseña: #Guernica, @lucianaprodan @edicioneshuso. Clic para tuitear

Mujeres, niños y hombres. La bombilla eléctrica (o ese ojo que se encarga de hacer foco en aquel dolor que se siente y se presiente). Caras llenas de angustia, de impotencia y resignación (que se entregan y se resisten a una condena inmerecida). Brazos alzados de la manera más inútil (que buscan desesperadamente tocar un cielo lleno fuego. De miedo). La figura del toro (y la simbología que se polariza generando ese contrapunto entre lo humano y lo ¿bestial?) se hacen presentes, para dejarse acariciar por la filosa pluma de Liliana que, como dije al principio, nos ofrenda su voz para transformarla en palabras que aúllan con la ferocidad de la guerra. O en versos que conforman un monólogo interior —eterno— del que (por suerte o por desgracia) ninguno de nosotros logrará salvarse. Ni podrá escapar. Ni olvidar. Ni salir ileso.

 

Una reseña de Luciana Prodan

 

Pinceladas de dolor, a propósito de Guernica, poemario de Liliana Díaz Mindurry

 

 

Guernica

Liliana Díaz Mindurry

Huso Editorial

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