Pedro Avilés Gutiérrez es quien firma estas Memorias de un reportero indecente que con sumo gusto acabo de finalizar. Pedro dedicó 33 años de su vida a la profesión; una profesión, la de reportero de sucesos, que como bien advierten sus editores en un inicial «Pliego de descargo» está hoy prácticamente desaparecida. Este libro es, además de una especie de biografía profesional y personal de su autor, un canto elegíaco al reporterismo en el sentido más clásico del término, aquel que Billy Wilder dejó reflejado en Primera plana. Pedro Avilés emuló en su vida profesional a Hildy Johnson y Walter Burns, los personajes que en esa peli de Wilder dieron vida unos fantásticos Jack Lemmon y Walter Matthau, respectivamente. Y todo esto en una época en la que quienes estudiaban Periodismo ansiaban convertirse en Carl Bernstein o Bob Woodward, vamos, soñaban con desentrañar corruptelas políticas y affaires económicos protagonizados por dirigentes de naciones poderosas. Desde luego Pedro tuvo siempre los pies puestos en la vida real, aquella que se manifiesta a veces en hechos atroces que acompañan al hombre desde sus inicios: la muerte, el asesinato, el rapto, la violación… provocados por sentimientos humanos como los celos, la avaricia, el deseo sexual incontrolable o los desarreglos mentales. 

Memorias de un reportero indecente, de @PedroAviles. #Reseña: @JuanCarGalan. Un canto elegíaco al reporterismo en el sentido más clásico del término, aquel que Billy Wilder dejó reflejado en Primera plana. @MuddyWatersB. Clic para tuitear

El libro lo imprime en una hermosa edición Muddy Water Books. Está organizado en cinco secciones que cronológicamente siguen la vida profesional del autor: «Freelance», «El Caso», «Interviú», «Televisión», y una quinta en la que muestra su desilusión con la deriva tomada por la profesión. Cada sección de Memorias de un reportero indecente contiene a su vez una serie de historias que Pedro Avilés ha querido rememorar. Son historias interesantes por el lado humano que tocan (Fratricidio en la Catedral o también Yugoslavia, octubre de 1991, cuando en la dureza de la guerra la corresponsal de El País en Belgrado para expresar la injusticia del conflicto promovido por interese espurios, le dice: «Mi hermano está casado con una croata, mis primos son bosnios, tenemos familia en Montenegro. Es terrible que se nos esté dividiendo por nacionalidades a estas alturas»); por la gracia que alguna tuvo (Cómo un juez hizo confesar al violador de Olga Sangrador); por la emoción intrínseca de la misma que puso en peligro la integridad de los reporteros (Aquel cuchillo pescadero en la yugular, ¡Corre, corre… que me parten la cara! y muchos otros más pues el oficio de reportero de sucesos es sin duda alguna de riesgo); por la mucha, poca o nula calidad humana y profesional de sus protagonistas (Cambio de tercio, El legionario del periodismo y su ficus, etc.); por lo fuerte o escabroso del episodio relatado (Horror en Táliga o El crimen del rol); por la importancia que en la vida profesional tuvo para el personaje-protagonista de estas memorias cabría citar alguno de los episodios que vivió en su etapa televisiva o cuando, ya desencantado del todo con la TV, retornó como colaborador ocasional a la revista Interviú dirigida por Manuel Cerdán (Antena 3: «Sin noticias de…», Últimas aventuras)…

Según iba leyendo las sucesivas historias llamaba mucho mi atención que el autor designase por su nombre real a las personas que cita sin omitir la crítica o la alabanza que su actuación le había suscitado en su momento. Así son mencionados directores de las dos principales publicaciones en las que trabajó, El Caso e Interviú, como Juan Sánchez Rada, Eugenio Suárez o Joaquín Abad en El Caso; Ignacio Fontes, Paco Mora, José Cavero o Manuel Cerdán en Interviú. Lo mismo ocurre con nombres de reporteros importantes como Jesús González Green y Miguel de la Cuadra Salcedo a quienes admiraba desde su adolescencia, o Arturo Pérez Reverte y Javier Pérez Pellón, a quienes defiende frente a aquellos otros periodistas que se llaman a sí mismos «enviados especiales» a zonas de guerra y que viven y escriben sus crónicas bien alejados de las zonas de combate.

Muy interesantes y muy sabrosas son las páginas, repartidas a lo largo del volumen en que Avilés cuenta los trucos y las tretas que él y sus compañeros de profesión habían de utilizar para poder entrevistar a los familiares del fallecido o del asesino en momentos tan tensos, o también para poder despistar a los periodistas de otros medios a fin de que la exclusiva fuese la suya y no la de ellos. Muchas veces, dice, era preciso cruzar la línea de la legalidad y procurar que nadie se enterase o mentir cínicamente cuando eran descubiertos.

Memorias de un reportero indecente

Son en cierto modo estas memorias un ajuste de cuentas por parte de Pedro Avilés con su profesión. También hay un mucho de nostalgia, casi casi puro romanticismo periodístico, en esos recuerdos que se remontan a su época en que se embarcó como freelance a la guerra de Nicaragua viviendo allá su bautismo periodístico y conociendo a no pocas personas, muchas de ellas mujeres, con las que vivió sensaciones hasta ese momento por él desconocidas y aprendió mucho de relaciones personales.

