Dos conceptos geográficos parecen configurar el dilema planteado en La línea del horizonte: la profundidad abisal en la que los seres vivos se devoran unos a otros y el horizonte, cuya lejanía nos impide ver qué ocurre realmente bajo las olas. Si quieren, realismo versus utopismo.

Ser conscientes de la realidad puede impedir, provisionalmente, que seamos devorados. Sin embargo, fijar la mirada en el horizonte tiene también sus ventajas: evita que sintamos vértigo, nos evade del asco del presente y nos permite establecer la dirección en la que hemos de echar a andar. Establecida una línea de progreso, el horizonte actúa como polo magnético. El horizonte despliega así toda su capacidad hermenéutica: se aleja de nosotros en la misma medida en que avanzamos hacia él. Puede emparentarse con el castigo de Sísifo, pero también con el motor necesario para el progreso. Esta imagen —la del horizonte hermenéutico de comprensión—, si no me equivoco, está por primera vez en Heidegger. Se trata, en efecto, de un mercado de futuros, del cual, el demagogo, el oportunista, el corrupto pueden sacar tajada.

Viene todo esto a propósito del Île de France, en cuyo interior aún continúa la fiesta. Pero estamos en cubierta, rumbo a América, en 1927. El sonido de la orquesta retumba en las sienes de una mujer moderna, independiente, una flapper. Deja atrás una vida en París de trabajo en espectáculos de variedades. Y, aún más lejano, un pueblo donde solo hay «miseria, envidia y alcornoques». Las luces de Broadway refulgen sobre las olas. Alguien, un cazatalentos se ha fijado en ella y le paga el pasaje. Ella quiere quitarse los zapatos, que le dé el aire, encenderse un cigarro. Él se acerca y le da fuego. Sobre la cubierta hay restos de una fiesta.

Hay en el arranque de La línea del horizonte un sabor agridulce, de fiesta en la que ya no podemos participar. En adelante, la conversación (en realidad casi dos monólogos) entre un hombre maduro y una joven que quiere ser estrella pone el dedo en las llagas de los entusiastas, pero también en las de los narcisistas y en las de los Harvey Weinstein de todos los tiempos.

Joaquín Hinojosa y Beatriz Arjona. Foto: Jacobo Medrano

Joaquín Hinojosa y Beatriz Arjona. Foto: Jacobo Medrano

En resumidas cuentas, dos intérpretes representan a dos intérpretes, y eso significa que saben de qué están hablando: de las ilusiones y de la cruda realidad; del horizonte y de la profundidad abisal bajo el casco del barco. Las interpretaciones de Joaquín Hinojosa y Beatriz Arjona son brillantes, excelentes, emocionantes no solo cuando hablan, sino también cuando escuchan. El texto de Carlos Atanes es inteligente.

Intrahistoria, pues, de la fama, sinsabores entre bambalinas, alcohol, ley seca, temporada de icebergs, charleston, flappers, El cantor de jazz, Mary Pickford, Juan Gris y Picasso. Claro que la Gran Depresión está a la vuelta de la esquina.

El diálogo se configura como las confidencias de dos personas que han salido a fumar. Estamos, pues, en un espacio íntimo, peligroso. No tardarán en caer las caretas. La baranda del trasatlántico separa el espacio escénico del patio de butacas, pero también contiene a los personajes en un ring. Volamos a la altura de la primera cubierta, como un ave omnisciente.

Ella toma la palabra y pronto pone de manifiesto su candidez. Él escucha y en cada asentimiento parece estar conteniendo el hastío. Se manifiesta también la incongruencia de la estrella en ciernes. Su búsqueda de la fama a toda costa. Ha gritado «¡mamá, quiero ser artista!» sin caer en la cuenta de que, tal vez, el talento no baste. Ella, tal vez de manera involuntaria, ha conseguido irritarlo. Se dirimen cuestiones simbólicas: el verdadero valor del arte, las motivaciones reales del artista. Se representa también un conflicto generacional. Ella avanza, él retrocede.

Llega entonces el tiempo de los manotazos, el tiempo de desbaratar las ilusiones, de contribuir a hacer el mundo miserable. El hombre maduro quiere imponer su visión porque favorece a sus intereses. Explica cómo es el mundo a medida que él mismo lo configura de esa exacta manera. Su discurso es performativo, inapelable. Ella es joven, bella, sabe cantar… Pero no es suficiente.

No obstante, no se dejen engañar. El hombre maduro dispone de una ventaja momentánea. El barco no se detiene, constituye una celda flotante. Pero nadie puede asegurar que ella no escapará tan pronto como ponga el pie en tierra firme, pues el horizonte, ese polo magnético capaz de avivar la ilusión, se ha desplazado en la misma medida en que ella lo ha hecho. Y es probable que él se quede mirándose la punta de los zapatos.

#LaLíneaDelHorizonte Texto inteligente de @carlosatanes Interpretaciones brillantes, excelentes, emocionantes de #JoaquínHinojosa y @BeatrixArjona Produce @martatimon ¡ENHORABUENA! @TeatrosLuchana Reseña @avazqvaz Clic para tuitear

Actualmente, La línea del horizonte está en los Teatros Luchana, en Madrid, los viernes a las 20.30.

La línea del horizonte

Autor: Carlos Atanes

Dirección: Joaquín Hinojosa

Reparto: Beatriz Arjona y Joaquín Hinojosa

Música: Marc Álvarez

Fotografía: Jacobo Medrano

Regiduría y dirección técnica: Juan Miguel Alcarria

Producción: Marta Timón Herrero

Reseña teatral de Alfonso Vázquez