Antes de invitarnos a conocer esta novela tan especial titulada La biblioteca de Max Ventura —y a su protagonista, la misteriosa Julia Tompson—, Juan Mari Barasorda nos propone un breve paseo por la historia de una enfermedad curiosa (y benigna, ¡digan lo que digan!): la bibliomanía.

Esto no es solo una #reseña. Juan Mari Barasorda nos habla sobre #LaBibliotecadeMaxVentura, de Leticia Sánchez Ruiz @pezdeplata, y realiza un recorrido a través de la historia de la bibliomanía. No os lo perdáis. Share on X

Y en el principio fue el libro. (A modo de introducción)

Todo lunático, pertenezca a este siglo o a los pasados, ama los libros. Los libros, las librerías, los club de lectores y, por supuesto, las bibliotecas —las públicas y las que poco a poco va creando en su morada. Pueden ser libros apilados en los pasillos, perfectamente encajados en filas de a dos en antiguas bibliotecas familiares de roble macizo, creando un mastodóntico ser de hercúleas proporciones, o milimétricamente organizados en las escandinavas —y prácticas— baldas Ikea. Hay bibliotecas para todos los gustos, pero también hay muchas maneras de organizar —y por supuesto, de desorganizar— una biblioteca.

La biblioteca de Max Ventura

Thomas Frognall Dibdin (1776-1847) fue posiblemente el primer organizador de bibliotecas, respetando la olvidada figura del organizador de la biblioteca alejandrina. George John Spencer, vizconde de Althorp, se convirtió en la madurez en comprador compulsivo de libros, afición razonable para su desahogada economía. Creó la mayor biblioteca privada de su tiempo, pero se encontró con un problema de imposible solución: no sabía cómo debía organizarla. El segundo conde de Spencer —antepasado de Lady Di— fue el  primer presidente del Club Roxburghe (un club bibliófilo exclusivo), fundado en 1812. Contrató a Dibdin, el bibliógrafo más importante de su época, para organizar aquel pandemónium de adquisiciones compulsivas. El trabajo no debió ser sencillo para el reverendo Frognall Dibdin, ya que no conocía muchas de las lenguas en las que aquellos libros estaban escritos, pero estaba bien remunerado y le permitió poner en práctica sus estudios, plasmados en 1809 en una obra de referencia para los amantes de las bibliotecas de la era victoriana: The bibliomania or Book Madness. Containing some account of the history, symptoms, and cure of this fatal disease (La bibliomanía o la locura de los libros. Contiene algún relato de la historia, los síntomas y la cura de esta enfermedad fatal.) El capítulo sexto de aquella magna obra tenía por título «Síntomas de una enfermedad llamada bibliomanía. Medios probables para su cura» .

Frognall Dibdin dedicó su vida a la organización de aquella biblioteca, como muchos de las y los lectores de este magazine dedicamos periódicos lapsos más o menos dilatados de nuestra vida a organizar los libros que nunca dejamos de comprar. «A todos los hombres», decía el reverendo  Dibdin, «les gusta ser sus propios bibliotecarios». El decimonónico Frognall Dibdin dio en la diana. Hay tantas bibliotecas como gustos de los lectores y tantas maneras de organizar como mentes. Todo comprador de libros es, en parte, además de lector, un bibliotecario en potencia.

La biblioteca de Max Ventura

En 1910, un libro anónimo llamado Bibliosophia: or Books Wisdom (Bibliosofía o la Sabiduría de los libros) defendía en el  lector «el orgullo, placer y privilegios de esa gloriosa vocación, la del coleccionista de libros» . coleccionar por el placer de mantener la compañía de los libros que tanto placer han suministrado.

Todo comprador de libros es, además de lector, un bibliotecario en potencia. #Bibliomanía, #bibliofilia, #bibliosofía: si te apasionan los libros, te recomendamos #LaBibliotecadeMaxVentura, de Leticia Sánchez Ruiz @pezdeplata. Share on X

El victoriano Andrew Lang (1844-1912) encarna otra perspectiva distinta a la de Dibdin. Lang, el coleccionista de libros, es además el amante de las bibliotecas. En su obra The Library —de preciosa factura tanto en su primera como en su segunda edición, ambas atesoradas en la biblioteca de este humilde lector— se expresa un nuevo sentimiento, menos científico, mas pasional. «Un escritor sobre las bibliotecas no tiene por qué dictar la ley en cuanto a los libros que incluso los aficionados más inexpertos deberían intentar coleccionar. Hay libros de los cuales ningún amante de la literatura puede permitirse prescindir; clásicos, antiguos y modernos, sobre los que el mundo ha pronunciado su veredicto. Estas obras, en cualquier forma que podamos poseer, son los cimientos necesarios de incluso las colecciones más pequeñas», y enumeraba, entre otros, a Homero, Dante, Shakespeare, Molière o Scott, «pero la lista de clásicos de este tipo es corta, y cuando vamos más allá, los gustos de los hombres comienzan a diferir mucho. Esta disculpa debe ir seguida de una breve defensa del gusto y la pasión de coleccionar libros, personas conocidas odiosamente como ratones de biblioteca y cazadores de libros. Ellos y sus placeres sencillos son el blanco de un grupo de críticos baratos y astutos que no pueden soportar en los demás un gusto que está ausente en ellos mismos». Lang considera que todo libro merece ser coleccionado y se emparenta con Borges —un escritor que idolatraba a Lang al que califica como el amigo con el que le gustaría compartir una tarde hablando de libros— pues hay mucho de la obra de Lang en la de Borges. Por ejemplo, hay un alto contenido emocional en La biblioteca de Babel (1941) y en su ensayo El muro de los libros (1950), pero incluso aunque predomine el sentimiento y la emoción sobre el sentido del orden a todo coleccionista —bueno, tal vez he sido exagerado— le acomete en ocasiones el temor al desorden.