Estas memorias son un ajuste de cuentas por parte de @PedroAviles con su profesión. Hay un mucho de nostalgia, casi casi puro romanticismo periodístico. Memorias de un reportero indecente. @MuddyWatersB #reseña: @JuanCarGalan. Clic para tuitear

Hay mucho de amistad sincera en Memorias de un reportero indecente . Sin lugar a dudas lo más destacable al respecto son los lazos creados con su principal pareja de baile periodística, su compañero José Montoro, con quien compartió aventuras profesionales durante más de 13 años formando un tándem magnífico cuyos integrantes se entendían casi sin hablar y que se cubrieron las espaldas en más de un reportaje.

Memorias de un reportero indecente

En este ajuste de cuentas, Pedro Avilés no omite los homenajes a los grandes del reporterismo de sucesos. Y el principal de ellos es sin duda alguna el que hace a Margarita Landi cuyo puesto en Interviú diríase que casi casi él y Montoro heredan cuando despedidos de El Caso se presentaron al entonces director de la revista para ofrecerle su colaboración habida cuenta de que Landi se había jubilado. Tres años en El Caso y seis o siete en Interviú para luego pasar a la Televisión como colaborador en el programa Sucedió en Madrid presentado por Inés Ballester y luego fichado por Teresa Campos para una de las secciones del programa diario de las mañanas Día a día de Telecinco. No duró mucho tiempo en el medio televisivo cuyo funcionamiento no le satisfizo jamás («Observé que en la redacción había muchos pipiolos, fundamentalmente pipiolas, sin muchos conocimientos de lo que es el periodismo, pero con más conocimientos que yo del espectáculo que es la televisión»). La obsesión por el share y el minutaje lo sacaban de sus casillas pues primaba el espectáculo sobre la profesionalidad («Televisión y realidad, en vista de los vericuetos pegados al espectáculo que ha tomado esta industria, es un oxímoron»). Viene Pedro Avilés, incluso a sugerir que el motivo de haber sido despedido al poco de haber iniciado su colaboración fueron los celos profesionales de la subida del share cuando su sección se emitía y el bajón subsiguiente cuando la Campos iniciaba una especie de entrevistas al respecto. La envidia es muy mala, ya se sabe.

En Memorias de un reportero indecente @PedroAviles no omite los homenajes a los grandes del reporterismo de sucesos, el principal de ellos a Margarita Landi. #Reseña: @JuanCarGalan. @MuddyWatersB. Clic para tuitear

En 2009 Avilés decide que había llegado el momento de dar un giro a su vida y abandona el periodismo. El deterioro de la profesión y de las condiciones económicas tienen gran parte de culpa («en los años noventa se le pagaba a un colaborador entre ochenta y ciento veinte mil pesetas por reportaje. Pues bien, en 2005 cobraba cuatrocientos euros por tema [trasladado a pesetas unas sesenta mil]. Hablamos de quince años más tarde»). Pero también la falta de profesionalidad de los mandamases influyó. En una ocasión lo mandaron a Tenerife donde habían aparecido los cadáveres de un matrimonio de nacionalidad británica. Dado que iba a Canarias la subdirectora de la revista le propuso pasarse por Las Palmas de G.C, para hacer un reportaje sobre la corrupción política en la isla. Y todo eso en sólo tres días («No puedes hacer dos reportajes complicados y rellenos de hilos de los que tirar en tres días. Es imposible»). Así que Pedro Avilés se despidió, estudió Gastronomía durante dos años y tras sacarse el título marchó a Naxos en Grecia donde durante siete años tuvo un restaurante y vivió felizmente emparejado. Durante los inviernos insulares escribió dos libros (El whisky del muerto, 2018; Katoucha, 2019). Ahora, en estos momentos, nos dice al final de su libro «aquí estoy, intentando montar otro de gastronomía del Egeo en Madrid. A no ser que conviertan ustedes este libro en un best seller».

Las Memorias de un reportero indecente de Pedro Avilés las prologa Ignacio Fontes de Garnica, director de Interviú cuando la pareja formada por Avilés y Montoro abandonaron El Caso y le ofrecieron una colaboración a su revista. Ignacio Fontes en su magnífica introducción titulada «El periodismo de sucesos, una inmersión en lo más humano» elogia al tipo de reportero de sucesos hoy día algo vilipendiado. Él mismo lo fue y reconoce en su escrito la altura de este género periodístico que ejercieron con increíble acierto figuras como Margarita Landi, o Pedro Costa Musté antes de que decidiese dedicarse al cine en exclusiva. En esta línea de reporteros se enclava la figura de Pedro Avilés. Un joven, dice Ignacio Fontes, que ya por entonces sabía que el periodismo de sucesos era íntimamente humano pues se inspiraba en la «teoría de las tres eses» (sexo, sangre y sensacionalismo)». Y estos tres elementos siempre atrajeron a la multitud.

Memorias de un reportero indecente

Pedro Avilés

Prólogo: Ignacio Fontes de Garnica

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