Cuando Ariel Dorfman escribió La muerte y la doncella, probablemente sabía que su argumento no era una novedad pues revisitaba un tema quizás un tanto manido: el de la víctima que reconoce a su verdugo y traza un plan para resarcir su dolor. Tal es el caso de Ushuaia, la última obra de Alberto Conejero que, recientemente, ha estado en cartel en el Teatro Español. Ambas obras —y tantas otras que podrían ser citadas—, comparten un código evidente: la autoconsciencia de saberse no originales en sus premisas para la trama; la historia de víctima que persigue a verdugo o su variante de víctima que se encuentra con su verdugo. Si bien puede decirse que el tema está manoseado también puede decirse que el poder de La muerte y la doncella o el poder de Ushuaia reside en que son dos obras espléndidamente escritas, llenas de lirismo y hasta de cierta épica; algo que traspasa esa cortina de humo y espejos que es a menudo la originalidad.

En Ushuaia —que ostenta el marchamo de ser el lugar más austral del planeta— vive Matheus: un hombre atormentado por su pasado nazi. Hasta allí, hasta su casa en los confines de la tierra, llega Nina: una joven que dice venir buscando empleo como asistenta del hombre —que además se está quedando ciego—. Pero Nina —némesis en toda regla— es en realidad una mujer que busca saldar cuentas también con su pasado y que parece haber encontrado a Matheus de una manera nada casual.

Desde este vórtice, tiembla y se ramifica Ushuaia, el texto impecablemente escrito de Conejero. Certero en la poética que levanta el vuelo y certero en la historia, que no es un thriller sino una fábula sobre el amor, sobre la contrición, sobre la capacidad de perdonar.

#Ushuaia de @alberconejero ‏en el @TeatroEspanol con @_josecoronado_ @Djumillas @EfeJotaSuarez Share on X

En la historia, el personaje de Matheus —cuyo rol encarna José Coronado— está perdiendo la visión. En este hecho podríamos intuir la metáfora de quien espera que la oscuridad lo sepulte en el olvido y le auxilie en el destierro de los recuerdos que hacen daño, pero la ceguera, aquí, no es más que una pertinente metáfora en torno a la negación de aquello de «ojos que no ven, corazón que no siente» pues queda bien patente en el texto, que los recuerdos de Matheus no desaparecen en las sombras de su ceguera sino que se hacen más y más nítidos cada vez, persistiendo en los recovecos de la memoria. Matheus nunca logrará olvidar su pasado hasta que la muerte lo arrastre al bosque de las últimas sombras aunque su empresa sea justamente esa: la de no olvidar; recordar a toda costa —¿cuál sino es la tarea de los hombres cuya memoria es como una piedra sepultada entre ortigas?

Ushuaia de Alberto Conejero

Ushuaia, de Aberto Conejero

La historia que se nos relata es deliciosa en metáforas comenzando por el propio título. Ushuaia nos envía a esa suerte de lejanía a la que uno se aparta esperando que no le alcancen los recuerdos, pero ya lo decía Salman Rushdie: «Puedes sacar a los muchachos de la guerra, pero no a la guerra de los muchachos».

Matheus recuerda de manera constante un pasado que le lleva a Salónica, en Grecia, a un momento concreto en el que los nazis entran en aquel país y hacen de las suyas. En escena, los saltos temporales de presente y pasado están bien hilvanados y son otros dos personajes —una joven judía y un oficial nazi, representados por Olivia Delcán y Daniel Jumillas, respectivamente— quienes nos injertan en ese pasado con el que dialoga Matheus y que tanto le abruma.