Otro escritor argentino, Alberto Manguel, recientemente galardonado con el premio Formentor, convirtió su odisea personal —la de él mismo y su biblioteca de 35.000 volúmenes—  en un libro, Mientras empaco mi biblioteca (2017). Las autoridades francesas le obligaron a abandonar su residencia y con ella su biblioteca, cercana al Loira. Con diligencia empacó toda su biblioteca y hasta hoy la tiene guardada en cajas en Canadá hasta que llegue el momento de arribar en su nueva biblioteca. En otra de sus obras, La biblioteca de la noche, enumera hasta 15 formas diferentes en las que percibe su colección de libros: la biblioteca como «Mito, orden, como espacio, como poder, como sombra, como forma, como casualidad, como taller, como mente, como isla, como supervivencia, como olvido, como imaginación, como identidad, como hogar».

¿Debemos o no debemos ordenar nuestra biblioteca? Adentrémonos en el sueño de una escritora.

Reseña: La biblioteca de Max Ventura

La ultima novela de Leticia Sánchez Ruiz (Oviedo, 1980), publicada por Pez de Plata, sucede a Los libros luciérnaga, El Gran juego y Cuando es invierno en el mar del Norte, lecturas todas ellas recomendables. Cada una de sus obras ha tenido un origen, una razón de ser, y como nos contaba no hace mucho en la presentación por Zoom —por causa del Covid—  de La biblioteca de Max Ventura, esta novela se gestó en un sueño de la autora. El sueño que tuvo una noche entre la fase REM y la duermevela, en el mágico momento en que una Campanilla literaria deja caer sus polvos mágicos en la mente de los escritores, Leticia soñó que en la radio sin apagar de su dormitorio se hablaba de una novela de un escritor francés en la que el protagonista contrataba a una mujer para ordenar su biblioteca. Tan pronto se despertó comprobó que el escritor existía, y también la novela con el título por ella soñado… pero su argumento no era el mismo. Ese sueño permitió que Sherlock Holmes —si Holmes hubiera acompañado a Leticia Sánchez Ruiz a la hora del desayuno— pronunciara la frase «comienza el juego».

#LaBibliotecadeMaxVentura se gestó en un sueño de la autora, Leticia Sánchez Ruiz (@pezdeplata). Juan Mari Barasorda nos habla sobre la novela y un fenómeno que hunde sus raíces en la historia: la #bibliomanía. Share on X

La escritora comenzó a plantearse las distintas maneras de organizar una biblioteca, y con este germen nació La biblioteca de Max Ventura, una novela que se nutre de muchas fuentes. La primera bebe del amor a los libros y el respeto y recuerdo a aquellos escritores que han acompañado a la escritora como lectora (pues no habrá un buen escritor sin un buen lector en su  interior). La segunda proviene de la gran capacidad de la autora para extraer los sentimientos de los personajes de sus novelas y hacerlos aflorar a la superficie de una manera casi capilar. Leticia Sánchez Ruiz aplica sus propias leyes literarias para conseguir este efecto: los diálogos, la narración en espiral, en la que un capitulo permite evadirse al lector hasta otras galaxias metaliterarias para volver más tarde a la fuerza central que domina la narración de los sentimientos, los de los personajes que dominan la escena y los de los que no vemos, como Max Ventura. El tercer afluente inunda al lector por aluviones: es la intriga, el misterio, siempre dosificado, siempre en progresión. No es fácil conseguir construir una trama con estos tres pilares, pero al igual que en su anterior novela, Cuando es invierno en el mar del Norte, el andamiaje de la novela se construye firmemente y sostiene al lector en una lectura placentera, plena en descubrimientos y envuelta en gran literatura.

