Ataque de ansiedad

Tecleaba a toda prisa.

De la taza de café emergió un dedo, luego otro, luego la mano entera: negra como el futuro que lo esperaba si no acababa el informe en menos de treinta minutos. La mano se agarró a la porcelana y de la taza emergió una cabeza deforme, también negra, que creció y creció hasta hacerse más grande que su continente y conseguir ser vista, por fin, de reojo, por el hombre que no paraba de teclear.

—¡Mierda! –gritó el hombre. Se giró hacia la cabeza, gigantesca, de ojos rojos y una boca en forma de túnel que parecía invitarlo a entrar en el infierno.

—Mierda, no –contestó la cabeza–. Sigue tecleando o te juro, por todo cuanto conoces, que morirás.

Factura de la luz

“Saldo insuficiente”, rezaba el cajero. Volvió a acordarse de aquella carta que le daba pavor abrir pero tampoco se atrevía a romper y que seguro, en ese momento, continuaba mortalmente quieta sobre la repisa de la entrada.

Visita inesperada

Es una chica muy maja. Te dice “¿Es aquí donde venden limonada?”. Te ríes, se ríe ella, la dejas pasar y te vende en media hora hasta lo que no existe.

Ya podía haber recordado esa conversación en cuanto sonó el timbre y no ahora, pensó. Y, justo cuando se disponía a concentrarse para inventar rápidamente alguna excusa que funcionara, fue interrumpida por la chica de la trenza, que comentó con tono alegre:

-Esto ya casi está. Sólo falta una firmita aquí y aquí otra.

El gato

Juega con el gato cada vez que él lo solicite. Si no lo haces, el gato, que ya te ha avisado, guardará silencio, será traidor y esperará con paciencia a que le des la espalda, mientras piensas en tus cosas, y te agaches.

El despertador

—Necesito un buen despertador –le indicó al dependiente– tengo un sueño muy profundo. Integro el despertador en el sueño y continúo durmiendo.

Desde entonces sueña cada noche con la Tercera Guerra Mundial. Pero se despierta. Justo en el momento en el que suena la alarma de evacuación.

El gato despertador

—Soy tu sueño de las seis de la mañana. Otra vez –le susurró el hindú sin ojos.

Ella volvió a respirar profundamente. Tenía que prepararse para el dolor. El hindú sin ojos pinchaba todos los dedos antes de acertar y clavar la aguja en el gordo.

 

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Sustos cotidianos, Microrrelatos de Judith Bosch

Fotografía de Rafa Hierro