En Ushuaia, Conejero hace una invocación feminista clarísima por medio de uno de los personajes más escondidos en la pieza —que es el de la joven judía acorralada por el destino en Salónica—. Esa joven es la voz de tantas mujeres acorraladas por la historia, la voz de tantas mujeres valientes que supieron desdoblarse y sobrevivir a su género, a su identidad. Conejero parece hablarnos de todas esas mujeres a las que la guerra les multiplicó el dolor por estar en guerra y por ser mujeres y tener que soportar el peso de la mezquindad de los hombres. Uno se pregunta: ¿y si Ushuaia es un homenaje a la figura de la mujer? ¿Y si va más allá de la exploración de la persistencia de la culpa? ¿Y si Ushuaia es un himno a los reprimidos, a los vencidos? ¿Un alegato contra las guerras y contra las injusticias empaquetado en una historia —clasicista— de víctimas y verdugos?

Dejando a un lado el texto y su estupenda factura de estilo y estructura, conviene hablar de las interpretaciones. José Coronado interpreta con potencia y contención y no flojea. Su personaje no va calentando en acción sino que entra absolutamente entregado en la actuación y se nos presenta como el hombre cuya libertad es la de estar preso por no poder mirar atrás sin sentir escalofríos. Su aspecto decadente y malogrado es efectivo y resuelve con aplomo siendo generoso con el resto de interpretaciones. Imbuido en su papel, logra transmitir y dejar atrás una imagen —tan mediatizada— de actor curtido en series y cine. Destacaría igualmente el papel de Ángela Villar, entregada, creíble, sin demasiados aspavientos —aunque a veces a su interpretación le sobre algo de rabia o ira en las acciones, brillando más cuanto más falsamente ingenua se muestra—. Daniel Jumillas lleva a pulso el personaje de un oficial nazi y da la talla en escena. Su físico le ayuda, su voz y sus ademanes también. No obstante — y quizá sea una cuestión de dirección— falta un nivel de matices, una versatilidad que le enriquezca algo más. Olivia Delcán, en su papel de judía, resulta desconcertante dado que, en algunos momentos, despunta radiante mientras que en otros, pierde tono y se muestra mucho más fútil. El trabajo en general resulta equilibrado en su conjunto sin sobresaltos que mermen demasiado la poética del texto o el recorrido de la fábula. Si bien, hay que reconocerle a la obra un momento más delicado y de precario equilibrio que se da hacia el final: momento en el que los personajes del pasado se reúnen y ajustan sus últimas cuentas con un Matheus en el presente, sentado en una silla, con sus ropas de nazi dobladas sobre sus rodillas. Este momento climático quizás hace que la obra titubee y cortocircuita en cierto modo el itinerario pues, al menos en escena, se presenta emocionalmente sobrecargada. Con todo, el final sí logra el revulsivo y completa el lirismo de Ushuaia, gracias no solo al texto sino a la vestimenta que lo arropa: el espacio escénico y la iluminación —de Alessio Meloni y Joseph Mercurio, respectivamente—. Maravillosa hibridación entre esos personajes clasicistas, decadentes, que manan de un texto que es parábola y esa escenografía burtoniana, de cuento oscuro, efectista pero perfectamente asimilada y capaz de hacer de vocoder de la poética del autor.

En Ushuaia somos llamados a saber perdonar. Ushuaia es un lugar distante, remoto, sí, lejano. Tan lejano como el perdón que a veces viaja miles de kilómetros y llega cuando ya es, quizás, demasiado tarde.

A Alberto Conejero se le da bien la poesía, se le da bien el teatro, se le da bien escribir obras que son como «plegarias por todos los corazones salvajes que viven encerrados en jaulas»; que son como verdades solitarias, testimonios interrogantes.

Ushuaia es una invocación al amor como revancha y es, sobre todas las cosas, una obra honesta. Y esta honestidad no puede separarse, en absoluto, de quien la ha escrito.

Ushuaia

Autor: Alberto Conejero

Director: Julián Fuentes Reta

Interpretación: José Coronado, Ángela Villar, Olivia Delcán y Daniel Jumillas

Escenografía: Alessio Meloni

Iluminación: Joseph Mercurio

Vestuario: Berta Grasset

Audiovisuales: Néstor Lizalde

Música y espacio sonoro: Iñaki Rubio

Ayudante de dirección: Jorge Muriel

Una producción del Teatro Español

 

 

Reseña de EfeJota Suarez