La biblioteca de Max Ventura

La biblioteca de Max Ventura, la real, es decir, la que protagoniza la novela, esconde un secreto, un secreto en el que el lector se adentra como en tantas novelas de misterio, por esa decisión que la protagonista toma en las primeras paginas —como Marion Crane (Janet Leigh) en Psicosis— y que cambiara su vida. Julia Tompson es una escritora famosa, maniática, que gusta de huir de la presencia pública pero no como las editoriales nos acostumbran últimamente, a través de un seudónimo al que acompañan fajas publicitarias perfectamente estudiadas, sino a través de la ocultación de su autentica personalidad por un convencimiento personal, tan arraigado para la escritora como inescrutable para el lector. Tompson esconde su físico y el orden de su biblioteca porque desea no ser conocida, mejor dicho, porque no quiere que se conozca su pasión, para no acabar como el asesino de El secreto de sus ojos

Cualquier persona se delata a sí misma en sus estanterías mostrando su profesión, su pasión o alguna inclinación por ciertas rarezas…

El lector no debe conocer a Tompson porque debe ir descubriéndo sus sentimientos a lo largo de la novela; sin embargo la autora nos ofrece las confesiones de la escritora desde las primera paginas : «Leer un buen crimen le producía el mismo placer que tomarse una copa de ron lentamente, a sorbos…» o  «Ella, Julia Tompson, que escribía sobre lo más infame y lo más enloquecedor, que cultivaba personajes caníbales, apaches y suicidas, mantenía un amor exacerbado por los libros para niños».

El lector ha evocado inmediatamente a algunas de sus escritoras victorianas favoritas, como L. T. Meade o Edith Nesbit, capaces de crear criminales enloquecidos o espectros fantasmales a la vez que escribían maravillosos cuentos infantiles, y ya se siente atrapado por el personaje de Julia Tompson desde las primeras páginas.

Cuando Tompson acepta el peculiar encargo de ordenar los libros de una biblioteca inmensa, propiedad de Max Ventura, un hombre del que aún sabemos menos que de la protagonista, salvo que es un coleccionista de libros y su interés por la historia de la ciudad en la que vive (ciudad que por ser innominada será otro de los misterios de la novela ), se adentra en un terreno no extraño —le rodean libros que ama— pero sí plagado de secretos…

—Venga, Eduardo, dígame de una vez dónde esta la trampa.

—¿La trampa?

—Me refiero a la trampa de los libros. A que esa colección no es ninguna colección. Porque si lo fuera, créame, lo sabría.

Eduardo es un misterio. Otro. Un joven contratado por el misterioso Max Ventura como ayudante de la escritora en la organización de la biblioteca, pero del que nada sabemos, ni los lectores ni la protagonista. Como nada sabemos de la pareja de la escritora, Alfredo ( «[…] un Watson, un Viernes, un Sancho […]»), ni de su gran amigo, Arturo C. Dola, médico, escritor de novelas de misterio y aficionado al espiritismo y a hacer deducciones (un escritor que con el que es fácil evocar a Arthur Conan Doyle). Pero hay más misterios.

La ciudad es, en sí misma otro misterio que Tompson debe recorrer, sola o en compañía de Eduardo. Descubrirá lugares como la librería Azules (Azules desde 1947), que «no solo era una librería», y a su librera —Graciela, una mujer acostumbrada al crimen—, y descubrirá a Eduardo… y se descubrira a sí misma. Descubrirá, incluso, sus sentimientos. Y redescubrirá libros. Muchos libros, todos los que se apilan en las habitaciones de la casa de Max Ventura, y el lector descubrirá los libros pero bajo una nueva mirada, un nuevo prisma; será durante esa elíptica que le lleva a la galaxia de las novelas hasta volver de nuevo a la historia y al misterio. Libros que aparecen y desaparecen como estrellas fugaces, y escritores y las historias de sus desapariciones en la vida real —Agatha Christie, Ambrose Bierce…— y las mujeres de escritores. Es todo un universo literario al que el lector podrá recurrir mientras espera conocer el misterio de Max Ventura y el secreto de cómo debe ser ordenada su biblioteca.

La historia se completará justo en el momento en que el lector se sienta ensimismado en la galaxia literaria en la que está inmerso, justo cuando el lector comienza a intuir la historia que la escritora le está contando….

[…] La historia surge en el preciso instante en que estas piezas separadas, que nada tenían que ver entre ellas, se unen para formar un todo —Tompson carraspeó—. Con el orden de la biblioteca de Ventura me sucede lo mismo. He ido consciente e inconscientemente recogiendo pistas e ideas y sabré cuál es el orden preciso cuando se establezca una conexión entre ellas.

En este párrafo está la confesión de la autora. Así es su novela: un juego de pistas e ideas. No hay más sinopsis, solo una sugerencia: disfruten de la novela, Julia Tompson les guiará en un viaje entre libros y escritores, encontrarán un misterio y tal vez encuentren la respuesta a una pregunta que en ocasiones les intriga: ¿cómo debería ordenar mi biblioteca?

En las páginas de #LaBibliotecadeMaxVentura encontrarán un misterio y tal vez la respuesta a una pregunta que en ocasiones les intriga: ¿cómo debería ordenar mi biblioteca? @pezdeplata. Share on X

La biblioteca de Max Ventura

Leticia Sánchez Ruiz

Editorial Pez de Plata

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Un artículo de Juan Mari Barasorda

Montaje de la portada: David de la Torre 

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