Oh, please stay by me, Diana

Hoy, en El Tocadiscos, un mágico encuentro entre Diana y Paul Anka

Por: J. J. Conde

Nueva sección "El tocadiscos". Hoy, Neil Sedaka con su inolvidable "Oh! Carol". Por J. J. Conde.Rebuscando por entre un montón de libros de poemas me encuentro con el reloj de oro alemán, con el Festina que me regaló mi querida abuela a manera de presente ante mi comunión de primera y que aún conservo arropado por el mejor de los paños: los versos de una pléyade de poetas. El Festina de oro alemán, que en la muñeca de un chaval de nueve años era todo un acontecimiento. Porque significaba casi rozar la hombría, adherirse al estreno de un comportamiento diferente, atravesar la estela de los aconteceres apuntalados y plantarse de plano, cara a cara, ante el uniforme multicolor de la vida; en definitiva, quedar cualificado para el estremecimiento. Que atrás se me quedaban ya algunos juegos, los bancos alargados de la escuela de mi padre, y también los primeros amigos. ¡Se me iban quedando tantísimos sucesos…!

Y este hallazgo, yo diría que bañado en magia, hace que se me vengan de pronto a la memoria los pupitres barnizados, de dos asientos, del Colegio Colón de los Hermanos Maristas de la calle San Andrés. El Colegio Colón, con el patio rectangular de losetas grises y adornado con arcos en donde desde muy temprano formábamos filas, puestos de cara al sol que ya estaba luciendo, antes de incorporarnos a las distintas clases de cada día. Religión, era la primera asignatura. Después vendrían: Lengua Española, Geografía, Matemáticas, Dibujo, Formación del Espíritu Nacional y Educación Física. ¿Las notas…? Hombre, si quitamos la Religión, el Dibujo y Lengua Española, con notables de 8, el resto nadaban en la más lastimosa mediocridad, francamente. Y es que era la hora del recreo en ese patio lo que me tenía encandilado. El patio de los entretenimientos y de los sueños…

El equipo del Gil Martín, afinando en sábado sus canastas. El director, Jesús Lamata, de humanidad gruesa y llana. El hermano Bernardo, de cejas enarcadas y futbolero, remangándose la sotana para chutar con estilo a las porterías enmarcadas. El empollón de Cuevas con los mocos asomando. Jimeno, el grande, imponiéndose ante todos. Villaseñor y su prudencia. Los hermanos Rengel, uno de ellos enamorado de la rubita Vela. Cabot, el de Isla. El sonriente Pascual. Cordero en tranquilidad desesperante. La inocencia de Jacobo. Fortes. González de Canales pasando consulta. Mora, el cinéfilo. Quiles pateando balones para la posteridad. Conejo, el travieso impenitente. El pundonor de Bayo. Valiente y su sempiterno flequillo. Paco Granja, dueño de la colección completa de El Coyote. Y Antonio Navas, invitándome a su casa para ver Bonanza o jugar al Monopoly… Que en el patio marista, de losetas grises y con arcos, un festival inédito en el que un alumno de 4º, en plan Paul Anka, interpretaba Diana

 

 

Nostalgia y ritmo con #Diana del genial @OfficialAnka. @jotajotaconde y @txaro_cardenas Clic para tuitear

Diana y el amor

por Moon

 

Polanca. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que aquel Polanca que tanto les gustaba a mis padres se escribía Paul Anka. Y la verdad, aquellas canciones que sonaban en el reluciente radio cassette eran muy románticas y pegadizas. Recuerdo especialmente Put your head on my shoulder y, por supuesto, la rítmica Diana.

I’m so young and you’re so old
this, my darling, I’ve been told
I don’t care just what they say
’cause forever Iwill pray
you and I will be as free
as the birds up in the trees
oh, please stay by me, Diana

Diana fue el primer gran éxito de un joven Paul que traía locas a las chicas hacia finales de los 50 e inicios de la década de los 60.

En la letra, Paul imploraba a su amor, Diana, que permaneciera a su lado. Diana era mayor, algo que no le importaba demasiado. A él, pero ¿y a ella?

Se llamaba Diana Ayoub y era la mejor amiga de Paul. La diferencia de edad —Diana tenía 18 y Paul 16— y el hecho decisivo de que ella tuviera novio hizo que el amor obsesivo e inmaduro del joven Paul no fuera correspondido…

Un momento. Esta historia se parece demasiado a la de Oh! Carol.

Espera, todavía no he terminado.

Se dice que justo antes de que firmara su primer contrato con el famoso productor Don Costa, el prometedor cantante juvenil se despidió de su adorada Diana diciéndole que partía a Nueva York a probar suerte… y que le había escrito una canción. Diana quiso que se la cantara, pero Paul, avergonzado, solo le mostró la música.

¡Qué tontería!

A los pocos meses Diana sonaba en los jukebox de todo el país.

El resto… es historia.

 

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Diana