Habían estudiado la situación muchas veces. ¿Cómo cruzar ese mar de aguas turbias? ¿Cómo arribarían sanos y salvos? ¿Qué sería de ellos? Muchas preguntas. Mirarse unos a otros.  Dudar. Pero no había otra salida que internarse en el agua. Inseguros. Temerosos.

Ya era tiempo.  Lanzarse en el mar. En la marea alta. Cruzarla. Los ojos se pierden. Hundidos en la niebla en la que no se ven peces. Solo lo oscuro. Disueltos en la ola que los levanta hasta caer. Deshacerse. Pero seguir cruzando lo turbio. La maleza en el fondo del agua. Avanzar. Eso es lo que quieren. Llegar a la otra orilla. ¿Será posible?

Llega uno. Se acuesta en la arena. Bajo el sol. ¿Podrán los demás?

—Dios mío. Que todos puedan. Es la salvación.

Alguien es arrastrado y cae. Boca abajo. Descansa. Ya son dos. De a poco, el agua escupe hombres sobre la playa. Hombres sin nada más que sus cuerpos y sus ansias. Ahora hablan sobre lo vivido. Habrá que buscar alimento. Un río. Y luego escapar. No saben si tendrán que atravesar lugares peligrosos, donde con seguridad viven las alimañas, las víboras. Los animales salvajes.

Territorio Fonterizo (Níger) Marea. Fotografía de de Rafa Hierro. MoonMagazine.

«Estos pies» (Níger).  Fotografía de Rafa Hierro. «Marea», de Adela Leonor Carabelli.

 

Pero llegar. Porque la vida vale. Y no pueden perderla. Hay que huir, huir. Huir. Aunque la fatiga los deje sin aliento… Seguir, hasta llegar. Ver, por fin, un aire de paz y de sosiego. Un aire limpio de metralla, de misiles. Hay que fundar un mundo nuevo, en el cual la palabra encandile con su luz.

Se sientan un rato. Respiran. Comen unos frutos que arrancaron de una planta. Frutos fibrosos, dulzones. El sol del mediodía quema. Retroceden. Un baño fresco para poder seguir. Recuperar tiempo. Caminan, cuidadosos. Siempre buscando el norte. A la distancia, un monte verde. Habrá que subirlo. Tal vez, más allá, encuentren una población.

El cansancio los va venciendo. Pero hay que continuar. Hasta morir, si es preciso. Porque hay un objetivo: liberarse, y soñar con liberar a quienes quedaron al otro lado del mar. De nada vale salvar el propio cuerpo, si hay tantos y tantos sin defensa alguna, tantos que mueren o quedan heridos. Chicos llorando junto a sus madres muertas. Madres gritando por sus hijos perdidos. Hombres que corren. Esa visión empuja a los que escapan. Emprenden el camino hacia el monte. Al llegar a lo alto, yuyales, árboles. Arbustos y gritos de pájaros en vuelo. El lugar cambia. Asoman rocas. Lo seco, lo duro. La dificultad para ascender. Pero nada es imposible para los que están en camino. Nada. Nada. Es la marea de la vida la que los arrea hacia adelante. Es lo más profundo del ser humano lo que les da valor.

Se arrastran, ahora. Sorbe, cada uno, un poco de agua que corre entre piedras. Comen los frutos que quedan, para aplacar el hambre. Con la angustia y la alegría a la vez. Porque están juntos, buscando.

De pronto, uno grita: —Allá. Allá. ¿Lo ven? Un poblado. Vamos.

Corren. Corren. El camino se les hace agua. Esperanza a la mano. Poder hablar con los que encuentren. ¿Quiénes serán amigos o enemigos? ¿Serán como ellos? ¿Pensarán lo mismo? Y si piensan igual, ¿serán capaces de hacer algo, o permanecerán hablando solamente?

Marea de Adela Leonor Carabelli para MoonMagazine

«Recuerdos». Rafa Hierro.

—Venimos de lejos. Donde vivimos, más allá del mar, la gente cae sin remedio. Nos están deshaciendo, ¿sabe?

—Yo soy un viejo. Pero claro que lo sé. Aquí hay quienes piensan distinto. Pero los acompaño a ver a dos o tres que quieren que las cosas cambien. Lo que sucede, nos sucede a todos.

Van, y la esperanza es un farol más luminoso que el sol. Encontraron almas con fuerza. Almas con ganas. Es cuestión ahora de sentarse y hablar. Y un fino fresco y pan y queso duro los reciben.

El canto les brota, aunque no se escuche. Es la marea.

 

MAREA. Un relato de Adela Leonor Carabelli